A donde van los desaparecidos

De La Bestia al Tren Maya

Rodrigo Parrini
abril 28, 2025
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Infraestructuras, duelo y resurrección en la frontera sur de México

Otras miradas a las desapariciones en las fronteras de México (V)

Rodrigo Parrini *

En estos fragmentos, Rodrigo Parrini relaciona la destrucción y la reconstrucción de las infraestructuras en una de las fronteras del sur de México con Guatemala con la desaparición de paisajes, modos de vida y el desarrollo regional y nacional, entre otros temas — y reapariciones. Es en el contexto de un proyecto de investigación sobre la memoria social de los trenes cuando Parrini conversó sobre el nuevo tren con trabajadores ferroviarios jubilados de la empresa estatal, privatizada durante los años noventa del siglo pasado. Muchos de ellos deseaban viajar en el Tren Maya cuando estuviera en funcionamiento e imaginaban el nuevo ferrocarril como una resurrección del antiguo tren de pasajeros. ¿Qué emerge y qué desaparece en esta trayectoria de sueños de desarrollo y grandes obras en la naturaleza, en el paso de rutas migratorias donde desaparecen personas al adentrarse en México o Estados Unidos, en un modelo de Estado que ha sabido coexistir proyectos de inversión y propaganda con las maquinarias de muerte, tortura y desaparición? Para profundizar en la mirada y los discursos de los trabajadores ferroviarios, ver: https://estaciondetrenes.com

El Tren Maya, la mayor obra de infraestructura ferroviaria que se haya construido en México en las últimas décadas, atraviesa la ciudad fronteriza de Tenosique, Tabasco, en la frontera de México con Guatemala, a lo largo de un viaducto de 2,5 kilómetros. El nuevo ferrocarril fue erigido sobre los restos del antiguo tren de pasajeros y mercancías que corrió por la ciudad de 1946 a 2021. Una de sus primeras faenas fue quitar las viejas vías y demoler la estación que inauguró el presidente Miguel Alemán en 1949. La obra se levantó sobre un “sitio arqueológico” inadvertido: las ruinas de las infraestructuras estatales, que jugaron un papel crucial en el desarrollo de esa región del país. Así, el viejo tren surge como un fantasma que merodea y acosa al nuevo. 

Pero, a su vez, el Tren Maya restituye el objeto del duelo que ha acosado durante décadas a los trabajadores ferroviarios, promete el regreso de una forma de vida ya desaparecida y, de alguna manera, ofrece una posibilidad para salir de la melancolía que emergió del proceso de reestructuración neoliberal de las empresas de ferrocarriles. 

El nuevo tren es un modo en que la memoria social de los ferrocarriles se reencarna en una nueva infraestructura. Esta resurrección técnica fue leída por los antiguos trabajadores a través de sus experiencias con el tren de pasajeros. Las máquinas contemporáneas contendrían el “espíritu” de las antiguas: los modos de sociabilidad resurgirían en torno al nuevo transporte; las experiencias regresarían para ser vividas nuevamente. En esa resurrección imaginada están en juego las maneras en que la muerte se relaciona con las infraestructuras y la memoria es revivida por ellas. 

Si el viejo tren merodea y acosa al nuevo; si una arqueología de las infraestructuras puede surgir justo en el momento en el que algo es demolido para dar paso a otras edificaciones; si la memoria es un ir y venir entre los recuerdos y las promesas, es posible pensar las resurrecciones imaginadas por los trabajadores ferroviarios como modos de elaborar los duelos: el nuevo tren restituye el “objeto” perdido y, de alguna forma, la esperanza por lo que promete, desplaza la melancolía por el que ya ha partido. 

Un tren es como un sueño

Imaginemos que un tren es como un sueño, que tiene su misma estructura simbólica. Ningún sueño puede leerse de la misma manera, porque sus capas históricas y sedimentaciones simbólicas difieren en cada uno. Pero, por otro lado, son esas capas las que permiten una interpretación. Imaginemos que ese sueño recurrente de pronto se cumple. Es decir, se hace realidad y se materializa. Un sueño que se ha tenido durante décadas, pero como una experiencia de lo imposible antes que de lo factible, se realiza ante sus ojos. Lo que parecía irremisiblemente condenado al pasado, desaparecido de forma definitiva, con ese sueño cobra una nueva vida y promete el retorno de su propia vida, quizás la mejor etapa. 

