A donde van los desaparecidos

La huella de Blanca Martínez en la defensa de los derechos humanos

Ana Lorena Delgadillo
noviembre 18, 2025
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“Blanca sabía que la única manera de defender los derechos humanos en México era a partir de la colectividad organizada y del trabajo en el terreno. Ese sujeto colectivo del que hablaba implica que las personas avancen en su consolidación como sujetos políticos y de derechos, donde nadie se quede atrás ni nadie tome la delantera para dejar a otros de lado”. 

Ana Lorena Delgadillo Pérez*

En México, la muerte la respiramos, la vivimos, la festejamos, la lloramos, pero pareciera que intentamos tener un pacto secreto con ella para que no esté cerca de nosotros ni de nuestros seres queridos. Celebrando todavía el Día de Muertos, nos llegó la noticia del fallecimiento de nuestra querida compañera Blanca Martínez Bustos. Dos mensajes perdidos en Signal, uno a las 3 de la tarde, otro a las 3 de la mañana, sin decir nada, solo mi nombre: “Ana Lorena”. “Ana Lorena”. No decía nada, pero lo decía todo. Silencio, vacío, ausencia, dolor. 

Blanca, nuestra Blanca, había fallecido la madrugada del 10 de noviembre de 2025. A las 6 de la mañana de ese día me enteré, hice llamadas desesperadas a otros compañeros y amigos esperando escuchar que era un error. No lo fue.  

No me equivoco al decir que Blanca fue una de las defensoras de derechos humanos más importantes en México en los últimos años, un ser humano en toda su amplitud, con el corazón en la mano para ofrecerlo donde hiciera falta, con sus claros y oscuros, sus terquedades, sus amores y sus desamores. Con la gente a quien quería y a quienes no tanto. Con sus pasiones y sus palabras bien puestas donde debían estar. 

Su sentido de justicia era absoluto, amplio, integral e incluyente, siempre anteponiendo las necesidades de los demás a las propias. Su mamá, Chabelita, cuenta que, cuando era chiquita, llegaba corriendo de la escuela y ella le decía: “Hija, ¿por qué corres y llegas tan agitada?”. “Para que no te preocupes por mí, mamá”. 

Nunca fue una persona de medias tintas; nunca se quedó en el medio; nunca se conformó. Posiblemente a muchos de nosotros nos decía nuestras crudas verdades sin ningún tipo de maquillaje y eso nos dolía, pero eso es precisamente lo que se espera de una buena amiga: la honestidad.

Nacida en Torreón, Coahuila, un 25 de octubre de 1963, Blanca se formó en las comunidades eclesiales de base en León, Guanajuato, donde se crió y dedicó años de su vida a comprender y a experimentar, desde lo más profundo, la vida comunitaria en el Bajío mexicano, trabajando en modelos de educación popular. Su principal maestra fue su madre, quien, desde muy niña y a base del ejemplo, le enseñó el sentido comunitario y la solidaridad. Todas las creencias de Blanca partían de una: el derecho de todas las personas a vivir una vida digna.

En sus modelos de acompañamiento —que deberían ser una escuela de formación para las y los defensores de derechos humanos— siempre tuvo en el centro la importancia de construir un sujeto político-social: personas que, desde la pobreza económica, la desigualdad, la discriminación o las injusticias, fueran actores y protagonistas en la lucha por sus derechos individuales y colectivos. 

Con Blanca, siempre era todo o nada, y así fue su entrega en la lucha por los derechos humanos: su todo, su vida, su misión, su pasión, su alegría, su familia elegida, su casa. Su lucha era radical; siempre tuvo claro que a las personas les correspondían todos sus derechos; la misma claridad tenía respecto a las responsabilidades del Estado. 

Nos enseñó a ir por el todo, sin aceptar limosnas. Lo radical formaba parte de su congruencia total, que no es cosa menor. 

Trabajó en Chiapas con el obispo Samuel Ruiz, Tatik Samuel, como ella siempre le llamaba con cariño. Ese período de su vida la marcó de manera definitiva y, según cuentan quienes la conocieron en los procesos de negociación por la paz en Chiapas, Blanca fue clave en esa labor para unir las voces que debían comunicarse entre sí. 

Conocí a Blanca en el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (el Frayba, como se le conoce de cariño) cuando, en algún momento, pensé en hacer mi tesis de licenciatura sobre la responsabilidad del Estado mexicano por las masacres de Acteal, Aguas Blancas, El Charco y El Bosque. 

A Blanca le tocaron situaciones muy complejas cuando estaba en el Fray Bartolomé, como lidiar con conflictos en los que estaban involucrados paramilitares, chinchulines, militares y otras fuerzas estatales, que perpetraban graves violaciones contra la población indígena en Chiapas. En su mediación, su propia convicción terminaba por incomodar a alguna de las partes cuando había abuso de derechos, pero, sin importar quién era el protagonista de la violencia, Blanca tenía la claridad para mirar las injusticias, hablar de ellas y convocar a la reflexión para exigir que cesaran. 

Su presencia en el Fray Bartolomé fue tan fundamental que les siguió acompañando como parte del Consejo Directivo. Yo creo que gran parte de su corazón estaba en Chiapas, en la lucha indígena. Casi siempre que convivíamos y nos tomábamos uno o dos mezcales, Tatik Samuel visitaba nuestra charla y su expresión se transformaba cuando narraba lo que habían vivido juntos. 

