Años después de haber atestiguado la mal llamada guerra contra el narcotráfico, el hallazgo de un diario antiguo con memorias de la Revolución, detonó una cascada de recuerdos que impulsan a nombrar y rememorar todo aquello que la violencia nos arrebató y a buscar la paz que seguimos sin encontrar. Este texto es parte de un proyecto de investigación en curso sobre construcción de memoria colectiva por la violencia vivida en Tampico
Rogelio Mascorro*
Sismo
19 de septiembre de 2017, Puebla. Aquel día, por primera vez en mi vida, me amenazó la muerte. Mi nombre es Rogelio, tengo 29 años y soy de la costa, de Tampico. Crecí rodeado de marejadas bravas y fuertes vientos; en la costa todo se mueve, pero nadie nunca me dijo que la tierra también palpita. A veces pienso que extrañaba tanto mi tierra, que aquel 19 de septiembre hasta al suelo se le antojó ser mar, y se convirtió en ola.
La tierra se cimbró poco después de la 1 de la tarde, y eran casi las 4 cuando decidí volver a casa. A esa hora reinó el silencio, la ciudad se paralizó, las calles se vaciaron, incluso me dio la impresión de que la Angelópolis había muerto. Caminé tranquilamente hacia mi casa sin saber que, en ese trayecto, mi vida cambiaría para siempre.
Desde el norte, dos helicópteros del ejército se acercaban. En pocos segundos, sus rotores aniquilaron al silencio, y el cielo se pintó de una tonalidad verde olivo. Hacían un reconocimiento de daños, supuse, pero ni mi más firme certeza pudo atenuar el horror que sentí. Agaché la cabeza, aceleré el paso, y deseé, como nunca antes, refugiarme en la seguridad de mi hogar. Sólo entonces comprendí que la muerte era una vieja conocida. Le llamaban guerra: la pinche guerra contra el narcotráfico.
La Guerra
Querido Pancho, para alguien lento como yo, todo fue muy rápido. Un día, tenía 11 años y te juro que era el niño más feliz del mundo. Mi papá había podado el pequeño baldío de junto y, con las dotes que heredó de ti, construyó dos porterías que convirtieron ese matorral en un auténtico Estadio Azteca. Darío, César y yo jugábamos futbol. Yo en la portería, soñando ser Christian Martínez; ellos, auténticos Pelé y Maradona, disputándose el balón de oro. El vecino, al otro lado de la calle, se sentaba en la banqueta y narraba desde allí nuestros partidos. No cabe duda de que, a mis 11 años, cumplí mi más grande sueño de ser futbolista profesional. Al otro día, tenía 14 años, y desearía nunca haber crecido. Me habían advertido que a esta etapa de la vida le llamaban adolescencia porque es una etapa en la que se adolece el crecimiento, pero nadie nunca me advirtió que, en la adolescencia, lo que se adolece, es la guerra.
Antes de que anocheciera, yo tenía 12 años. Ahí escuché por primera vez la palabra secuestro. Lo escuché en una conversación de adultos que se suponía que no debía escuchar, pero los adultos se engañan a sí mismos cuando creen que las infancias estamos en nuestro mundo. Anocheció entonces, y mientras más crecía yo, más abrumaba la violencia. En cada sobremesa, mi padre y mi madre actualizaban con mortificación lo que sabían de los secuestrados. Cada 15 días, una persona era violentamente arrebatada, amenazada, encerrada, parcialmente desaparecida. El imperio del crimen y la violencia pusieron fin a los viajes, a las salidas recreativas, a las pedaleadas en bicicleta, a los paseos de las mascotas, y hasta a los días de playa que me vieron crecer.
Los semáforos de las calles no volvieron a arrojar su luz verde. Salir era un peligro. ¿Cómo no se nos ocurrió antes crear dormitorios en las escuelas y trabajos? No quedó de otra más que acostumbrarnos. Normalizar la violencia no quiere decir dejar de sentir miedo; normalizar la violencia quiere decir aprender a sentir miedo todo el tiempo.
Cada día, cuando salía de la secundaria, temía llegar a casa con la noticia de que mi papá faltara, que fuera él el siguiente apellido en la lista de secuestros. Aquello se convirtió en mi más recurrente pesadilla, pero una de la que nunca pude despertar. Por fortuna, a mi padre nunca se lo llevaron, pero eso no impidió el despojo de tantos otros arrebatos. El reluciente anhelo de conquistar libertades, amistades y romances fue arrebatado por la crueldad de la tortura con la que nos obligaron a vivir.
