Jairo Antonio López / CES-El Colegio de México
El límite del campo: Textos sobre la idea de desaparición y similares (II)
En 2026, el Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF, de El Colegio de la Frontera Norte), junto al Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC, de la Universitat Jaume I), abren la sección “Frontera de ausentes” a explorar las fortalezas y límites de las disciplinas artísticas y los campos académicos, para tratar el tema de la desaparición y otros que atraviesan este fenómeno, con textos ensayísticos y de creación literaria.
El autor de este texto, un académico que ha acompañado a los colectivos de familias buscadoras a través de la iniciativa Sangre de mi Sangre Zacatecas, cuenta en primera persona lo que nos dicen las fosas localizadas por las familias y su entrelazamiento con violencias como homicidios, desapariciones y desplazamientos.
Introducción: Las desapariciones y Zacatecas
En marzo de 2025, un grupo de mujeres compuesto por madres, hermanas y esposas de personas desaparecidas de Zacatecas, conformó el equipo de búsqueda forense independiente “Escarabajos”. Cansadas de lo que denominan simulaciones y malos tratos burocráticos, decidieron salir a buscar en el agreste paisaje del semidesierto zacatecano, pues según ellas por más que entregaban puntos clave a las autoridades, éstas diluían sus solicitudes o, simplemente, no realizaban adecuadamente las prospecciones (excavaciones de búsqueda de cuerpos, partes o alguna pieza indiciaria o probatoria del paradero de la persona desaparecida) en terreno. A pesar de los peligros, en menos de un año han localizado restos óseos de por lo menos 26 personas en fosas clandestinas ubicadas en los municipios de Jerez (Monte de los García y La Cañada), Fresnillo (El Tule y Cerro Colorado), Valparaíso (Santa Ana y Mimbres), Villanueva (Laguna Rosas), Villa de Cos, Mazapil (Cañón del Cobre) y Tepetongo (El Caquixtle).

Según el informe de la Plataforma Ciudadana de Fosas en México, entre el 2023 y 2024 las fiscalías estatales reportaron la ubicación de 1.451 fosas clandestinas, la Fiscalía General de la República 94, mientras que un registro hemerográfico arrojó por lo menos 1.006 en este periodo [1]. En esta reflexión me detengo en uno de los principales hallazgos del equipo de búsqueda independiente en Zacatecas, una serie de fosas en las que localizaron restos óseos de por lo menos 11 personas, en la localidad de El Caquixtle en el municipio de Tepetongo, al sur del estado.
El 2 de octubre de 2025 fue el primer hallazgo y aunque “Escarabajos” anunció que los restos pertenecían a ocho personas, la Fiscalía General del Estado de Zacatecas afirmó que eran de seis [2]. Según los testimonios de las buscadoras participantes, los cuerpos hallados tenían claros signos de tortura; además, describen la escena como muy impactante porque varios de los restos se encontraban dispersos. En palabras de una de las integrantes del grupo, “fue una sensación terrible de pensar que donde estaba pisando, podía haber alguien y no saberlo. Imaginar el cómo llegaron ahí, cómo fueron torturados, cuánto tiempo estuvieron ahí y de más…” (Comunicación personal).

Una vez resguardados los primeros hallazgos, las familias insistieron en continuar con la búsqueda en la zona, pero la respuesta de las autoridades fue decir que ya habían hecho las prospecciones necesarias y no había más indicios. Sin claudicar en su objetivo, el grupo regresó más de un mes después, el 28 y 29 de noviembre, esta vez acompañado del colectivo “Hasta Encontrarte” de Guanajuato. En estas jornadas localizaron nuevamente dos cuerpos en un predio cercano en la misma comunidad de El Caquixtle. El 17 de diciembre regresaron nuevamente a un punto en la zona, localizando una nueva osamenta. Estas escenas se repiten en todo el país: mujeres desenterrando cuerpos en fosas clandestinas, lugares y terrenos de inhumación irregular donde reiteradamente se encuentran cuerpos a pesar de que las autoridades han sido alertadas. La repetición del horror.
¿Qué nos dicen estas escenas de las geografías de la violencia en Zacatecas?
El corredor de los municipios de Jerez y Tepetongo (a menos de 80 kilómetros de la capital de Zacatecas) ha sido clave en las disputas criminales en el estado, dado que es zona de frontera con Jalisco y entrada a la Sierra Madre Occidental. Esta es una región dedicada a la agricultura y ganadería a pequeña escala, con intensas dinámicas de expulsión-migración internacional y un conjunto de comunidades rurales de poblaciones pequeñas (entre 500 y 2.500 habitantes) dispersas en un amplio espacio geográfico. En los últimos diez años, la zona ha sido escenario de múltiples violencias asociadas a las disputas de grupos vinculados con los denominados “Cartel de Sinaloa” y “Jalisco Nueva Generación”, las cuales tuvieron un periodo de intensificación entre el 2020 y 2024 [3].
