EVIDENCIAS VUELTAS HUMO

La madre de los Gallegos, Jovita, nunca ha entendido por qué a Israel y Luis Miguel no los regresaron al mismo tiempo que a sus primos Gallegos Hernández aunque murieron juntos. El 16 de mayo de 2011 Tierra Blanca había recibido el ataúd de Armando y tres semanas después, el día 6, el de Alejandro.

Tres veces se hizo prueba de ADN para que las contrastaran con los  cadáveres de la fosa donde fueron hallados los primos.

Un año y nueve meses después la PGR entregó a Jovita dos urnas adornadas con querubines llenas de cenizas. Le aseguraron que ahí estaban los restos de sus hijos. Todavía se le llenan los ojos de lágrimas al recordar ese momento. No puede hablar.

No valió la petición que organizaciones de defensa de derechos de migrantes pidieron a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos para que impidiera la destrucción de los 10. Tampoco los argumentos de que no podía quemar cuerpos si aún no acaba el procedimiento penal en un caso tan grave como el de las masacres de Los Zetas. Más aun si los familiares de las víctimas no lo autorizaron. La CNDH no intervino.

El 2 de diciembre del 2012, un año y nueve meses después de haber sido asesinados y hechos desaparecer por Los Zetas, la familia Gallegos enterró los restos vueltos cenizas en una tumba sencilla, bajo una plancha de cemento colado que tienen como único adorno dos cruces de metal financiadas por el Ayuntamiento. Ahí quedó escrita como fecha de su muerte el 8 de abril, el día del hallazgo de las fosas.

El 12 de enero de 2012 en un oficio interno de la dependencia, se solicita al funcionario Miguel Oscar Aguilar, director general de la Coordinación de Servicios Periciales, designe a un perito que procese las muestras genéticas tomadas a la madre y ahora también a María Guadalupe para que se elaboren –otra vez– los perfiles genéticos de los dos hermanos y se confronten con dos cadáveres.

El 23 de enero se especifica que la confronta se haría contra las muestras del fémur del ya reconocido cadáver 18 y del 22 de la fosa 4. El 11 de mayo se incluye en la orden al cuerpo 44 recuperado en el mismo hoyo.

El oficio DGCSP/DSATJ/643/2012, firmado por Martín Ríos Pérez y dirigida al Químico Alfonso M. Luna Vázquez, director del área de Biología Molecular, anuncia lo que en PGR parece una constante: que las muestras habían sido erradas.

Un día después de que el michoacano Calderón abandonara Los Pinos, dos urnas fúnebres llegaron al pueblo michoacano de Pie de la Cuesta, comunidad de no más de mil habitantes.

El tercer entierro de los Gallegos quedó escrito entre los sucesos históricos importantes del municipio. Tal como en 1700 figura la construcción de sus capillas; en 1959 la epidemia del sarampión y de tos prieta que devastó a la población. 2011 quedará como la fecha en que murieron sus hijos por toparse con Los Zetas.

Con dudas, Jovita y su familia enterraron a dos cadáveres que desconocen si llevan su sangre.

María Guadalupe recuerda bien cómo fue el abrupto desenlace: “Dijeron de PGR ‘vamos a hacer más estudios, comprobar las muestras’, querían estar seguros. La última vez me dijeron de PGR que sí era él porque daba (positivo) con el ADN de las muestras de mi mamá. NoS los entregaron. Nos dijeron que todas las muestras daban bien, que mi hermano era el del tatuaje”.

En la PGR le dijeron que antes de asesinarlo le hicieron un tatuaje para obstaculizar su identificación. Esto, a pesar de que fue asesinado de inmediato.

La lógica científica de la PGR no fue suficiente para espantar la incertidumbre que ronda como fantasma por el ranchito de los Gallegos.

