Jesús Pérez Caballero/COLEF
El límite del campo: Textos sobre la idea de desaparición y similares (I)
En 2026, el Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF, de El Colegio de la Frontera Norte), junto al Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC, de la Universitat Jaume I), abren la sección “Frontera de ausentes” a explorar las fortalezas y límites de las disciplinas artísticas y los campos académicos, para tratar el tema de la desaparición y otros que atraviesan este fenómeno, con textos ensayísticos y de creación literaria.
En esta crónica, Jesús Pérez Caballero narra la captura y liberación de cuatro personas, sucedidas en 2011 entre Durango y Zacatecas. En el texto, leemos testimonios de primera mano sobre secuestros en México, las formas del control territorial de la delincuencia o el valor ante esos males cotidianos.
Llamemos Ruth y M. a las mujeres. A ellos, Javi y B., en ese momento, pareja de M. Todos entre los treinta y los cuarenta. Una amiga que trabajaba en la entonces Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) los invitó, en septiembre de 2011, a un proyecto de mejoramiento arquitectónico de un parque en Durango. Ruth, M. y Javi me contaron esto a mediados de 2017; durante años hemos ido y venido sobre lo contado, y, por fin, en el verano de 2023 — por WhatsApp y llamadas de cel— quedó cincelado algo de lo sucedido.
El viaje de Guadalajara a Durango son ocho horas por carretera. Se desplazaron en la camioneta de B., la opción más barata. La ida del viaje fue normal, aunque, en retrospectiva, coinciden en un malestar al dejar la capital tapatía. Dice Ruth:
— Todo el viaje era “qué tienes, no manches. Estás muy seria”.
Para M., los temores se debían a que la camioneta no tenía seguro, aunque Ruth lo desconocía [1].
Los delincuentes los atraparon al enfilar la carretera, regresando tras pasar un par de días en Durango. A las once de la mañana del domingo salen a carretera. A la hora, paran por chelas a un depósito, en un lugar ubicado antes de entrar en la carretera 45 Sombrerete-Fresnillo. Ruth cree que desde que se habían detenido en ese depósito ya los vigilaban. Javi acostumbra a ir avisando a su padre por el celu y recuerda que en ese lugar no había señal. Para él, también habían quedado expuestos al detenerse.
Sobre la una de la tarde, calculan que sobre la frontera con Zacatecas, se les empareja una camioneta, tipo pickup color claro, no muy nueva, con los vidrios bajos. Las chicas señalan que, antes, pasaron un retén militar vacío, pero eso Javi no lo recuerda. Sí coinciden en que no había más carros, pero también difieren en cómo surgió la camioneta. Para las chicas, salió de la nada. Mientras, Javi dice que, a unos 200 metros, la vio venir. M. se lamenta que “si hubiéramos ido en un Chevy, a ellos no les sirve”, y habrían evitado el secuestro.
Calculan que ambos carros irían a unos 140 km/h, cuando los delincuentes se emparejan por la izquierda, y sacan dos cuernos de chivo por las ventanas. En total hay cuatro agresores, contando quien maneja.
B. conduce, y a su lado está M. Frenan. La pickup les ha cortado el paso en diagonal. Dos individuos, a cara descubierta — hace calor — bajan; nadie recuerda cómo vestían. Si hubieran vestido con uniformes parapoliciales o ropa militar, con algún pixelado o todos de negro, ¿lo recordarían? Es algo que me pregunto.
Los armados les gritan:
— No nos vean.
—Te juro que no los ves, me dice ahora Javi.
Él pensaba que sólo querían la camioneta, por eso hizo un amago de salir. Pero uno de ellos lo devuelve dentro. Le obliga a inclinarse en su asiento trasero, con la mirada hacia el suelo.
No me queda claro de las pláticas si ese individuo también saca de los pelos a M., que se había agachado creyendo que iban a tirotear el vehículo. Los secuestradores dicen:
— A las morras, para allá.
