Otras miradas a las desapariciones en las fronteras de México (VII)
Javier Dragustinovis
Preámbulo: Dos escritores en busca de este horizonte
El paisaje del noreste de México es semiárido y de cielos encendidos. La cuenca del Río Bravo —tierra de huizaches vestidos de espinas y mezquites caprichosos— riega y une la parte más norteña del país con el sur de los Estados Unidos. Paisaje a ratos exiguo, a otros exuberante, dejó su impronta en escritores como Manuel Payno, quien anduvo sus caminos en la segunda mitad del siglo XIX y registraría sus impresiones de esa tierra adentro en textos periodísticos. Más recientemente, la matamorense Cristina Rivera Garza narraría su historia familiar en esta región en su libro Autobiografía del algodón.
Estos espacios de exploración personal y comunitaria, con mayor intimismo en la autora tamaulipeca, alternando reflexiones propias de un funcionario público en Payno son los de una región y de algunos de sus caminos menos transitados y, en ocasiones, extremadamente peligrosos. Sus textos nos ayudan a comprender la constitución de un entorno donde se produce un fenómeno como la desaparición masiva de personas — migrantes, profesionistas, individuos al azar, gatilleros que también tienen familiares y demás rostros que aparecen en los volantes tamaño carta prendidos en la central camionera o en el aeropuerto de Matamoros, o en cualquier otra ciudad de una región unida por la pérdida.

Todos tenemos presente el inicio de esa etapa conocida como la “guerra contra el narcotráfico”; en todo México, en toda la frontera, hay una historia, una pérdida, un enfrentamiento, una llamada de congoja, un encuentro fortuito fatal, la noticia de otro desaparecido. Recuerdo que ese día, Matamoros lucía desierta. Los militares salían de sus cuarteles y las noticias de la estrategia calderonista y lo que la justificaba, saturaban todos los medios de comunicación, al igual que poblaban nuestros interrogantes. Cada quien tenemos nuestra fecha de inicio de este funesto periodo.
Para Rivera Garza, fue el verano datado en la mencionada su Autobiografía del algodón:
“Mi hermana murió asesinada un 16 de julio de 1990. Para mí la guerra inició ese día. Me refiero a la misma guerra que ha abierto tantas tumbas y que ha desaparecido a cientos de miles de personas a lo largo y ancho del país. Me refiero a la mal llamada guerra contra el narcotráfico. Un depredador, un exnovio celoso que prefirió verla muerta a libre, la asfixió en su cuarto de estudiante en la Ciudad de México. He vivido todos estos años con su ausencia. Y su ausencia, a lo largo de todos estos años, se ha vuelto compañía y protección, pero también remordimiento y culpa. Coraje. Irresolución. La parte de mí que puede pensar en esta muerte sabe que los feminicidios son expresiones extremas de poder en un sistema patriarcal de opresión que ataca con saña los cuerpos de las mujeres. La parte de mí que sólo sabe dolerse todavía se pregunta a veces, sobre todo cuando llueve”.
La violencia tiene efectos en el territorio, y eso, aunque sea un lugar hecho de ausencias, un territorio que parece siempre a la espera, de justicia, inversiones, población… Territorio de pasos, que solían perderse en el río Bravo, las ciudades fronterizas fueron y son lugares límite. Desde la década de 1980, yo leía en los diarios locales las tristes historias de migrantes centroamericanos cuyos cuerpos aparecían flotando en las engañosamente calmas aguas del río, o también víctimas de un tránsito solitario en senderos desconocidos. Era una realidad que se tornaba en crisis debido a la migración generada por los conflictos que se suscitaban en esos años en El Salvador y Nicaragua. Los desaparecidos, casi nunca reclamados, no prefiguraban que este territorio de veranos caniculares y repentinos fríos extremos tendría una ominosa marca por sus ausencias, que rebasarían por cifras inimaginables los cuerpos que se desvanecían a lo largo de la frontera norte mexicana, en aquella década turbulenta en Centroamérica. Esa década se ha prolongado casi medio siglo y hoy esos ciclos de migración, renovados por otros condicionantes políticos, económicos o sociales, prosiguen, aunque tengan que vadear las viejas nuevas políticas del actual presidente de los Estados Unidos
Los caminos de Manuel Payno
“Hay algunas poblaciones modernas y recién plantadas, que a despecho de los obstáculos y de las revoluciones se han levantado, por decirlo así, del seno del desierto, y progresan diariamente.” [1]
En sus primeros días en esta región que lo acogería por unos breves, pero intensos años, Manuel Payno ya prefiguraba el abandono y los retos que vivirían en adelante sus habitantes. A mediados del siglo XIX, Payno encontró ciudades en crecimiento, con un comercio y arquitectura que vislumbraban un notable potencial, pero también bajo la presión del expansionismo estadounidense.

