Con-Ciencia

Buscar no es sólo exhumar

El giro forense ha significado para el campo de la desaparición forzada de personas el privilegio de ciertas voces sobre otras y de ciertas acciones sobre otras. A grandes rasgos ha convertido el problema forense en un problema funerario.

Por Carolina Robledo Silvestre/ Coordinadora de Investigaciones del Grupo de Investigación en Antropología Social y Forense (GIASF)*

Mirna Medina, líder del grupo Rastreadoras del Fuerte en Sinaloa, México
Foto: Marcos Vizcarra

Diego Corrales Medina fue reportado por su madre Mirna Medina, como desaparecido el domingo 9 de diciembre de 2018 en Los Mochis, Sinaloa. Ella se encontraba en Ciudad de México en una reunión del Movimiento por Nuestros Desaparecidos (MNPNDM), del cual participa desde 2015, cuando alertó a sus conocidos y seguidores a través de sus redes sociales sobre la posible desaparición de su hijo menor. 

Quien conoce el contexto del norte de Sinaloa sabe que este episodio no es una rareza. Uno de los riesgos a los que se enfrentan las madres de jóvenes desaparecidos es a que sus otros hijos corran la misma suerte de aquellos que ya no están, siendo éste uno de los principales motivos por los cuales han dicho públicamente que renuncian a la justicia. Buscar responsables, en estos contextos, puede significar una amenaza para la integridad de sus familias. 

Mirna es hoy en día bastante reconocida por ser una buscadora. Una de las que ha tenido la amarga fortuna, en medio de todo, de haber encontrado ya los restos de su hijo  Roberto, cuatro años después de su desaparición ocurrida en julio de 2014. Maestra jubilada y comerciante, Mirna se ha convertido en una representante de la figura prototípica de la acción colectiva en torno a la desaparición forzada de personas en tiempos recientes en México: buscadora, rastreadora, una mujer con una pala, recorriendo terrenos baldíos, arriesgando su vida, encontrándose con la muerte. 

Mirna coloca una cruz en el lugar en donde fue encontrado su hijo Roberto, desparecido en julio de 2014
Foto: Marcos Vizcarra

Las imágenes en el campo de la política no sólo instalan una estética sino también una  ética.  Simultáneamente al fenómeno estético del perfil de las buscadoras, se ha situado una ética sobre lo que significa la búsqueda en el campo de la desaparición forzada de personas. Buscar parece haber quedado contenido en la idea de exhumar.

El estado de terror que ha instalado la existencia de fosas en todo el territorio nacional ha conducido a la especialización de los familiares de personas desaparecidas en la búsquedas forense de restos humanos, mientras que la búsqueda en vida o la búsqueda urgente han sido parcialmente relegadas a experiencias particulares y poco extendidas.  

La emergencia que produjo la posible desaparición del hijo menor de Mirna, quien apareció horas después, fue un llamado urgente en este sentido. No todos los aprendizajes pueden girar en torno a buscar restos humanos y excavar fosas, cuando estamos en medio de violencias que siguen produciendo personas desaparecidas a las que hay que buscar vivas y de manera urgente. 

Sin embargo esta centralidad de las búsquedas de restos humanos no es un fenómeno privativo de México.  Para entenderlo es necesario ampliar el análisis hacia la existencia de una ética universal en torno a la desaparición forzada de personas, a la que se le ha denominado Giro Forense. Se trata de un movimiento universal hacia el dominio de las ciencias exactas en la judicialización y comprensión de crímenes masivos, que ha significado, desde los años noventa una atención especial a las pruebas materiales de los crímenes de lesa humanidad y un privilegio de la información científica, especialmente la genética, en torno a estos fenómenos.  

El giro forense ha significado para el campo de la desaparición forzada de personas el privilegio de ciertas voces sobre otras y de ciertas acciones sobre otras. A grandes rasgos ha convertido el problema forense en un problema funerario. Y si bien es cierto que en México muchas de las desapariciones forzadas podrían relacionarse con ejecuciones extrajudiciales e inhumaciones ilegales, y que tenemos al menos 30,000 personas sin identificar bajo custodia del estado, la búsqueda de personas desaparecidas rebasa en mucho estos desafíos.  

Familiares de personas desaparecidas realizan brigadas de búsquedas en vida en distintas partes del país.
Foto: Erika Lozano

La búsqueda de personas desaparecidas responde a la pregunta ¿dónde están? pero va mucho allá de ella. También quiere saber qué pasó, quién lo hizo y por qué, quiere evitar que más personas desaparezcan y restituir algo de paz a las familias y a las comunidades afectadas por esta realidad. Por ello no debe tener como única fuente de información los restos materiales de la muerte y limitarse a las exhumaciones. Debería implicar múltiples procesos que remiten a buscar en vida, buscar motivos, buscar razones, buscar sentido y también unir restos humanos con nombres. 

La hermosa novela de la activista argentina Marta Dilon, Aparecida (2015), es un ejemplo de ello. Dilon relata la experiencia de una hija de desaparecidos, a partir del momento en que aparece el cuerpo de su madre, tras 35 años de búsqueda. La aparecida es Marta Taboada, militante del Frente Revolucionario 17 de octubre, secuestrada de su casa en octubre de 1976, cuando su hija tenía 10 años. 

La biografía de Dilon manifiesta que la búsqueda es un campo político, simbólico y existencial y que ser buscador/a deviene en un modo de ser en el mundo, que podría ser en sí mismo reparador si se hace poniendo en el centro la dignidad de los sujetos y de las comunidades.  

Por ello, la discusión en torno a la búsqueda y lo que esta signifique en el campo de la desaparición forzada de personas, debe atenderse con respeto al llamado histórico de las víctimas y a la diversidad de sus experiencias. La búsqueda de personas desaparecidas no puede ser una fórmula universal que se importe desde geografías distantes o se dicte desde el código exclusivo del saber científico. Es primordial recuperar la sabiduría local que ha sabido resolver los procesos de búsqueda y valorar las estrategias que sujetos y colectivos han desplegado para enfrentar las atrocidades desde sus propios recursos. 

La búsqueda de personas desaparecidas es una experiencia que nace de un campo emocionalmente intenso, de saberes diversos y de demandas históricas. Su complejidad no puede ser resuelta por un puñado de científicos o por la política de un gobierno en curso.  La búsqueda debe ir más allá de las exhumaciones y de los planes sexenales, proponerse responder más preguntas e interpelar a más sujetos y comunidades, ampliando la responsabilidad ética sobre las consecuencias de las atrocidades cometidas contra la sociedad en su conjunto.

*El Grupo de Investigaciones en Antropología Social y Forense (GIASF) es un equipo interdisciplinario comprometido con la producción de conocimiento social y políticamente relevante en torno a la desaparición forzada de personas en México. En esta columna, Con-ciencia, participan miembros del Comité Investigador y estudiantes asociados a los proyectos del Grupo (Ver más: www.giasf.org

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