El unicornio azul
A ti también te torturaron, querido Pancho, y comprenderás lo que te narro. Cegados por la oscuridad de las mafias y atormentados por la posibilidad de que el encierro se volviera miseria, recibimos con el puño en alto la pasarela verde olivo que arribó para combatir al infierno. El Cristo de Galilea llegó a Jerusalén montado en un burro; el nuestro, el de la justicia armada, llegó a bordo de Silverados y Cheyennes. Bienvenidos a Tampico, susurraron al unísono nuestros corazones.
¿Qué hubiera pasado si el mundo encontrara tus versos a tiempo? ¿Qué hubiera pasado si alguien nos hubiera anunciado este cataclismo? ¿Qué hubiera pasado si en los libros de historia aprendiéramos que de la guerra nadie sale con vida? Sin embargo, aquí estamos, narrando los horrores de una herida que nunca dejará de sangrar. ¿Es acaso posible comprender la tortura? ¿Es acaso posible encontrar palabras que desnuden el dolor de nuestros corazones? ¿Es acaso posible superar la barbarie que atravesó y violó mi cuerpo?
Yo sé que sobreviví, pero no sé si estoy vivo, y por eso estoy aquí, buscando evidencias, huellas, rastros de la vida que me quitaron, que me arrebataron, que me arrancaron. Si tú la has visto, avísame. Con el paso del tiempo, me he vuelto compañero de búsqueda de unicornios azules, en donde un tal Silvio Rodríguez me enseñó la metáfora como el lenguaje de la vulnerabilidad y la incertidumbre. Estoy buscando al Rogelio azul que se extravió hace 15 primaveras, uno de estatura baja y lleno de sueños, aunque también de pocos amigos y gigantes miedos. Busco a un Rogelio inocente, cuyos deseos de aventura no existen sólo en sueños, un Rogelio al que, cuando le preguntas, “¿qué quieres ser de grande?”, todavía responde “Explorador”, sin importar la ambigüedad de su respuesta. Es un Rogelio azul, azul celeste, al que, a pesar de su edad, todavía conserva su cuerpo y corazón de niño. Bisabuelo Panchito, capaz que está ahí arriba contigo, y nadie me lo ha dicho.
Yo no sé en qué momento se extravió el pequeño Rogelio. Si fue con la primera, si fue con la última, o quizá con algunas de las 57 balaceras intermedias. Al final de cuentas, de las trescientas balas que dispara un solo fusil, basta una para que el corazón muera, basta una para interrumpir la infancia, basta una para adolecer la guerra.
Quizá se quedó en Monterrey jugando con Manuel y Pedro cuando las carreteras cerraron. Quizás lo secuestraron en una de las trocas negras de los vecinos que tanto miedo le daban. Quizá se lo llevaron alguna vez que traicionó a su temor y tocó el piano con toda pasión, sin importar si alguien lo escuchó fuera de la casa. Quizá se quedó huérfano cuando su madre se cruzó entre las balas y el número 104 de la Calle Naranjos. Quizá se horrorizó de la vida cuando vio el pavor de su padre a quien le secuestraron a su amigo. Quizá se sumergió en la depresión al ver que su Estadio Azteca, donde alguna vez atajaba goles con César y Darío, quedó convertido en la casa de seguridad del cártel. Tal vez no le hizo caso a los soldados cuando desde la acera le pidieron que se agachara antes de la emboscada. Quizá nunca volvió de la Laguna Vega Escondida, cuando los narcos invadieron aquel paraíso y le prohibieron volver a tocar sus aguas prístinas. Esa laguna, de hecho, nunca volvió a ser cristalina.
Quizá lo confundieron cuando el ejército entró a su escuela huyendo de los criminales entre la lluvia de balas. O quizá se fue persiguiendo a Ernesto y a José, amigos a quienes nunca dejó de extrañar desde que huyeron de la violencia, y a quienes nunca volvió a ver. Quizá lo desaparecieron al interior del cuartel militar, por descubrir el deshuesadero de camionetas baleadas mientras cumplía con su servicio militar. Quizá lo escondieron en algún lugar seguro mientras su padre planteaba la posibilidad de volverse autodefensa junto con sus amigos. Quizá lo inundó la parálisis al ver frente a sus ojos el secuestro de quien iba delante de él al salir de la escuela. Quizá quedó preso por descubrir los cuerpos arrojados al terreno de la calle Zacamixtle, o quizá quedó mudo por ver desde su ventana los golpes contra la persona que bajaron de la cajuela para asesinarla. Quizá se quedó absorto en la pintura de Fabiola, que retrata mejor que nadie el dolor de huir al país vecino cuando la violencia tocó a su familia. Seguramente quedó sordo entre tantas y tantas detonaciones de plomo y pólvora que retumbaron sus tímpanos. O quizás, sólo quizás, se quitó la vida cuando escuchó a su padre gritar ¡QUE LOS MATEN A TODOS!, en medio de la desesperación durante un interminable enfrentamiento que por mucho tiempo los mantuvo en posición pecho tierra.