Separan a las chicas a la cajuela, donde las obligan a agacharse. Después, ese mismo individuo se sienta junto a Javi. Otro asaltante se pone al volante del carro, haciendo que B. pase a agacharse en el asiento de copiloto.
El asalto dura, a lo sumo, tres o cuatro minutos. Dice M.:
— Una psicóloga a la que fui me dijo que eran súper profesionales.
“Estrategias específicas” u “objetivos” son expresiones con las que se refieren a cómo los redujeron. “Para que nadie pudiera decir algo ni echar a perder el proceso”, dicen. Me imagino que esos automatismos de los delincuentes acostumbrados a esas tareas tan horribles, con una técnica tan opuesta al viajar normal de los capturados, transfunde al momento de quiebre la sensación de sueño.
Las chicas permanecen agachadas en la caja de su camioneta. Nadie las vigila, ni tampoco las atan. Se preguntan:
— ¿Qué está pasando?
— No sé.
M. añade, ahora:
— Podríamos haber saltado.
En el asiento de atrás, uno de los asaltantes mantiene la cabeza de Javi agachada. Los asaltantes, entre veinte y treinta años, exigen:
— ¿Qué traen?
— ¿Y dónde lo traen?
La persona de al lado de Javi es robusta. Los capturados les entregan dinero, una cámara G11 Canon con fotos de viajes… Durante un tiempo, a Javi le preocupó que lo tuvieran identificado. Le quitan sus tenis Nike. En algún momento, detonan —ese tipo de desprecios para remarcar la indefensión del capturado— el cuerno de chivo cerca de su oreja. A él y a B. los amarran con extensiones eléctricas y los encapuchan con suéteres.
En esos momentos, Javi empieza un diálogo interior, que le impide percatarse de qué dicen los levantadores, al margen de “saca tus cosas” o el mantra de “qué traen”. El terreno plano cambia a una zona serrana. Desde el inicio del secuestro han pasado entre diez y veinte minutos.
Cuando paran, uno ordena a Javi:
— Bájate. No vayas a ver nada.
Aún encapuchado, le mantiene inclinada la cabeza. Andan diez metros. Lo mismo con B. A ambos, los llevan junto a otra camioneta doble cabina y los encierran en la cajuela. Dentro, notan que hay otros cuerpos. Tres, calculan en la oscuridad. El espacio entre el rostro de Javi y la tapa es de unos 25 cm. Está de lado, sin poder acomodarse. “Vas como en un ataúd”, me dice. “Físicamente me estaba adaptando a ese espacio. Empiezas a preocuparte por la respiración”, añade. Por “una media hora”, Javi desconoce si los bultos que los acompañan en la cajuela están muertos, porque no hablan. Después, por escuchar respiraciones y movimientos, los sabe vivos. Al constatar que el vehículo se mueve y que hay tiempo, Javi dice a su amigo:
— Aguántale, B. ¡Fuerza!
Me aclara:
— No es plática; es aliento. Es lo que imagino se dice en un avión que está cayendo.
Cada vez que pasan por un camino de terracería, Javi se golpea la cabeza con la tapa. A cada rato piensa que van a bajarlos. Que los sacarán en diez minutos, veinte… Por eso el silencio. No quiere que, al abrir la cajuela, los encuentren platicando.
Mientras, las chicas están en una camioneta, también con tapa. Con amenazas similares, quien maneja obliga a M. a sentarse a su lado. Ruth se sienta atrás, cerca de una chamarra de piel negra, un suéter y una pistola. El secuestrador grita “agáchense”. Ruth lleva puestas todavía las gafas de sol. “Aquí hay una pistola”, constata. “Dámela”, exige el secuestrador, veinteañero. Pistola en mano, les pide que se cubran sus cabezas con la chamarra y el suéter. M. come una bolita de marihuana que guardaba en el celofán de un paquete de tabaco.
