En un solo episodio Tiquicheo de Nicolás Romero perdió a ocho pobladores. Todos migrantes. Buscaban mejores oportunidades fuera de ese municipio michoacano.

Vidal, Edith, Vicente, Pedro, Augusto, Humberto, Miguel Ángel y Misael desaparecieron el año 2011, pero en diferentes momentos. A todos los alcanzó la tragedia cuando criminales interceptaron los autobuses en los que viajaban, en San Fernando, Tamaulipas, y los forzaron a bajarse.

Sólo tres regresaron a casa, pero en ataúdes. Sus restos fueron encontrados entre los 196 cuerpos hallados en fosas clandestinas y exhumados en abril de 2011. Aunque a los tres tiquichenses los exhumaron al mismo tiempo, y sus familias dieron muestras de ADN en cuanto se supo de las fosas, la PGR los identificó con casi cinco años de diferencia.

La historia de esta infamia comenzó así: el 23 de marzo de ese 2011 salieron en grupo, desde Morelia hacia el norte del país, en un autobús Ómnibus: la pareja de recién casados Reyna Hidalgo y Misael Cruz, junto con el hermano menor de ella, Miguel Ángel Hidalgo, sus dos cuñados Augusto Alvarado y Humberto Jaimes, y el vecino y amigo Pedro Virgilio Mondragón de apodo El Tlaxcalteca.

Reyna fue la única que regresó con vida a El Limón de Papatzindán, localidad de Tiquicheo. Ella fue testigo de cómo un grupo de hombres armados bajó a sus cinco acompañantes por el simple hecho de ser michoacanos. Por miedo no contó nunca lo ocurrido.

Los familiares acudieron a la compañía Ómnibus a reclamar. Pusieron de inmediato sus denuncias ante el gobierno que no intervino. Que cedió a Los Zetas las carreteras que, por el Golfo de México, van hacia la frontera.

Han pasado cinco años y no hay pista de los cinco amigos. Sus familiares han dejado varias veces muestras genéticas a las autoridades (en 2014 también al Equipo Argentino de Antropología Forense), pero nadie les ha informado si en las fosas están los cuerpos de sus parientes. Y la incertidumbre los sigue carcomiendo.

La tragedia alcanzó al segundo grupo de migrantes tiquichenses a causa de la desidia institucional.

El 28 de marzo, cinco días después del secuestro de los primeros paisanos oriundos del vecino pueblo El Limón, otro grupo de Purungueo salió rumbo a la misma frontera en un otro autobús de marca Ómnibus. Eran los jóvenes Vidal Serrato y Edith Escuadra, y el señor Vicente Piedra García. Ninguna autoridad les alertó del peligro que corrían en el camino. Les ocurrió lo mismo, en el mismo lugar, a la misma hora.

Aproximadamente un mes y medio después de que desaparecieron regresó un ataúd con el cuerpo de Vicente. Fue hallado en una de las 47 fosas clandestinas destapadas el mes de abril en San Fernando.

Sus familiares se tragaron la duda de si los restos que la PGR les entregó eran efectivamente los de Vicente. Nadie les mostró evidencias. Aún así lo enterraron.

María Luisa García, menciona las dudas que tuvo su nieto al reconocer a su padre.

“Su hijo de él fue a verlo, dijo que para él no era conocido. Pero como no tenía carne en la cara cómo lo iba a conocer. Yo creo que sí era él…porque si estuviera vivo…”. La mujer se queda callada.

Vicente era padre de ocho hijos. Las deudas por la mala cosecha de sandía lo obligaron a buscar trabajo en Houston, a donde nunca llegó.

De los amigos Vidal Serrato y Edith Escuadra, quienes iban en el mismo autobús, durante casi cinco años, no volvió a saberse nada hasta enero del 2016.

Desde el 2011, María Elena Gómez, madre de Vidal, deambuló por instituciones y suplicó a la Virgen que le cumpliera el milagro de mandarle “una señal” si su hijo estaba vivo o muerto.

Los ancianos padres de Edith, primo de Vidal, repitieron la misma travesía. Tanto ellos como María Elena recibieron en ese tiempo llamadas de extorsión reclamando el pago hasta de 240 mil pesos a cambio de la vida de sus hijos.

Al momento de salir del pueblo, Vidal tenía 22 años, y llevaba en el bolsillo su Clave Única de Registro de Población (CURP), con su nombre y su lugar de nacimiento. La Procuraduría General de la República no informó a la familia Serrato Gómez que uno de los 193 cadáveres encontrados en las fosas de 2011 traía la identificación de su hijo entre las ropas.

El expediente PGR/SIEDO/UEIS/197/2011, abierto a partir del hallazgo de las fosas, indica que el cadaver 4 de la fosa 10, el que traía la CURP de Vidal, para julio de 2011 ya había sido identificado. Sin embargo, hasta inicios de 2016, cuatro años y medio después de que el cuerpo fue localizado, la PGR le notificó el hallazgo a la familia de Vidal y le informó que ese cadáver era su hijo desaparecido.

El reconocimiento ocurrió gracias a la intervención del Equipo Argentino de Antropología Forense, luego de que organizaciones de familiares de migrantes desaparecidos mexicanos y centroamericanos presionaron a la PGR a firmar un Convenio Forense (LIGA) que permitiera a los peritos independientes analizar los restos no identificados de las masacres de los 72 migrantes masacrados (del 2010) y las fosas de San Fernando (2011), así como la masacre de Cadereyta, Nuevo León (2012).

Ahí, entre los restos, estaba Vidal. A principios de este año fue regresado a su familia.

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