A donde van los desaparecidos

Los sonidos de la desaparición

Isaac Vargas
octubre 22, 2026
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El nombre gritado en una marcha o el vacío que permanece en una habitación. La dimensión sonora de la desaparición, como muestra esta crónica, adquiere distintos significados para cada madre buscadora: un silencio ensordecedor, un ruido permanente para que las autoridades no olviden el nombre de sus hijos. Escucha también una composición sonora inspirada en el texto

Por Isaac Vargas para A dónde van los desaparecidos

Algunos sonidos son recordatorios de una ausencia: la llamada de teléfono que suena sin respuesta, el nombre gritado en marchas y plantones, el silencio que ocupa el lugar en la mesa o en el cuarto de la víctima. Otros son los sonidos que antecedieron a ese vacío: el último mensaje de voz, el rumor de unos pasos que se alejan, el chasquido de una puerta al cerrarse. Esta crónica rastrea la dimensión sonora de la desaparición, desde la intimidad del hogar a la plaza pública. Porque nombrar es una forma de negar el silencio que los perpetradores buscan imponer en un país con más de 130,000 personas desaparecidas. 

Entre el rugir de las motos y el silencio de la recámara

Para llegar a casa de Rosa —quien me ha pedido omitir su nombre completo— es necesario tomar el tren ligero, después un camión y, tras cruzar un largo puente peatonal, conseguir un mototaxi hasta su domicilio, localizado en Chulavista, un conjunto habitacional ubicado al sur del área metropolitana de Guadalajara. Un día antes, Rosa me envió un texto para citarme junto al supermercado frente al puente. No quería que me arriesgara a surcar esa zona laberíntica sin conocerla. El principal temor de la madre de Juan, desaparecido el 4 de noviembre de 2024 a los 21 años, es que me asalte el conductor de un mototaxi. 

Para Rosa, el sonido de las motocicletas está asociado a la desaparición de su hijo Juan. (Isaac Vargas)

Donde vive Rosa, las calles son tan estrechas que el transporte público no puede circular, lo que ha generado una fiebre de mototaxis: un vehículo de tres ruedas que me recuerda a los autorickshaws asiáticos. La popularidad de este medio de transporte ha crecido tanto que algunos afirman que la zona sureste de la ciudad se parece a la India, con sus calles repletas de motocicletas. Pero también han surgido narrativas que asocian a los mototaxis con robos cometidos por conductores o con su uso para el transporte de drogas, especialmente en colonias y conjuntos habitacionales de la periferia, al grado de que se ha inventado un término para describir a quienes los utilizan para cometer delitos. Se les llama “motoladrones”.

Más tarde, en su casa, Rosa me compartió que teme al ruido de las motos. Porque cuando aceleran hacen vibrar su motor con intensidad. Días antes de la desaparición de Juan, comenzaron a merodear por la calle varias motocicletas que frenaban cuando pasaban frente a su domicilio. Rosa y otras madres buscadoras me han hablado del uso de las motos en un sistema de vigilancia de lugares donde el robo, el narcotráfico y la desaparición son parte de la vida cotidiana. La madre de Juan cree que esas motocicletas que pasaban frente a su casa estaban intentando “cazar” a su hijo. Calcular sus horarios, recabar información para cometer un crimen. Vehículos que pertenecen a una infraestructura ilegal. 

El antropólogo Kevin Lewis O’Neill ha escrito sobre la infraestructura del narcotráfico; en sus textos aborda los laboratorios de producción de drogas, las edificaciones producto del lavado de dinero, y las pistas clandestinas para movilizar la mercancía. Nos habla de entornos construidos o vehículos apropiados para facilitar el tráfico de drogas. 