A los cinco minutos del trayecto, uno dice:
— Las tengo que revisar, güey. Porque es mi jale, pendejas.
Detiene la camioneta y las revisa sentadas. M.:
— La revisión fue tan profesional que habría encontrado la bolita, si no me la hubiera comido.
Antes de contarme todo esto, creían ir en camionetas distintas. Pero, ahora, identifican tres paradas largas, en tiempo parecido. Viajaban, entonces, en la misma camioneta cerrada, ellas adelante, ellos atrás.
La camioneta, según Ruth, sube “en chinga” por una colinita, por caminos de terracería. El conductor insulta y amenaza; es lo único que rompe la monotonía de ver lugares tan parecidos.
De repente, escuchan voces más jóvenes. Es la primera de las paradas largas, entre las cuatro y las cinco de la tarde. Según M., son una decena de personas, distendidas; hay “cotorreo”, “buen pedo”. El conductor las desencapucha, pero les venda los ojos. Antes, quita, por fin, las gafas a Ruth y hace un remedo de que le acomoda el cabello.
Suena banda, quienes estaban allí se ofrecen entre sí cocaína. Escuchan Hotel California. Esa canción, cuentan, les hace mal ahora. Según Javi:
— De todas las que hicieron sonar, me era familiar; las otras, de banda, sí las asocio a esas personas. Pero los Eagles, no.
En la segunda parada larga, las chicas escuchan algo así como “diálogos comprometedores”. Se habla de deudas, sobre todo, con un “jefe”, y de esas capturas como una esquelética parte del pago. Es recurrente el “pásame la bolsita”, de coca quizás, pues comenta uno:
— Para hacer estas cosas, sólo así.
Otros entran a la camioneta, esculcan las carteras, ven el cuaderno de M.:
— ¿Quién dibuja?
Les sacan las tarjetas bancarias. Descubren los ojos a M., le muestran una tarjeta y le preguntan si es suya. Ella, por la confusión del momento y por llevar demasiado tiempo vendada, no la reconoce, así que responde que si se lee su nombre y apellidos, es la suya. “¿Cuál es tu clave?”. Se las da. “Más vale que no mientas”, y la golpean:
— Pinches pobres, no traen nada más.
— ¿Y tú qué eres?, vuelven a preguntar a M.
— Arquitecta.
— ¿Arquitecta de qué?
En esa parada, los delincuentes abren la cajuela. Le preguntan a Javi a qué se dedica. Que si es zeta (una alusión al grupo rival de esa época, Los Zetas). Él responde que es fotógrafo. Ha estado pensando si es mejor decir eso o su profesión real, artista. Pero cree que como fotógrafo le harán menos preguntas. Entonces, amenazan:
— Más vale que no tengan deudas con el Señor Macario.
Antes de esta parada, habían hecho otras, breves. En esas ocasiones, abren la cajuela, para que los encerrados respiren mejor. En una de esas, Javi escucha a un señor cincuentón. Le sonaba a alguien “local” y “buena gente”; quizá, estén dando vueltas por su propiedad. Ruth lo recuerda similar en lo tranquilizador, pues le dijo:
— Al rato las van a soltar.
Los secuestradores vuelven a dar cachetes y coscorrones a las chicas, no muy fuertes, pero reiterados y que molestan en nariz y orejas. Insisten en que van a entregarlas a “Don Macario”. Además, las obligan a memorizar respuestas de lealtad:
—¿Quién es el jefe de Durango?
—Don Macario.
Para Javi debía de ser un jefe real. De haber sido de allí, sabría quién es Macario. “Pero somos de Guadalajara”, se lamenta.
La última parada larga es sobre las siete. Hay tantas moscas, recuerda M., que los secuestradores se las tienen que espantar: “Se me metían por los oídos”, afirma. Hace viento, los rodean árboles. Yo sólo puedo pensar en las moscas verdes de la agonía. Yo no estuve allí. Ellos sí estuvieron y coinciden en la palabra “paz” y que estar en ese lugar “fue como desconectarse”. Javi:
— En esa parada, el viejito se apiadó de los encerrados y dejó abierta la puerta, como veinte minutos.