Estaba buscando a este joven cuando me encontré por accidente contigo, Panchito. Buscaba fotos del pequeño Rogelio en los rincones de los libreros, cuando tomé tu diario creyendo que era otro álbum. Me bastaron dos días de verano para devorar las páginas escritas con el puño de tu mano. Tus relatos quedaron grabados en mi memoria. Por eso sé que me entiendes.
Desde niño supe que otro de mis bisabuelos huyó de la guerra civil un día antes de que el Ejército de Franco lo fusilara. Pero nunca nadie me contó que tú, bisabuelo Pancho, sobreviviste a la Revolución Mexicana allá en los rincones de la huasteca potosina. Tú viviste el asedio de los Carrancistas en tu pueblo de nombre Cárdenas. Tú huiste de Rioverde y sobreviviste alimentándote de los nopales del monte. Tú te escondiste en la oficina del Telégrafo mientras masacraban a cualquiera que se asomara. La señora junto a ti recibió una bala perdida y se sumó a la pila de cadáveres que por tres días estuvieron expuestos y en descomposición, sin que nadie los recogiera por temor a ser masacrados.
Tu testimonio de guerra me inspiró a conocer una faceta muy humana de la revolución, que no es la de los vencedores ni de los vencidos, sino la de la gente de a pie que, por accidente, se atravesó entre el fuego cruzado. Así, el diario que obsequiaste a mi papá y que él tuvo a bien colocar en un librero cualquiera, me convenció a mí de narrar mi propia guerra. Aprendí de ti que, ante la incapacidad de digerir la crueldad, narrarla es la mejor manera de vivir con ella.
Y fue así, como la búsqueda de ese pequeño Rogelio se convirtió en el impulso agónico de rememorar tantos relatos como fuera posible de una guerra que todavía hoy afecta a millones. Quizás, entre todos esos relatos, encontraría pistas para dar con el paradero del pequeño. Tomé mis cosas, emprendí nuevos estudios, y partí, 10 años después, de vuelta a casa. Gritando a todo pulmón el nombre del pequeño Rogelio, encontré casi nada. En su casa, quedaban pocas muestras de él, en las calles, ni rastro alguno, en su Estadio Azteca, una mansión que dicen que ya no es del crimen organizado. Las aguas turbias de la Laguna dijeron que la última vez lo vieron naufragar, y las olas del mar todavía tarareaban su canción favorita.
Querido Pancho, espero algún día ser alguien como tú. Alguien cuyo único rastro sobre la tierra se encuentre arrinconado en un librero, y que algún día un bisnieto curioso y sin quehacer descubra en aquel rincón la historia de una guerra que no debió ser, la historia de los años que nos robaron, la historia de una memoria que nunca habrá de morir, la historia de Rogelio fragmentado por la dictadura del olvido. Ojalá que cuando llegue aquel día, la memoria impere como instrumento cuyo único propósito sea el resguardo del cariño y el amor, y no el vacío de la crueldad humana.
Mientras tanto, no me queda más que agradecer por tu obsequio. La guerra tocó tu vida tanto como la mía, y tu escritura me ha llevado a mí por senderos inimaginables. Al pequeño Rogelio lo sigo buscando, y aunque no lo he visto, estoy seguro de que estoy cada vez más cerca de él. Hoy, querido Pancho, estoy contando tu historia y la mía frente a este público curioso, esperando que, quizás, entre los rostros atentos y distraídos, entre las sillas y las mesas, o en algún rincón oculto como el de aquel librero de casa, encuentre al pequeño Rogelio jugando a las escondidas, soñando con ser el mejor portero del mundo, fantaseando recorrer el mundo en busca de aventuras y deseando ser adulto para echar rienda suelta a la conquista de sus deseos. Mientras tanto, seguiré recorriendo montañas y mares, coleccionando recuerdos fragmentados por este sistema de olvido al que llamamos “Desarrollo”.
Con cariño,
Tu bisnieto, un no tan pequeño Rogelio.
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Rogelio Mascorro es politólogo y maestrante en Derechos Humanos por la Universidad Iberoamericana Puebla. Desarrolla su proyecto de investigación de maestría sobre la construcción de memoria colectiva por la violencia vivida en la zona conurbada de Tampico. Ha centrado sus apuestas profesionales en la educación como espacio privilegiado para la formación de ciudadanías críticas y comprometidas, colaborando en instituciones de educación media superior y superior. Actualmente colabora en la IBERO Puebla.
Foto de portada: Elementos del ejército patrullan las calles de Tampico. Por Elefante Blanco.