En su estancia en la zona entre 1839 y 1842, gracias a la encomienda de trabajar en la aduana marítima de Matamoros, el escritor en ciernes recorrió las villas del norte de Tamaulipas, los presidios militares del norte de Nuevo León y Coahuila, además de visitar Monterrey. En esos años, supo de las violentas incursiones de los pueblos nativos que se movían en Texas, incluyendo la historia del secuestro de algunas mujeres por los indios. En sus crónicas se puede apreciar ya el dibujo de un territorio nacional agreste, con mucho potencial, pero inestable y de grandes contrastes.
Este paisaje cercano y, a la vez, distante de la capital mexicana aparecen en algunas partes de su novela Los bandidos de Río Frío, tratado costumbrista, a la vez que socio-histórico, que Payno escribiría décadas más tarde de su estancia en la frontera norte y donde campean los males lejanos y actuales de México, como el pillaje, la colusión de las autoridades con quienes violan la ley, los caminos inseguros. Un espacio donde el centro tiene poco control, al igual que sus instituciones de justicia.
Los caminos de la novela de Payno son arterias donde fluye animoso el intercambio entre comunidades y se acude a la celebración, pero también son lugares de inseguridad, donde pende el peligro del secuestro. Los caminos se tomaban para llegar a la fiesta o al sepelio, se buscaba el milagro o se paga la manda, comunicaba las esperanzas y las desventuras de un pueblo que se hacía al camino durante días a pie, a caballo o en carreta.
El espejo cercano de Cristina Rivera Garza
Al igual que Payno, Cristina Rivera Garza exploró el paisaje noresteño, pero desde la mirada femenina de su infancia y de su familia en el delta del río Bravo. En Autobiografía del algodón, leemos el trasiego de familias que migran dentro del país o que regresan de los Estados Unidos, que van modelando las grandes extensiones destinadas a la siembra del algodón. Como dice un fragmento de la novela:
“La primera imagen es borrosa. Los colores que aparecen detrás de los párpados cerrados son el azul y el blanco. El azul del cielo; el blanco sobre la tierra. Hay una niña en todo eso. Un cuerpo pequeño que se mueve con dificultad entre tallos y ramas y hojas. Espinas. Cuando se detiene, se detiene el tiempo. Algo está a punto de ocurrir. La cabeza se vuelve sobre el camino apenas recorrido solo para confirmar que los tallos y las ramas y las hojas se han cerrado a su paso.”

Son tiempos difíciles los que recorre Rivera Garza, un siglo y medio después de la estadía de Payno en Matamoros, para ir recopilando historias y reactivando escenas para su libro en ciernes. Pero estas carreteras y brechas no son ya las de Payno, aquellas donde se puede transitar por sus caminos sin tanto temor. Cuando Rivera Garza decide investigar y escribir su autobiografía, en pleno inicio de la mal llamada “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón, los tiempos son otros y los caminos son una zona gris, otras un hoyo oscuro. La época donde transcurre Autobiografía del algodón es la del auge de la siembra y cosecha de esta fibra, un tiempo donde las paredes de los edificios públicos y de los postes de las luminarias aún no se tapizan de hojas en fotocopia con rostros de las personas desaparecidas, pero donde ese mal se está incubando y es perceptible para quien sepa leer entre las líneas del paisaje.