Según los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), desde el 2015 Zacatecas experimentó un aumento constante en los homicidios dolosos, siendo 2021 el año más crítico con un total de 1741. Como respuesta, el gobierno de David Monreal (2021-2027) implementó una estrategia de seguridad basada en la militarización del territorio, el Plan Zacatecas II de 2023, que implicó el aumento de presencia de Guardia Nacional y Ejército, y la creación de la Fuerza de Reacción Inmediata Zacatecas (FRIZ). La FRIZ es un grupo militar especializado de respuesta aérea y terrestre que ha estado en el centro de polémicas públicas, como por ejemplo la represión a la marcha feministas del 2024 [4]. Desde la implementación de esta estrategia militar, la reducción de homicidios dolosos ha sido clara, aunque paradójicamente entre el 2022 y 2024 se dieron los registros más altos de desaparición de personas en el estado, alcanzando las tasas de desaparición por cien mil habitantes más altas de México [5]. Para el 10 de marzo de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas o no Localizadas indica que persisten 3.973 personas desaparecidas o no localizadas en Zacatecas.
Como parte de las disputas de los grupos delincuenciales en la zona, la región de Jerez y Tepetongo fue epicentro de episodios de desplazamiento forzado interno entre los años 2020 y 2024, en los que se reportaron más de 4000 personas que debieron huir de sus hogares por quedar en medio de los enfrentamientos de los grupos armados [6].
Como documentamos en su momento, los pobladores rurales debieron huir de las pequeñas localidades, y en muchos de sus relatos siempre aparecía la incidencia de violencias como la desaparición, la extorsión o la trata de personas en forma de reclutamiento forzado. Particularmente las desapariciones que se daban en medio de los episodios de desplazamiento forzado no eran denunciadas por temor, amenazas o desconfianza en las instituciones.
Entre los episodios violentos de este periodo que persisten en la memoria de la región, está la desaparición y posterior localización sin vida de cuatro jóvenes (3 mujeres y 1 hombre), vistos por última vez en Tepetongo el 25 de diciembre de 2023 y hallados el 17 de enero de 2024 en una fosa en la comunidad El Cuidado [7]. Justamente, tres de los cuerpos localizados por “Escarabajos” en las fosas de El Caquixtle corresponden a desapariciones reportadas en este periodo de intensificación de violencias. La primera es la de José Guadalupe Gallegos Aguilera, un chofer de 67 años originario de Colotlán, Jalisco, quien fue reportado como desaparecido en diciembre de 2022. El último rastro que se tuvo de él fue en la carretera que lleva al aeropuerto de Zacatecas, a donde se dirigía para recoger a un grupo de personas [8]. La segunda persona identificada fue Miguel Ángel Salas Contreras, de 31 años y quien había sido desaparecido en septiembre de 2023 en el municipio de Jerez [9]. La tercera, un hombre desaparecido en julio de 2023 cuya ficha de búsqueda pedía no difundir. Según lo que señalan las buscadoras, los hallazgos de El Caquixtle corresponden a “cuerpos de entre 3 y 4 años de haber sido abandonados” (Comunicación personal).
Estas personas pudieron ser identificadas por las fotos de las prendas que se encontraban en el lugar. Una sudadera gris y una bota de plástico de lluvia color blanco fueron los indicios suficientes que tuvieron que ver las familias en redes sociales para saber que sus seres queridos se encontraban en el lugar del hallazgo. Como documenta el reportaje “Las prendas hablan” en el marco del primer año del Rancho Izaguirre, la ropa y pertenencias son rastros que se vuelven fundamentales para la identificación. A pesar de esto, las autoridades persisten en eliminarlos o resguardarlos sin publicitarlos [10]. Aquí, una vez más, las búsquedas independientes superan la frontera burocrática a partir de lo que podemos denominar como un contraarchivo, contenido, por ejemplo, en las páginas de Facebook de los Colectivos que hacen búsquedas independientes donde se alojan fotos de las prendas y objetos, registro que no pueden hacer cuando las acciones son coordinadas por las instituciones estatales.