“Las dudas no se acaban, pero ya es más tranquilidad que recién pasado. A veces creo que puede pasar lo de las novelas que dicen que cuando ya lo había enterrado el difunto de repente llega”. Jovita sonríe con picardía. La única certeza que tiene es que enterró para siempre un sueño recurrente y alegre en el que veía a sus dos hijos regresando a casa.

*Investigación que, con el apoyo de la Fundación Ford, presentan Proceso, la División de Estudios Internacionales y la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE. Proceso 2025.

Clic aquí para leer el reportaje en Proceso.

El 28 de marzo de 2011 los hermanos Israel y Luis Miguel Gallegos Gallegos, de 19 y 22 años, se despidieron de su madre, Jovita, y de sus hermanos y sobrinos y viajaron a Querétaro para abordar un Ómnibus que tenía a Reynosa como primer destino. Ambos masticaban la ilusión de llegar hasta Michigan para reunirse con sus otros hermanos.

Viajaron con sus primos Armando y Alejandro Gallegos, también de Tierra Blanca. Pero en el camino se les cruzaron Los Zetas. La barbarie. La muerte por cráneo roto. El entierro a cerro pelón. El desentierro por parte de peritos de Tamaulipas y soldados. El traslado a ciudad de México en un tráiler. La plancha metálica de una morgue de primer mundo. El limbo entre los análisis y los trámites burocráticos que, al final, terminaron con su segundo entierro en la fosa común del Panteón de Dolores.

El 30 de noviembre de 2012, el último día del sexenio de Felipe Calderón. A las ocho y media de la mañana de ese día, un grupo de funcionarios con una orden judicial, ayudados por panteoneros, abrieron la fosa común donde fueron lanzados los cuerpos de San Fernando. Pasaron todo el día seleccionando los restos que buscaban. Se retiraron hasta el atardecer, cuando los 10 cadáveres se habían convertidos en cenizas.

Ocho guatemaltecos fueron cremados junto a los hermanos Gallegos. La PGR los identificó como William, Bilder Osbely, Delfino, Erick Raúl, Gregorio, Jacinto Daniel, Marvin y Miguel Ángel. 

.Uno de los guatemaltecos había perdido la vida ocho meses antes que el resto, en otra masacre –la de los 72 migrantes– ocurrida en agosto de 2010, también por Los Zetas, también en San Fernando. U

Jovita sabe algo de los orígenes del enredo que dilató la entrega de los cuerpos. Sabe que Luis Miguel fue identificado rápido por la PGR, pero con Israel fue distinto, pues “estaban en duda porque tenía un tatuaje: daban todas las pruebas bien (de ADN), pero no era porque tráiba un tatuaje como en la espalda”.

Jovita y María Guadalupe (su hija) dijeron que no recibirían al cadáver tatuado porque ninguno de los Gallegos tenían sellos en la piel. Siempre que trabajaban en la casa se quitaban la camiseta; ellas conocían sus cuerpos.

Incrédulas, las mujeres pidieron que les mostraran una fotografía, las ropas que traían esos cuerpos, sus pertenencias, algo, para tener una segunda prueba de que el tatuado era su hijo y su hermano. La respuesta de la PGR fue: no tenemos nada. Y les mintieron. En el expediente consultado para esta investigación sí figuran las fotos de los hermanos Gallegos y de sus ropas.

Una copia de estos documentos llegó a la directora de Servicios Periciales de la PGR Sara Mónica Medina Alegría.

En el escrito se pide un detalle la secuencia de la toma de muestras además de los nombres del personal que intervino en la operación. Al final de la investigación dos peritos fueron sindicados como responsables del error: Berna del Carmen Uribe y Pedro Gabriel Suárez.

A partir de ahí, silencio. El expediente que esta reportera consultó se corta en ese tramo, cuando al interior de la PGR se reconocen los errores que afectaban la identificación de varias de las víctimas. 

Lo siguiente que se conoce es que los hijos de Jovita habían sido ilegalmente reducidos a cenizas; con ellos las evidencias se volvieron humo. A pesar de conocer el error aparentemente la PGR no rectificó.

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