Rivera Garza dibuja en Autobiografía del algodón municipios mayormente agrícolas, que crecen por la aspiración de mexicanos que emigran de estados cercanos o regresan de los Estados Unidos para contar con un pedazo de tierra propio o un empleo seguro; por las esperanzas y la necesidad, como se lee al inicio del libro:
“Estos eran los verdaderos desposeídos del régimen. Aquí, a un lado de la frontera misma de todas las cosas, estaban los que no tenían nada, excepto fe”.
“Después de dos años sin correo, sin telegramas, sin cara alguna asomándose a través de las ventanillas sucias de los ferrocarriles, este montón de gente otra vez. Hombres y mujeres de Nuevo León y Coahuila, de San Luis Potosí y Texas, de Arizona y de California. De quién sabe cuántos lugares más”.
Las notas de Rivera Garza se van enriqueciendo en días donde se escenifica, plenamente, la cruzada calderonista, en medio de los reclamos de una sociedad que ve y sufre el alarmante crecimiento de las desapariciones, suma de voces que darán forma al poema de Rivera Garza titulado “La reclamante” (mantengo el juego original de tipografías):
se están cometiendo muchas cosas y nadie hace algo.
Y yo sólo quiero que se haga
justicia, y no solo para mis dos niños
Los difuntos remordidos, los fulmíneos masacrados, los
fúlgidos perdidos
sino para todos. Justicia [1]
En este clima de inseguridad, las ciudades y los ejidos, se recogen sin dilación al ver caer el sol, pero hay que tomar el camino, y llegar hasta donde se pueda, hasta donde dé el latido del corazón, donde la gente nos deje. Como se nos advierte en el libro de Rivera Garza, como si fuera un aviso actual:
“Las advertencias todavía resuenan en los oídos: no vayan solas y, si van solas, no vayan tarde y, si van tarde, regresen temprano. Regresen con luz. No se detengan en ningún lado de la carretera. Si hay militares, síganse derecho. O no, mejor, deténganse, pero no se bajen del auto. O bájense del auto, pero nunca sin su celular. Carguen su celular antes de irse, que no le falte la pila por el camino. Aunque allá la señal es muy mala, pero por si las dudas. Son unas bárbaras. Nosotros nunca iríamos para allá”.
Apunte final.
Los escritores comentados estuvieron en las llanas tierras que riega el Bravo y decidieron reflexionar, a partir de sus experiencias, sobre la realidad de sus habitantes. Tanto Payno como Rivera Garza dan fe de un territorio difícil, moldeado por familias que migran en busca de alternativas de vida, atraídas bien por las posibilidades laborales de un puerto en las márgenes de un río que desemboca en el Golfo de México, bien por los amplios sembradíos de algodón que anuncian bonanza o por la oportunidad de cruzar al nuevo y poderoso país vecino en busca de trabajo.

Esta es una tierra de soledades, lejos del centro político nacional, cerca de los caciques y las dinámicas generadas por una nueva geografía hecha de cada historia. A una cuadra de mi casa hay un café donde se desarrolla una tertulia feminista; acaban de leer El invencible verano de Liliana. “No me puedo quitar la historia de la cabeza”, me dice Linda, una amiga arquitecta que anima este grupo. Tampoco yo. “Ese es el patriarcado”, señala ella. Pienso en la violencia que señala Rivera Garza, la misma que sufrió mi madre, las agresiones que nos rodean, el silencio cómplice, las historias que continúan y que buscan no ser estadística. ¿No estaba esa violencia ahí desde el principio, como un sólido hilo de sangre y dolor? Se preguntan, me pregunto ahora.
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Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/), de El Colegio de la Frontera Norte, y A dónde van los desaparecidos.
El Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF) es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema.
Javier Dragustinovis es un artista que trabaja y reside en Matamoros (Tamaulipas).
Web: https://www.javierdragustinovis.net/
La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF ni de A dónde van los desaparecidos.
Referencias
[1] Lo escribe Payno en una nota publicada en el periódico El siglo Diez y Nueve, con el título “El puerto de Matamoros en 1844”.
Ilustración de portada: Aventón, ilustración de Javier Dragustinovis.