Colectivos de Jalisco pegan fichas de búsqueda en la Ciudad de México. (ObturadorMX)

El sonido de las motos que pasan se cuela por la ventana de la habitación de Juan. Una de las paredes del cuarto está pintada con un intenso azul que me recuerda a un cielo despejado. Rosa me ha invitado a entrar para ver como todo luce de la misma manera en que lo dejó su hijo. “Nada ha cambiado. Solo entro para sentarme en la cama, para pensar en él. La verdad es que sí paso algunas tardes encerrada en esta habitación”. Este espacio se ha vuelto sagrado para Rosa. La habitación es una encarnación de Juan; su identidad está impresa aquí. Junto a la cama, bien acomodados, están los sneakers que se compraba con el dinero que ganaba trabajando junto a su padre en la construcción de un edificio en la colonia Providencia, en la zona financiera de Guadalajara. 

Sneakers de todos los colores, muy limpios, que Juan se ponía los fines de semana. “Cada mes compraba un nuevo par, apartaba un poco de dinero e iba a comprarlos. Le urgía siempre estrenarlos”. Sobre el buró hay una fotografía de Tomás, un pastor alemán que vivió con la familia diez años. “Eran inseparables. Cuando Tomás murió, hace casi cuatro años, mi pobre Juan quedó destrozado. Por eso le di esta foto, para que siempre lo tuviera a su lado”. En un momento de la conversación, menciona la investigación llevada a cabo por las autoridades. Lamenta la falta de avances: “A este ritmo nunca encontraré a mi hijo, y eso me llena de rabia. Por eso me encierro aquí, sin hablar con nadie”. Refugiarse en la habitación es, para Rosa, como fundirse en un abrazo prolongado con Juan. 

Ante el fracaso de las investigaciones, las familias también buscan a sus desaparecidos en otros espacios, otras superficies, donde sienten que pueden entrar en contacto con sus seres queridos y mitigar, en pequeñas dosis, el vacío de la ausencia. Esta habitación es el recordatorio de un crimen que llena de rabia a la madre de Juan. Pero es también, como ella lo refiere, “un constante recordatorio del silencio que ha quedado desde que se lo llevaron. Un silencio que sigue hiriendo y cada vez más”. 

“Un ruido silencioso”

La mayoría de las madres buscadoras con las que hablé asociaron la desaparición con el silencio. Para Victoria, madre de Emmanuel y Abraham Meza Águila, desaparecidos con 26 y 24 años en Tlaquepaque, el 26 de octubre de 2018, la desaparición es un sonido que la atormenta todos los días. “Es un ruido silencioso, como que vives con eso. Puede ser también como un zumbido que está siempre contigo, […] ese sonido como que se va haciendo muy común y para mí es muy tormentoso. Es algo con lo que ya vives todos los días de tu vida. Yo quisiera que alguien nos diera una solución para que esto se fuera aminorando, pero la verdad yo veo que este sonido es más fuerte que nunca”. Un zumbido causado por la ausencia física de Emmanuel y de Abraham. Por la falta de sus abrazos, de las conversaciones de sobremesa después de cenar, luego de una jornada fuera de casa, mientras veían juntos la televisión antes de irse a dormir. 

Victoria tiene miedo de olvidar la voz de sus hijos, de que el recuerdo se vaya desvaneciendo. Aunque existan semejanzas, la voz es una huella que nos distingue. Existe un estrecho vínculo entre la voz y la identidad de cada individuo. Cuando cerramos los ojos, incluso podemos evocar cómo hablaba un ser querido. Es una manera de hacerlo presente, de no olvidarlo cuando está lejos o ha fallecido. Una memoria afectiva que activamos desde el interior; pero en el caso de la desaparición tiene otras implicaciones. Victoria piensa que, después de ocho años, hay detalles que se difuminan con el tiempo, que parecen imposibles de recuperar. “No puedo permitir que eso pase, porque sería casi que olvidarlos”. Olvidar los matices, o el sonido particular de cada uno de sus hijos, significaría para Victoria que se ha rendido en la búsqueda. Ahí es cuando su memoria se enlaza con el celular para escuchar las grabaciones almacenadas en los chats. Cada tanto regresa a esos archivos para tener muy presente el tono de cada voz, su textura. Los diferentes timbres entre Abraham y Emmanuel. Volver a escucharlos es invocar su presencia. 

