En el Informe Final de la Comisión para la Verdad 1965-1990, publicado la ultima semana del sexenio de López Obrador, la Segob decidió censurar la investigación sobre las violaciones graves a derechos humanos en contra de disidencias sexo-genéricas, y con ello -denunciaron en esta carta sus autoras- el Estado no reconoció su deuda con cientos de víctimas de la comunidad LGBTTTIQ+ que fueron perseguidas, detenidas, torturadas, ejecutadas o desaparecidas durante la “guerra sucia”.
*Por Investigadoras y colaboradoras del MEH
Ciudad de México, a 7 de octubre del 2024
Uno, las fechas, como los nombres, son lo más importante.
El nombre por encima del calibre de las balas.
Sara Uribe, Antígona González.
Con el mantra que venimos repitiendo desde hace años, queremos comenzar esta carta, dirigida a quienes puedan ver y quieran escuchar una realidad que por su crueldad amenaza con enmudecer a un país entero.
Hace casi una década, cuando empezamos a caminar al lado de las madres y de las hermanas que buscan verdad y justicia en México, lo primero que aprendimos es a humanizar nuestra mirada. Ellas nos enseñaron esta premisa, necesaria para mirar, escuchar, sentir y escribir acerca del dolor de un país en guerra.
Inspiradas por la dignidad y sabiduría con la que recorren los cerros y remueven la tierra en busca de los rastros de sus hijes desaparecides, decidimos indagar en la historia para conocer la verdad. Esto lo hicimos en el marco de los trabajos que realizó el Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las graves violaciones a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990.
Con esta carta queremos responder con ecuanimidad, pero no por ello justificamos la violencia hecha política de Estado que omitió señalar en el “Informe Final 2024” de la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990, el análisis de contexto que investigó los crímenes en contra de las disidencias sexo-genéricas perpetradas por servidores públicos durante el periodo del terrorismo de Estado.
Venimos de una larga historia de violencia dirigida en nuestra contra por ser mujeres, por ser trans, por ser lesbianas, por ser hombres homosexuales, por ser travestis. Por ser todo eso que ha sido perseguido, reprimido y silenciado con el uso violento del poder. La violencia que se ha ensañado con nuestros cuerpos, nuestras vidas y sueños tiene una historia, una explicación, que logramos desentrañar a partir de las memorias de represión y resistencia que nuestrxs compañerxs resguardaron con enorme dignidad durante décadas de impunidad.
El relato de lo sucedido no debe armarse sin antes haber entrado al archivo y haber escuchado el testimonio de quienes padecieron el horror de un régimen que aún no termina de despedirse. Por eso nos aferramos a los documentos, nos dejamos atravesar por los testimonios, nos convocamos a pensar y a escribir para contar la historia que ha sido silenciada y menospreciada. Ese desprecio es una de las expresiones más comunes de la violencia heteropatriarcal, de esa extraña incompetencia de quienes piensan merecer el eslabón más alto de la sociedad por ser hombres heterosexuales, pasando por encima de otras expresiones del género y de la sexualidad.
El desprecio, que constituye la estrategia más burda de invisibilización de lo sucedido, es particularmente grave cuando proviene del Estado, porque la invisibilización llama a la negación de la violencia y ésta a la impunidad, lo que finalmente conduce a su normalización. No nos han visto, no nos ven y quisieran no tener que vernos más, por eso México es uno de los países más violentos en contra de la comunidad LGBTTTIQ+, en donde los delitos de odio continúan sin ser tipificados.
Desaparecer también es borrar los nombres de quienes fueron amedrentadxs, asediadxs, perseguidxs, desaparecidxs, golpeadxs, capturadxs, encerradxs, violadxs, torturadxs, asfixiadxs, desplazadxs, asesinadxs, tiradxs en parajes desconocidos por agentes del Estado, estos cooperaron para implementar circuitos represivos que se convirtieron en sistemáticos y sembraron el precedente de la grave espiral de odio, de violencia feminicida y transfeminicida que hoy nos asedia.
Quienes hemos decidido mirar esta catástrofe sabemos que la narración de la violencia que no toca sus estructuras está condenada a perpetuar su infame ejercicio. A todo impostor conviene recordarle que no hay historia que sea estática ni lineal, y que la verdad es de quienes hablan, no de quienes pretenden hacer callar.
Mientras lxs sobrevivientes de esta tragedia resguardaban sus memorias y cuidaban de la comunidad que dio testimonio de una historia que al poder no le conviene escuchar, otras y otros soñaban con dirigir la guerra, esa pesadilla se ha vuelto realidad. En el umbral de una época reventada por la impunidad y por el militarismo, como las formas más acabadas del odio y del abuso, donde el silencio y la oscuridad amagan con ensombrecerlo todo, consideramos fundamental conocer el origen, el desarrollo y los efectos del pacto de Estado que condujo a una forma específica de la violencia política en contra de las disidencias sexo-genéricas en el contexto del terrorismo de Estado.
Sabemos que cuando se comprende el porqué de las cosas, el miedo cede y la oscuridad comienza a disiparse. Por eso, hoy más que nunca, es vital recordar que las fechas como los nombres son lo más importante, porque vivimos en un país en el que la historia oficial es selectiva y quien la escribe decide quiénes han de ser reconocidos como víctimas y quiénes relegadxs al olvido.
A ese poder le decimos que el marco normativo de nuestro país contempla que una víctima es, ante todo, unx sujeto de derechos, y son esos precisos derechos los que venimos a reclamar con un análisis de contexto que, muy a pesar de la censura del Estado, nos permitió conocer la verdad. Incluso, con lo dolorosa que esta resulta, estamos convencidas de que el respeto y la garantía del derecho a la verdad es la única vía para sanar.
Gracias a quienes tuvieron el coraje y la dignidad de testimoniar, después de todo lo aprendido a lo largo de estos años, queremos mandar un mensaje a la sociedad, decirles que las líneas que el Estado ha intentado borrar están ahí para ser leídas, escuchadas, sentidas. Hagamos nuestra la verdad, juntémonos a pensar las cuestiones que desde hace tiempo nuestrxs compañrxs vienen articulando en sus espacios de organización y gritando en las calles: ¿qué hacemos, pues, para cambiar este país, en donde el odio y la violencia son la constante? ¿Cómo terminamos con la violencia de Estado, que al mismo tiempo que usa nuestras demandas e identidades políticas para conquistar el poder, también decreta la censura que nos entrega a las fauces del olvido?

Es verdad que la historia la escriben los de arriba, pero también es verdad que se las dictamos lxs de abajo. Las mujeres y las disidencias hemos encontrado en la escucha atenta y en la mirada cuidadosa una posibilidad para hacer frente a la indolencia del Estado, por eso apelamos a la organización frente a la imposición del silencio, llamamos a no claudicar hasta lograr el pleno reconocimiento y erradicación de las estructuras que han hecho posible la violencia de la que es responsable el Estado. Hasta que nuestras demandas se conviertan en realidad: ¡NUNCA MÁS UNA HISTORIA SIN NOSOTRXS!
P.D. Para conocer el informe sin censura del Mecanismo para la Verdad y el Esclarecimiento Histórico, Fue el Estado (1965-1990), favor de acceder a la siguiente dirección: https://www.meh.org.mx/especial-informe-final/
**Foto de portada: Archivo Patlatonalli. Colectivo lésbico de Guadalajara.