Añade que este viejo levantó un bulto para que hiciera pipí. Después, lo ayudó a volver a la cajuela.
Es entre las diez y las once de la noche, cuando uno de los secuestradores anuncia:
— Ya se van a bajar, ¡no nos vean, tápense! Ya vamos a soltarlos. Nomás truchas, porque aquí son todos zetas. No volteen.
Ordenan a los de la cajuela correr. A Ruth y M. les dicen:
— Nosotros somos los “buena onda” y no carniceros, como los zetas.
Encapuchados y amarrados, Javi y B. corren.
Atraviesan una cerca de púas, que les corta.
Escuchan ruidos, corren, se alientan a alejarse aún más.
A cincuenta metros, se golpean contra la ladera de un río seco. Lo atraviesan, trepan la otra ladera.
Javi cree que, en esa carrera, avanzaron medio kilómetro. Tras eso, se quitan los cables — “no está tan cabrón liberarse”, recuerda — y, por fin, las capuchas. Se miran un rato, “con una sonrisa en el alma”, según Javi.
Están en la Sierra de Órganos, en Zacatecas. Es montañoso, no hay luces, es luna nueva [2]. Al regresar ambos jóvenes donde los habían aventado, constatan que el arroyo que habían atravesado es tan ancho como una cuadra, unos cuarenta metros, y está lleno de arbustos grandes y de órganos Así se llama a un tipo de cactus, de unos tres metros de altura y que, aunque tienen un sólo tallo, suelen crecer juntos y formar como una mano que saluda o, también, muros naturales. Los chicos regresan con precaución, por si hubiera peligro. Pero no. Gritan a las chicas. No las ven, escuchan murmullos al acercarse.
Hay muchos otros liberados. Algunos proponen dormir allí; quizá no sea tan extraño querer pasar la noche allí, con la naturalidad de dormir con ambas manos bajo las mejillas. Sin embargo, Javi, B., Ruth y M. prefieren caminar. A ellos se les unen tres liberados más: un geólogo, una arqueóloga, de unos sesenta años, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y un señor de Durango que vende lonas.
Caminan seis horas. El suelo está lleno de espinas de cactus, y se les clavan tantas — los ladrones también se llevaron sus zapatos— que tardarán mes y medio en volver a caminar bien. Algunos lo intentan paliar, envolviendo los pies en jirones de ropa. “Pensé en ponerme nopales como huaraches”, ironiza M. Aún en esas circunstancias, para Javi, una de las mejores sensaciones, fue caminar en la oscuridad entre decenas de vacas y atravesar en diagonal campos de cultivo.
Cuando escuchan camionetas se tumban boca abajo, hasta que el ruido se pierde entre los órganos. Ruth recuerda más sonidos: los de gente acampada o ladridos. También se vislumbran perfiles de chozas. El señor que vende lonas quiere ir hacia unas luces. Pero lo descartan… ¿Y si son zetas? Otra incomodidad que recuerdan es la sed, algunos incluso beben de charcos de lodo.
Javi sube una colina y divisa las luces de un pueblo, hacia allá se encaminan. Llegan sobre las cuatro o las cinco de la madrugada. Lo recuerdan como una cuadrita, todo desierto y una callecita empedrada. Son medio millar de habitantes. Se entra por un puente.
Y pasando el puente ven al resto de liberados.
Ya juntos, todos buscan la iglesia o la escuela. También llaman a puertas, pero nadie les abre. Continúan deambulando y descubren una casa con luz dentro, a pesar de las horas. No saben cómo presentarse y la mujer del INBAL argumenta que mejor mentir y decir que han tenido — ¿¡todos a la vez!? — un accidente. El mismo accidente: un mal parecido.