Abraham y Emmanuel Meza Águila desaparecieron en 2018 en Tlaquepaque. (Cortesía)

Para Raquel Trinidad Escobedo, la desaparición es también un ruido silencioso, similar al zumbido descrito por Victoria. Pero ella enfatiza que es provocado por la indiferencia de las autoridades, el estancamiento de las investigaciones, y lo burocrático de las búsquedas en campo. “Cuando hay ruido es porque lo hacemos nosotras, sobre todo cuando perdemos la confianza o nos desesperamos. El ruido de salir a la calle, de nuestro llanto cuando salimos a marchar”. Es decir, como respuesta al silencio institucional emerge un ruido creado por ellas, las madres buscadoras, a lo largo del territorio. “Hacemos ruido para que no se olviden los nombres de nuestros hijos, que sepan que no son meras estadísticas”. El caso de su hijo, Alejandro Trinidad Escobedo, desaparecido el 11 de mayo de 2013 en Tequila, fue presentado en febrero de 2026 ante el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, con el acompañamiento de la Organización Mundial contra la Tortura y el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo. El comité registró la denuncia con el expediente 11/2026. 

Casi al final de nuestra conversación telefónica, Raquel explica que las madres no solo producen ruido, también lo siguen: “Vamos detrás de la información, de donde nos dicen que puede haber cuerpos sin vida; a donde nos digan, ahí nosotras vamos”. El ruido como un sinónimo de todo aquello que puede ser una pista del paradero de las personas desaparecidas. Un conjunto de rumores, confesiones y noticias. Ellas como rastreadoras de ese amasijo de sonidos que entrañan la posibilidad de encontrar a quienes faltan en casa. 

El zumbido que no deja dormir

El café se ha enfriado debido a que nos hemos sumergido en la conversación. Estoy en casa de Martha Morales, madre de Marco Fregoso, desaparecido el 7 de noviembre de 2015 en Mazamitla. En septiembre, el Congreso de Jalisco aprobó la Ley para Prevenir y Erradicar el Reclutamiento de Niñas, Niños y Adolescentes en el estado. Martha participó en una de las mesas previas. Duda, dice, de lo que realmente se pueda hacer. “En estos años de ser buscadoras nos han bajado el cielo y las estrellas, nos han prometido lo imposible”. 

Le cuento que sus palabras me hacen pensar en las madres buscadoras que han descrito la desaparición como un ruido silencioso. Ella entrecierra los ojos, da una bocanada al cigarro y elabora su análisis: “Yo creo que sí, es como un zumbido, o como algo que ya no te permite dormir tranquila. Pero pienso más en el ruido que nosotras producimos, lo que te han dicho otras compañeras, de que gritamos, marchamos, salimos a gritar. Sabes, todo ese ruido lo que deja ver es la simulación de todas esas leyes, de los discursos, de que nos usan para la foto. Hacemos ruido para hablar más fuerte que todos ellos, los que permiten que pase este horror en el que vivimos tantas familias”. 

Martha lamenta no estar tan activa como antes porque ahora necesita usar un bastón. Sus piernas ya no resisten tanto, “pero aquí seguimos”, dice con firmeza. Le cuento que hace poco fui a una búsqueda en campo que terminó cerca de las diez de la noche. Salimos del predio escoltados por el Ejército. La madre de Marco me interrumpe para lanzar una idea contundente: “Mira, buscar es hacer ruido, remover todo para dejar ver la simulación que te decía. La manera en cómo nos utilizan y dejan que miles sigan en las fosas”. 

El metal que raspa la tierra

Luego de cinco horas de rastreo y prospección del terreno nos encontramos bajo un cielo medianamente estrellado, rodeados de árboles imponentes. Hay un instante de quietud cuando los técnicos forenses descienden a la primera fosa. Debido a las grandes linternas colocadas en la profundidad de la tierra, emergen haces de luz. Liliana López busca a su hijo Sergio Martínez, desaparecido el 16 de julio de 2018; mientras observa trabajar al equipo, me dice al oído: “Ojalá estos cuerpos puedan volver pronto a casa”.