Pero, sobre todo, en la realización de ese sueño, la memoria y el olvido adquieren otras articulaciones y, de pronto, el pasado adviene al presente no como lo perdido sino como lo realizado. Pero en la forma más inquietante de un sueño: su realidad, que es, por supuesto, su disolución y el cierre de sus interpretaciones. Un sueño es interpretable mientras se mantenga como una manifestación del inconsciente, un producto del trabajo onírico. Cuando se cumple, entonces quizás se adentra en las formas de lo ominoso, muchas de ellas relacionadas con las máquinas, como las muñecas y los autómatas, que intrigaron a Freud.

Una máquina que regresa, tal como hace décadas, desapareció o se transformó en un aparato espectral que pasaba frente a las casas, pero que nadie veía. Un tren fantasma con mercancías y migrantes colgados de sus vagones o encaramados en sus techos. 

¿Qué sucede si una mañana, al asomarse por la misma ventana a través de la cual alguien ha visto ese paisaje cientos de veces, de pronto pasa un tren y escucha su silbato?, ¿qué pasará con su memoria y sus recuerdos?, ¿qué sentirá al ver que regresa lo que había perdido, pero también cuando muchos de los que lo acompañaron ya no viven y mucho de lo que existía fue destruido?, ¿regresa la esperanza o la nostalgia? Esas máquinas, ¿son ruinas o promesas? ¿Son una novedad o una repetición?

El antropólogo congoleño Josep Tonda habla, en un libro sobre la modernidad africana, de una economía de los milagros en la que suceden cosas sin que haya una causa identificable que las explique. Sin embargo, dice Tonda, en esa economía subyace la acción del Estado. Un Estado que, como apunta Michael Taussig [2], sabe producir magia: realiza sueños, cumple promesas, ocasiona milagros y altera los paisajes pétreos del abandono con las intervenciones coloridas del progreso. Un Estado, como también apunta Tonda, que deslumbra. El Tren Maya quizá podría verse como una infraestructura mágica que, aliada con las novedades de la ingeniería, hace algo completamente inesperado y que, en esa medida, deja atónitos a los espectadores de sus actos. 

Video 3: Alan en Palenque.

“Un sueño hecho realidad”, dice Alan Contreras en el video. Un político local lo invitó al primer recorrido del tren desde Palenque hasta Campeche. Alan, fundador del Club Gay Amazonas, activista y comunicador social, siempre filma sus actividades. En su Facebook tiene cientos de videos. A finales de diciembre de 2023 comenzó a grabar con su celular videos que desbordaban de emoción: exclama, grita, llora. Está conmocionado por lo que vive: el tren fue parte de su vida, tiene casi 70 años. Viajó muchas veces en él. Tiene muchísimos recuerdos, nos relató muchas historias. Lo que vive es realmente un sueño hecho realidad. Las expresiones de mucha gente de la ciudad fueron parecidas: orgullo, sorpresa, alegría, conmoción, llanto. Como si el tren fuera una máquina que condensa afectos y que, al atravesar la ciudad, cruzara también el cuerpo de sus habitantes. Como si la memoria fuera un territorio vibrante que se activa, resuena y tiembla. 

Lo diremos con palabras de Aby Warburg [3]: los testigos del regreso del tren a Tenosique son sismógrafos de un proceso histórico. Pero el sismo ocurre en sus cuerpos, en sus voces emocionadas y entrecortadas, en el estado de sorpresa que experimentan. Son los registros de sus afectos los que resuenan en sus voces y palabras, como si la historia comenzara a sonar nuevamente con los espectros sonoros de los trenes. En ellos se encarnan la economía de los milagros y la magia del Estado, términos que, si bien pueden sonar metafóricos, encuadran contextos como el descrito en este artículo.

Deslumbrados 

El Tren Maya deslumbra, aunque no funcione. El objeto del duelo, el objeto oscuro de la melancolía que cae sobre el yo, es reemplazado por el objeto deslumbrante de las nuevas infraestructuras. La efectividad de ese objeto (en el sentido material y psíquico) es del orden de lo imaginario y reconecta las cadenas históricas de pérdidas y ruinaciones con las políticas de restitución y resurrección material de las antiguas tramas de la gloria.

El Tren Maya disipa la melancolía al proyectar luz (véase video 4 del tren de noche) sobre la sombra que ha caído sobre el yo y él nosotros de la ruina. Al atravesar la ciudad es como si cicatriza la herida neoliberal y privatizadora que fue convirtiendo el espacio social de los trenes en una zona yerma y abandonada.

Tren de noche

¿Qué tipo de infraestructura es la que logra cumplir los sueños o los hace realidad? Cuando Alan va a Palenque para tomar el convoy y participar de su primer recorrido, vive la realización de un sueño y el duelo ha terminado. El mundo desaparecido retorna, aparentemente.