Una niña, abre la puerta. Su papá es el maestro del pueblo. Viven en los terrenos de la escuela. El maestro dice que ese tipo de cosas pasan, que son capturas habituales. Le piden un teléfono. En casa, solamente la niña tiene celular, con crédito para un par de mensajes. Javi envía a su padre:
— Papá, nos secuestraron. Pon 500 pesos a este teléfono.
Lo firma con su apodo, para que su papá no piense en una estafa.
La casa tiene tres recámaras. “En ese lugar, o te levantan, o rescatas a los levantados”, piensa M. [3]. Un secuestro, una captura, un mal parecido. Mientras cuentan su historia, el maestro pide silencio y, por si acaso, al paso de otra camioneta, apaga la luz.
***
Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/), de El Colegio de la Frontera Norte (Unidad Matamoros, Tamaulipas, México), el CINIC (https://blogs.uji.es/cinic/?page_id=179), de la Universitat Jaume I (Castellón, España) y A dónde van los desaparecidos.
El Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF) es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema. El Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC) de la Universitat Jaume I es un espacio interdisciplinar dedicado al estudio sociológico, jurídico y de crítica cultural acerca de las relaciones entre las normas jurídicas, éticas y morales con las formas de representación visual contemporáneas.
Jesús Pérez Caballero es escritor y jurista. Investigador por México de la SECIHTI, comisionado en El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Matamoros (Tamaulipas). Actualmente, realiza una estancia sabática (con el proyecto: La desuetudo o costumbre derogatoria de leyes. Estudios de casos) en la Universitat Jaume I, donde forma parte del CINIC. Su último libro es la novela de ciencia ficción XXVI (Sloper). Web: https://archive.org/details/@jpcaballero
La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF, del CINIC ni de A dónde van los desaparecidos.
Referencias:
Dedico este artículo a Javi, Ruth (ambos, tan pacientes) y M., por su disposición para evocar y aclarar lo difícil. También a B., a quien no conozco pero sé que mostró la misma valentía que sus amigos. Y a Lizzy Herrera, que leyó y me ayudó a corregir la penúltima versión del texto.
[1] “El tiempo se encarga de colocar luego los hechos en su debido rango, y cosas que en su inicio parecen triviales se revelan después en toda su trascendencia. Y así, el pasado no es algo cristalizado, como algunos suponen, sino una configuración que va cambiando a medida que avanza nuestra existencia y que alcanza su sentido verdadero en el instante en que morimos, cuando ya para siempre quedará petrificado. Si en ese momento pudiéramos volver la mirada hacia él (y es probable que el moribundo lo haga), advertiríamos por fin el real paisaje en que se preparó nuestro destino. Y pequeñísimos detalles que en vida desestimamos se mostrarían entonces como graves advertencias o como melancólicos saludos para siempre. Y hasta lo que creíamos simples burlas o meras mistificaciones pueden convertirse, en esa perspectiva de la muerte, en siniestros vaticinios”. Ernesto Sabato, Abaddón el exterminador, Seix Barral, Barcelona, 1981 [1974], p. 307.
[2] Al transcribir eso que cuentan, me recuerdan a una canción de cuna, de cuando chiquito en Gandía:
La lluna, la pruna, vestida de dol,
sa mare la crida, son pare no vol.
“La luna, la ciruela, vestida de duelo/su madre la llama, su padre no quiere”.
[3] La ruptura de esos ciclos me recuerda, de algún modo, a lo que escribe la historiadora Marta Madero, sobre Lavinium, lugar del origen mítico de Roma: “una ciudad sin muertos no puede ser más que una ciudad sin vivos”. Martha Madero, “Una lectura de Yan Thomas”. GLOSSAE. European Journal of Legal History, núm. 11, 4-41, 2014, p. 23, https://glossae.eu/glossaeojs/article/view/164
Fotografía de portada: ObturadorMX