Con-Ciencia

Buscarles en el mar

Por Marina Álamo Bryan / columnista invitada por el GIASF*

Las narrativas donde convergen la desaparición y el mar son diversas. Abarcan el pasado y el presente, desde las políticas estatales de contrainsurgencia en el Cono Sur, hasta las de México durante el proceso conocido como Guerra Sucia. Es bien sabido que el mar ha sido un sitio donde las fuerzas de la desaparición han ejercido su poder. El método reiterado mediante el cual los cuerpos de presos políticos fueron lanzados al mar desde helicópteros adquirió el tétrico nombre de “helicopterazo”, con el cual pasó a formar parte del oscuro glosario de la violencia contemporánea. El océano, de cierta forma, ha sido históricamente un instrumento de desaparición. Y  continúa siéndolo. 

La primera vez que escuché hablar sobre búsqueda contemporánea de personas desaparecidas en el mar fue en palabras de Maryte Valadez Kinijara, fundadora del colectivo Guerreras Buscadoras de Sonora. Ella es originaria de Guaymas, donde su hermano Fernando fue desaparecido en el 2015. Se negó a prestar su acceso al mar a miembros del crimen organizado. En un bordado hecho por Maryte para su hermano, la evocación de la ausencia presente de la desaparición se enfoca en la figura del océano, personaje central de la vida en Guaymas, donde los mariscos tienen la reputación de ser los mejores del país: “El Mar. El escuchar las olas del mar es escuchar tu sonrisa. Aún sigues desaparecido, pero yo te encuentro cada que te pienso y te hablo con emoción apretando por dentro hermano. Hasta encontrarte.” 

Hace unos años, un padre buscador de Sinaloa que era pescador, Jorge Aguiluz —cuyo hijo del mismo nombre fue desaparecido en 2014, afortunadamente encontrado e identificado y finalmente enterrado dignamente en 2015— narraba su experiencia al volverse buscador de fosas clandestinas. Contaba que para él había sido fácil el habituarse a leer la tierra porque, como pescador, estaba acostumbrado a leer la superficie aparentemente indómita, pero de cierta forma constante, del mar. Cada detalle indicaba algo, cada modificación auguraba tormenta o calma. Ahí puede costar la vida una mala lectura. Así fue como Jorge, quien desafortunadamente perdió la vida durante la pandemia de COVID-19, hizo uso de su relación con el mar para buscar en la tierra. 

En Guaymas hace tiempo se conoce la certeza de la necesidad de buscar no sólo en la tierra, de aprender, no sólo a leer el monte, sino que también resulta indispensable y necesario conocer los modos del agua, los litorales, las piedras de la costa. Se sabe que a mucha gente la desaparecen lanzándola a altamar, destinándoles a que sólo los pescadores puedan encontrarles flotando lejos. 

Sin embargo, para imposibilitar incluso ese hallazgo posible, el método se ha afinado y desde hace un tiempo se desaparece a la gente lanzándola al mar en tambos con cemento. Hundirlos en el fondo de ese horizonte infinito de agua, involucra transportar a personas por largos tramos, desde la costa, en lanchas, hasta altamar, para ahí hundirlos. Es tal la certeza del mar como custodio temporal de los seres amados desaparecidos, que Zuseth Heras Amador, una madre del mismo colectivo de Maryté, contaba —con el mar a sus espaldas— lo importante que le resulta aprender a nadar. “Mi hijo, yo siento que está en el mar, y yo no me quiero ir de esta vida sin haber aprendido a nadar y sin haber aprendido a bucear, porque yo lo quiero buscar en el mar.” 

Los retos técnicos de buscar en el mar son muchísimos: se requiere de buzos especializados, se necesitan aparatos carísimos, cámaras subacuáticas, reducir un perímetro de por sí amplísimo, uso de drones especializados, alianzas estratégicas con diversas instituciones que tienen mayores posibilidades de acceder a espacios remotos en el océano. 

¿Cómo calcular en qué parte del mar buscar? La extensión de este abismo de agua es insondable, sin embargo, por medio de información obtenida por los colectivos, algunas buscadoras han podido reducir el perímetro de ciertas áreas a explorar. En palabras de Jéssica Pule, quien busca a su hermano en el mar, “el tema del mar es bien complejo. Cuando desaparece mi hermano, llega una información a la página donde le dicen a mi compañera que habían tirado al mar a la muchacha con la que se llevaron a mi hermano y a tres más. Entonces me agarran y me dicen a mí, me sientan, y me lo platican. La información es sobre ella, pero sabemos que si son tres más, a lo mejor puede estar ahí tu hermano. Y me quedé pensando, ¿cómo hacerle? ¿Cómo hacerle?”. Ese “cómo hacerle” empieza en términos instrumentales del nivel: ¿con qué tipo de herramientas podemos buscar en el mar, donde las varillas y las palas no sirven? Un segundo nivel de pregunta es ubicar dónde empezar. 

“Yo platiqué con mi compañera,” continúa Jéssica, y me dijo: “Sí, es buscar en el mar, pero ¿dónde? ¡El mar es inmenso! No es como ir caminando a buscar. ¿En el mar cómo buscas? Hay que conseguir buzos, hay que conseguir pangas”. “Pero… ¿dónde?” “No sé, hay que empezar desde el sur hacia el norte, no sé. Y a los días le llega la ubicación exacta.”

Empezaron las búsquedas. “Ya empezaba el frío, y había que esperar a que el agua volviera a calentarse, porque no se podía. Empezamos a hacer búsquedas y a tratar de contactar con buzos que pudieran. Nos decían que era muy complejo porque era mar abierto, que debía ser con buzos de la Marina.” Y ese es el punto donde más retos se concentran en el tema de la búsqueda en el mar: es prácticamente imposible realizar una búsqueda debajo de la superficie marítima, sin apoyo institucional. 

A inicios de 2021, en el colectivo Guerreras Buscadoras iniciaron una búsqueda en el mar, porque el año anterior, se supo que el mar —de nuevo— estaba siendo utilizado como un sitio desaparecedor, pues empezaron a tirar tambos al mar otra vez. 

En ese contexto fue que la Comisión Nacional de Búsqueda comenzó a apoyar al colectivo de Guaymas. Sin embargo, desgraciadamente el primer día de búsqueda en el mar en Guaymas, al regreso de la jornada el 15 de julio en la noche, una compañera del colectivo, Aranza Ramos, quien buscaba a su esposo Brayan Omar Celaya, fue asesinada en su casa. Desde entonces, las mujeres de Guaymas siguen esperando justicia por el asesinato de su colega, así como la reactivación de la búsqueda en el mar, porque “hasta ahorita no se ha podido recuperar el tema”. 

Mientras tanto, se consuelan visitando las playas que les recuerdan a sus seres amados ausentes, deseando que el abrazo del mar sea como el abrazo de aquellos que les siguen faltando.

* * *

* Marina Alamo Bryan es doctorante en antropología sociocultural por la Universidad de Columbia y se dedica a trabajar con colectivos y comunidades de búsqueda de personas desaparecidas en México. 

*El Grupo de Investigaciones en Antropología Social y Forense (GIASF) es un equipo interdisciplinario comprometido con la producción de conocimiento social y políticamente relevante en torno a la desaparición forzada de personas en México. En esta columna, Con-ciencia, participan miembros del Comité Investigador y estudiantes asociados a los proyectos del Grupo (Ver más: www.giasf.org)

La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición de adondevanlosdesaparecidos.org o de las personas que integran el GIASF.

Bordado y fotografía: Maryté Valadez Kinijara. Reproducción cortesía de la creadora. 

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