¿Se gana ese objeto-tren mediante el deseo que suscita? En ese deseo que arriba y al que se sube: ¿empieza la realidad o estamos ante otra manifestación de lo onírico? La arquitectura que eleva el tren al pasar por la ciudad lo hace inalcanzable y totalmente visible; le da presencia y le resta cercanía. Es como si fuera un objeto inalcanzable, característica paradigmática del deseo: su falta. Ese despliegue aéreo que eleva el tren hacia los cielos, trazando su destino atmosférico, lo destierra de la ciudad. Para levantar el tren ha sido necesario arrasar todo lo que había antes de su construcción. Uno de los primeros resultados de la construcción del Tren Maya ha sido un sitio arqueológico potencial, donde se podrían encontrar los restos de los antiguos trenes. Pero también repite, en el plano de las arquitecturas del inconsciente [4], una forma colonial de construir lo nuevo en México: sobre lo que existía, sobre lo que ya estaba. 

Esa gestión inaugura un modo de producir las infraestructuras: se levanta y se aplasta, se eleva y se entierra. Para que algo surja, otra cosa tiene que desaparecer. Lo nuevo está construido sobre lo que se ha quitado o demolido, pero que, no obstante, persiste. Es llamativo que esta construcción tan eficaz y contundente, maciza en sus materiales y sus formas, que interviene los paisajes por donde pasa de forma radical, implique, a su vez, una excavación futura o imaginable. Las infraestructuras se asemejan a modos de entierro y la celebración colectiva que acompaña la llegada del tren puede leerse también como unas exequias. Quizás este sea el rasgo más profundo de la magia del Estado: transmutar lo destruido en novedad, suscitar excavaciones pendientes donde solo parece existir tierra arrasada, cemento compacto y metales. En esa medida, una economía de los milagros es también otra de la muerte.

Consideremos que este movimiento tiene, al menos, esas dos direcciones. Produce, al mismo tiempo, un sedimento (lo antiguo enterrado) (Fotos 1, 2 y 3) y una nueva atmósfera: lo novedoso ocupa el paisaje, fundamentalmente, desde una perspectiva o una intención visual. Ocupar el territorio es ocupar el aire y la mirada, pero a su vez es enterrar y hacer invisibles los restos. Si esta fuera una lógica histórica constructiva, una política arquitectónica, entonces podríamos mencionar otros ejemplos, algunos evidentes y otros ominosos.

Foto 1: La estación en ruinas
Foto 2: las vías
Foto 3: las vías

Quisiera destacar que, en este caso, la ruina es consecutiva a la novedad, sus temporalidades son sincrónicas. La nueva infraestructura es también el sitio arqueológico nuevo. Un enredo de tiempo y materia, de política y memoria, de tierra y aire, de melancolía y deslumbramiento, que inaugura, al menos en este contexto, una reescritura de la historia: ya no como el relato de la pérdida, sino como el triunfo del deseo mediante la resurrección técnica de los sueños.

No obstante, en esa resurrección técnica de los sueños vuelven las máquinas, pero no los mundos. Para que el sueño se realizara, se tuvo que tirar cualquier rastro de memoria, la materialidad de la melancolía, sus objetos pendientes. Por ejemplo, la estación de trenes de Tenosique, erigida a finales de los años 40 del siglo pasado; el único edificio que quedaba de la vasta red de infraestructuras de diverso tipo que fue construida en torno a las vías férreas 

Quizás el último asidero material del mundo que se formó junto con la extensión de los trenes, ese edificio en ruinas, transformado en un hogar precario para algunas familias, fue destruido con una máquina retroexcavadora. El fin de los sueños y el principio de los deseos se realizan mediante máquinas. 

Del mundo que existía en los alrededores de la estación de trenes de Tenosique, solo quedan algunas casas que fueron construidas en los años cincuenta por la empresa para sus trabajadores. Corrieron rumores de que las demolerían, pero hasta el momento eso no ha sucedido. Quedaron a escasos metros del viaducto, que se transformó en el horizonte de sus ventanas. En esas casas entrevistamos a varios trabajadores y en ellas emergió un espacio narrativo para las memorias y las vidas que se extendía entre las fotografías familiares y las rejas que cercaban los trabajos del nuevo tren. 