El día comenzó con la distribución de varillas de acero, como las que se utilizan en la construcción, que las madres usan para perforar la tierra. Huelen sus puntas para detectar el olor de la muerte, con la esperanza de encontrar rastros dejados por cuerpos en descomposición en este gran terreno ubicado en el municipio de Tlajomulco. 

Las buscadoras se purifican con una oración tras detectar un olor que aseguran es un indicio de que hay restos humanos. Piden permiso tanto a Dios como a la tierra para introducir las varillas de nuevo. Se guían por olores, sonidos, y por su intuición. Algunas incluso afirman que los árboles se balancean con mayor intensidad cuando hay cuerpos enterrados bajo su sombra. La búsqueda de fosas es siempre un acontecimiento multisensorial. 

Búsqueda de campo en Tlajomulco, donde se hallaron restos humanos. (Isaac Vargas)

Dos sonidos, en particular, definen el trabajo de estas mujeres. El primero es el ruido que se produce al clavar las varillas de acero en la tierra, que suena como un martilleo contra el suelo. Este sonido se repite al introducir cada varilla; cuando la carne de quienes fueron “tragados por la tierra” deja su rastro en el metal, se marca una circunferencia y entran en acción las palas.

Las madres, junto con algunos funcionarios de la Comisión de Búsqueda de Personas de Jalisco que nos acompañan, fueron quienes comenzaron a excavar febrilmente, retirando la mayor cantidad de tierra posible de la fosa en la que ahora se sumergen los técnicos. Al replegarnos para observar de lejos estas labores, pienso en cómo el filo de cada pala golpea el suelo con un efecto cortante. Recuerdo los brazos de Liliana, y todo su cuerpo, mientras vierte cada gramo de energía en remover la tierra en busca de restos sin vida, y cómo se limpia el sudor de la frente con un paliacate verde. Hubo un momento de pausa luego de que algunas madres y trabajadores de la comisión, al tamizar la tierra, detectaron fragmentos de hueso. Uno de los funcionarios confirmó que se trataba de restos humanos, y se acordonó la circunferencia para llamar a la fiscalía. Si bien a las madres buscadoras no se les prohibió la entrada al área delimitada, los elementos del Ejército se desplegaron alrededor de la fosa, portando sus armas, cuando minutos antes se mantenían cercanos a sus camionetas, como meros espectadores de ese concierto de palas conducido por un grupo de mujeres que oscilan entre los cincuenta y los sesenta años. 

Mientras los técnicos forenses anuncian que la escasa luz nocturna está complicando las labores, piden que las camionetas del Ejército iluminen la fosa. Aún con la expectativa de saber cuántos restos habrá enterrados, pienso que el sonido de las palas evoca algo profundo: el poder de anunciar el hallazgo de un “tesoro” (cuerpos sin vida). En medio de la llamada “guerra contra las drogas”, este ruido se ha transformado en lo más parecido al sonido de la justicia. Una que no proviene del Estado. A pesar del zumbido que atraviesa la vida de estas mujeres, ellas continúan empuñando herramientas para encontrar a sus seres queridos en la profundidad de la tierra. Las varillas y las palas no son empleadas únicamente para abrir una fosa: abren también la posibilidad del retorno de las personas desaparecidas. Porque “buscar es hacer ruido”, como lo dijo Martha. Ruido para exponer la simulación y obtener la justicia que el Estado no ha podido lograr con más de 130,000 víctimas.  

**Foto de portada: Las familias buscadoras han convertido la Glorieta de los Niños Héroes en Guadalajara en un espacio de memoria para recordar a las personas desaparecidas. (Santiago Reyes)

Escucha la creación sonora inspirada en la crónica:

http://www.adondevanlosdesaparecidos.org es un sitio de investigación y memoria sobre las dinámicas de la desaparición en México. Este material puede ser libremente reproducido, siempre y cuando se respete el crédito del autor y de A dónde van los desaparecidos (@DesaparecerEnMx).

Es doctor en Antropología por la Universidad de Toronto. Sus investigaciones se centran en los procesos de búsqueda que llevan a cabo las madres de personas desaparecidas en Jalisco y Michoacán. También investiga la economía de la metanfetamina en el occidente del país.

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