Las zonas de frontera dificultan más el trabajo de búsqueda y localización por parte de los colectivos, dado que el Estado mexicano aún está en deuda de implementar una política de coordinación y centralización para la identificación forense. Si bien tienen los perfiles genéticos de las personas cuyos restos fueron encontrados en El Caquixtle, no se han logrado cruces con familiares en los registros genéticos de Zacatecas, y el ocultamiento se refuerza con las trabas o ineficacias burocráticas. Los cuerpos fueron localizados, pero ahora quedan en una nueva etapa de la desaparición: en los laboratorios del Estado.
Lo que dicen las fosas de El Caquixtle, como tantas otras en el país, es que en las geografías de la violencia en México se imbrican la desaparición de personas con los homicidios, los desplazamientos, las masacres, la extorsión, la trata de personas. Violencias que se reforzaron entre el 2020 y 2024 en la región de Jerez y Tepetongo, y ante las cuales persiste la impunidad.
Conclusiones: El sentido comunicativo de las violencias y las fosas como vestigios
Como han planteado especialistas como Rossana Reguillo, Rita Segato, María Victoria Uribe o Elsa Blair, este tipo de violencias tiene un sentido comunicativo en cuanto se constituyen como mensajes de control y terror en medio de las disputas entre grupos delincuenciales. Las fosas no sólo representan un paisaje del horror, sino que son vestigios de cómo las violencias y la muerte se han instituido como una forma de regulación y orden violento en los territorios. Cuando le pregunto a una buscadora su impresión sobre la magnitud de lo localizado, responde: “es un espacio seguro para ellos [victimarios] porque son lugares solitarios, donde nadie más ingresa, donde tienen el control total con autoridades y Estado, porque entran permanentemente y hay movimiento evidente” (Comunicación personal). En voz de otra integrante del equipo:
“Lo que se ve es que agarraron personas en la carretera, o se llevaban a otros y los metían en el mismo lugar porque podían hacer lo que querían. Son lugares donde hay permanente violencia, porque las autoridades saben que ahí es donde se dan estos entierros” (Comunicación personal).
La última afirmación se refiere al daño que causa a los familiares el que las autoridades tengan constancia notoria de lugares donde entierran a desaparecidos y, por dolo o negligencia, no hagan nada para subsanarlo.
El acumulado y cruce de las violencias queda de manifiesto. Años después de la crisis que azotó a la región de Jerez y Tepetongo, al sur de Zacatecas y en la frontera con Jalisco, las familias buscadoras se resisten a la desmemoria. Cada búsqueda independiente deja en evidencia que hay lugares donde las autoridades no querían llegar. Cada localización es una muestra de que las lentas burocracias son también formas de mantener ocultos los cuerpos y perpetuar la ausencia forzada.
Aparece entonces la pregunta sobre cómo dar respuestas a violencias tan atroces y que dejan marcas profundas en las regiones afectadas. Hasta ahora, las instituciones del Estado han abordado la incidencia de la desaparición como un problema de casos individuales, aunque los contextos y las geografías de la violencia nos hablan de que estamos ante agravios colectivos, en territorios donde se han reproducido violencias crueles con marcas en quienes los habitan. Cuando las familias buscadoras se organizan y superponen el objetivo colectivo al individual, nos dan una pista. Por ello, la intervención en estas geografías debe pensarse desde la reparación colectiva.
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Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/), de El Colegio de la Frontera Norte (Unidad Matamoros, Tamaulipas, México), el CINIC (https://blogs.uji.es/cinic/?page_id=179), de la Universitat Jaume I (Castellón, España) y A dónde van los desaparecidos.
El Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF) es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema. El Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC) de la Universitat Jaume I es un espacio interdisciplinar dedicado al estudio sociológico, jurídico y de crítica cultural acerca de las relaciones entre las normas jurídicas, éticas y morales con las formas de representación visual contemporáneas.
Jairo Antonio López es profesor e investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Desde el año 2022 ha acompañado a colectivos de familias de personas desaparecidas en Zacatecas a través de la iniciativa Sangre de mi Sangre Zacatecas.
La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF, del CINIC ni de A dónde van los desaparecidos.
Referencias:
[1] https://plataformaciudadanadefosas.org/diagnostico-forense
[4] https://animalpolitico.com/genero-y-diversidad/policias-zacatecas-golpean-detienen-mujeres-marcha-8m
[9] https://ntrzacatecas.com/2025/11/identifican-a-jose-entre-los-restos-de-fosas/
[10] https://adondevanlosdesaparecidos.org/2026/03/06/prendas-desechadas-otro-duelo-para-las-familias/
Foto de portada: cortesía Adolfo Vladimir Valtierra. Equipo Escarabajos, Zacatecas, 2025.