Alan se sitúa en la entrada de la casa de Zayra. Frente a él, la estructura del viaducto. Zayra fue hija del jefe de estación. Viajó hacia Mérida y Veracruz haciendo shows travestis. Ahora tiene una estética frente a las vías. Ambos recuerdan cuando se sentaban fuera de esa casa a esperar el tren y ver a quienes pasaban por ahí. Es 31 de diciembre y los deseos forman parte del cierre de un año. Dicen que el tren pasará ese día frente a la casa de Zayra, casi encima de ella. Exactamente por donde pasaba el antiguo tren de pasajeros, pero en lo alto. Zayra y su madre recuerdan vívidamente la vida en torno a la estación, donde han vivido por más de 50 años. ¿Era esto lo que esperaban? ¿Se cumple su deseo y se resuelve su añoranza? ¿Qué trae de “vuelta” el tren? ¿Qué es imposible que regrese de cualquier manera? ¿Trae lo que habitualmente se espera que transporten los años nuevos: esperanza y fortuna?

Mencioné que el tren cruza la ciudad por un viaducto. La nueva estación, que es una parada, se diseñó como un edificio cerrado (foto 4). Aún no está abierta al público y me contaron que una primera versión, que era visible desde la calle, fue demolida y cercaron su perímetro; detrás de esas bardas, construyeron otra. Parece que es un misterio para la gente de la ciudad. 

Foto: la nueva estación de Tenosique

¿Cuál será el valor poético de lo que atisbamos a través de las imágenes y de las bardas?, ¿qué modos de saber se despliegan en estas escenas de edificios destruidos o de estaciones cercadas?, ¿por qué la arquitectura supone secretos y perímetros?, ¿qué construye el Estado cuando levanta algo que deslumbra y, a la vez, esconde? 

El duelo también es, como saben quienes buscan a sus desaparecidos en el México de hoy, un modo de saber. Los trabajadores ferroviarios con los que platiqué reconocían lo que habían perdido durante el proceso de desmantelamiento y privatización de la empresa de ferrocarriles. Lo percibían cotidianamente en sus entornos. Esa ecología de las ruinas que emergió a las orillas del tren, en la que se entrelazaban las estructuras oxidadas con la maleza y los charcos; ese espacio oscuro que nadie quería habitar. El duelo que experimentaron no se transformó en un éxodo sino en una especie de desplazamiento inmóvil. Fueron desalojados de sus mundos, pero se quedaron en sus lugares. La sombra del mundo desaparecido cayó sobre el mundo vivido, de muchas maneras y con distintas intensidades. 

Pero la melancolía es un tipo de saber que, negando, también afirma. En este caso, lo que me parece relevante, por lo percibido en Tenosique, es que en algún intersticio psíquico y colectivo se alojó un sueño de resurrección. El Tren Maya lo trajo a cuentas, nuevamente. En esa medida, concitó el deseo de que algo perdido regresara. Pero nada regresa como ha sido, sino que lo hace bajo una forma que es necesario descifrar. 

¿Cómo trazar vínculos entre el saber deslumbrante-oculto del Estado con el saber desplazado del duelo y el intersticial de la melancolía?, ¿qué podremos entender de las infraestructuras contemporáneas y de las materialidades políticas, y qué se aplicaría a otros contextos de desaparición no sólo de lugares y saberes, sino de cuerpos? 

Una fábula técnica, que es tanto un relato como una cadena operativa, podría darnos algunas pistas. Lo que me importa, por el momento, es su efecto poético. En los videos expuestos y en las fotos, en sus facturas inestables y habituales, se crea una poética de la resurrección que es concomitante con otra del duelo. El tren recién inaugurado reafirma, quizás de manera definitiva, que los mundos que se asentaron en los territorios donde se construyó el antiguo tren están perdidos. Podemos leer la alegría y la emoción que se experimenta ante el nuevo tren como una última despedida: el inicio de la esperanza es también el fin del duelo. La resurrección técnica es también la muerte. 

Notas finales: ¿Y si cuando se comenzó a construir el Tren Maya lo que desapareció fue La Bestia?

Finalmente, quisiera apuntar a un vacío en este relato. Es intencional. Mientras conversábamos con los trabajadores jubilados, los trenes aparecieron de dos maneras: como el antiguo tren de pasajeros y como el nuevo tren turístico. Pero entre uno y otro hay dos décadas en las que circuló un híbrido, conocido como La Bestia, que transportó mercancías y también pasajeros. Estos fueron los migrantes que arribaban a Tenosique para intentar subirse a los vagones y viajar hacia el norte del país, en un desplazamiento que estuvo lleno de peligros. Cuando se comenzó a construir el Tren Maya lo que desapareció fue La Bestia, no el tren añorado por los trabajadores. Pero ese tren, que muchas veces circuló por las vías lleno de migrantes sentados en el techo de los vagones o colgados de sus escaleras, fue invisible. 

Por los migrantes no hay duelo, tampoco se experimenta melancolía. Su ausencia es más radical; parece que nunca se treparon a los trenes, ni los esperaron a las orillas de las vías, cerca de la estación de trenes demolida. Un salto en la memoria colectiva permite que, en los relatos y los afectos de los ferrocarrileros, sean más próximas las escenas familiares cuando algún tren se detenía en la estación y subían los vendedores a ofrecer comida, que las otras en las que hombres, mujeres y niños trataban de subirse a una máquina en marcha. El Tren Maya se levanta sobre los restos de La Bestia, lo que podríamos leer como una revocación de las vulnerabilidades de las personas migrantes o como un presagio de su destino. Sabemos que los migrantes no se suben al nuevo tren y que sus desplazamientos se transformaron. Nunca serán turistas, tampoco pasajeros.

Pienso en una pared del Hogar-Refugio para Personas Migrantes La 72, donde hay un mapa de México en el que se podían observar los trayectos de algunas rutas ferroviarias. La que pasaba por Tenosique estaba a menos de 500 metros del albergue. El silbato del tren se escuchaba en sus instalaciones y los más avezados podían distinguir si venía del norte o del sur. Los migrantes se preparaban para ir hasta la estación y, si fuera el caso, subirse al tren. Lo que llegaba era una máquina pesada y oxidada, una hilera de vagones cerrados. Lo que salía era una especie de caravana de cuerpos expuestos. Esta era una escena habitual y desapareció del paisaje migratorio de la localidad. El mapa sigue en la misma pared, aunque transformado en una especie de cartografía turística, como si no estuviese destinado a los migrantes, sino a los nuevos pasajeros del Tren Maya. 

Todo es muy reciente, pero ya se sugieren otras excavaciones, otras búsquedas, en las que podamos preguntarnos por aquellos que alguna vez se subieron a La Bestia y fueron parte de su cuerpo metálico, por los mapas que intentaban orientarlos en los laberintos de la migración en México. Pero creo que, a diferencia del antiguo tren de pasajeros, nadie hará un duelo por este otro tren desaparecido, así como era invisible para los habitantes de la ciudad en su portentosa presencia. Sí, la magia del Estado hace desaparecer trenes como si fueran conejos en la chistera de un mago. Esa capacidad de desaparecer está intacta.

Una foto, que forma parte de la gramática visual del entorno del tren, me parece llamativa: un pequeño negocio de las orillas de la vía, cercano a la vieja estación, se llama “La nueva vida” (foto 5). Se trata de un local muy precario que sabe sostener una promesa, quizás la más importante, de una nueva existencia. Lo hace en esa encrucijada entre deslumbramientos y ruinas, resurrecciones y pérdidas, mundos desaparecidos y esperanzas. Lo hace como una manera de sabiduría colectiva que nombra sus deseos: una nueva vida.  

* **

Rodrigo Parrini es antropólogo y etnógrafo. Profesor del Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México. Durante casi una veintena de años ha realizado trabajo etnográfico sobre la producción social del deseo en Tenosique (Tabasco), ciudad fronteriza entre México y Guatemala.

Este artículo es resultado del proyecto “Memoria de los trenes e infraestructuras de la nación. Políticas de restitución y producción de un archivo comunitario en Tenosique, Tabasco”, financiado por el Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología (2022). Agradezco la colaboración de Alan Contreras López, Daniel Aguilar Cortés, Alix Almendra, Emilio Nocedal y Nirvana Paz.

Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/), de El Colegio de la Frontera Norte, y A dónde van los desaparecidos.

El Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF) es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema.

La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF ni de A dónde van los desaparecidos.

Referencias

[1] Tonda, Joseph. The Modern Sovereign: The Body of Power in Central Africa (Congo and Gabon), Calcuta: Seagull Books, 2021.

[2] Taussig, Michael. La magia del Estado, México: Siglo XXI, 2015.

[3] Warburg, Aby. El ritual de la serpiente. México: Sexto Piso, 2004.

[4] Ralph, Michael. “Architecture of the Unconscious”, Psychoanalytic Dialogues, 25, 2015, pp.163-175, https://doi.org/10.1080/10481885.2015.1013830; y Bollas, Christopher. “Architecture and the Unconscious”, International Forum of Psychoanalysis, 9:1-2, 2000, pp. 28-42, https://doi.org/10.1080/080370600300055850 

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