Chiapas y el trabajo con las comunidades indígenas le dieron la claridad de que la única manera de defender los derechos humanos en México era a partir de la colectividad organizada y del trabajo en el terreno. Ese sujeto colectivo del que hablaba implica que las personas avancen en su consolidación como sujetos políticos y de derechos, donde nadie se quede atrás ni nadie tome la delantera para dejar a otros de lado. Fue ahí donde conoció al obispo Raúl Vera.

Blanca llegó a Saltillo en agosto de 2009, a invitación de don Raúl, para refundar el Centro de Derechos Humanos Fray Juan de Larios. En esa época, ya las desapariciones masivas en México se empezaban a notar y Coahuila era uno de los estados más peligrosos del país. 

Blanca comenzó juntando piedras en el desierto. En ese entonces, el Fray Juan no tenía más de 5 personas. Siempre decía que le costó mucho llegar del sur —donde ya los procesos colectivos de lucha por los derechos estaban muy instalados— al norte, donde en ese momento en el Fray Juan no había un proceso colectivo frente a la incipiente crisis de desaparición de personas. Ella se enfrentó, como lo decía, a un contexto completamente nuevo y diferente a lo que venía trabajando, pero eso no fue de ninguna manera un límite.

Las “doñas” —como ella decía a las madres de las y los desaparecidos— y sus familiares comenzaron a llegar al Centro de Derechos Humanos, y Blanca comenzó a recibirlas y a escucharlas, iniciando un camino de documentación, organización colectiva y denuncia pública, política y jurídica. 

Blanca Martínez al lado del obispo Raúl Vera y de mujeres integrantes de colectivos de personas desaparecidas (Cortesía: Fray Juan de Larios)

“Una mujer atípica”

Jorge Verástegui recuerda: “Conocí a Blanca en septiembre u octubre de 2009. Mi hermano y mi sobrino habían desaparecido en Parras, Coahuila, en enero de ese año. Alguien nos aconsejó buscar a don Raúl Vera porque ellos podían ayudarnos a localizarlos. Al llegar a la diócesis, dijimos que veníamos por ayuda y nos enviaron directo con Blanca, que estaba junto a otras dos personas. El Fray Juan todavía se llamaba ‘Centro Diocesano Fray Juan de Larios’, porque pertenecía a la Diócesis de Saltillo. Ella nos escuchó con respeto y nos hizo algunas preguntas para saber si ya habíamos denunciado ante las autoridades. Nos dijo que ya habían llegado otras familias denunciando desapariciones y nos preguntó si lo sabíamos… nosotros nos sorprendimos; pensábamos que éramos los únicos a los que nos había pasado.” 

“Blanca era una mujer atípica; uno piensa que va a la diócesis y encontraría a una religiosa hablando de Dios, pero encontramos a una mujer profesional, con una gran fuerza, muy humana, con mucho respeto y conocimiento de lo que empezaba a ocurrir. Nos hizo conscientes de que no éramos los únicos y nos preguntó si queríamos conocer a las otras familias. Nunca se impuso como ‘la organizadora’ y respetaba los tiempos de cada familia. Ella facilitó ese primer acercamiento con otras familias que, en total, buscábamos a 21 personas desaparecidas: 12 vendedores y pintores de Piedras Negras; 3 vendedores de joyas de Nava; 4 desaparecidos frente al Aeropuerto de Saltillo y de Parras, mi hermano y mi sobrino. Cuando nos conocimos, nos contamos nuestros casos, nos reconocimos y vimos que no éramos los únicos.” 

“Blanca, desde el inicio, nos dejó claras la responsabilidad del Estado y nuestros derechos. Después, nos fuimos juntando con otras familias. Logramos reuniones con el fiscal del Estado y el secretario general de Gobierno, sin obtener ningún resultado. El 19 de diciembre de 2009, las familias, junto con el  Fray Juan, decidimos salir públicamente a denunciar. Esta sería una de las primeras denuncias públicas por los desaparecidos en Coahuila, realizada de manera colectiva. Así inició el camino de  Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (FUUNDEC) y el proceso colectivo”. 

FUUNDEC nace ese 19 de diciembre de 2009. El Fray Juan y FUUNDEC, con el tiempo, lograrían agrupar y acompañar cerca de 700 casos de desapariciones. 

Por mi parte, me reencontré con Blanca en 2009 o 2010, en un encuentro organizado por la Casa del Migrante de Saltillo, en el que el Padre Pedro Pantoja nos convocó para hablar sobre las desapariciones forzadas de personas migrantes. En ese entonces yo trabajaba con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el Proyecto Frontera, en la construcción de bancos de datos forenses transnacionales para casos de migrantes desaparecidos. 

Lo que siempre me sorprendió de Blanca fue su claridad política, su gran capacidad de análisis y el hecho de que nunca se quedaba en la superficie: ella quería transformar las causas. 

Blanca no me dio tiempo para pensar; en el curso de ese encuentro de Casa del Migrante, me entregó unos discos con información y me dijo que la ayudara a analizarlos y a pensar por dónde abordar las atrocidades en torno a la desaparición forzada. Me dijo: “debemos trabajar juntas”. Y así fue: a partir de ahí no nos separamos, nos hermanamos en el camino. 

Poco después, concluí mi etapa con Equipo Argentino y fundé la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho, empujando la búsqueda de personas migrantes desaparecidas y la defensa articulada con comités de madres de migrantes en Honduras, El Salvador, Guatemala y México. 

El espíritu de formación que aún hoy guía a la Fundación para la Justicia fue el que aprendí de mi amiga: iniciar la defensa desde la construcción del sujeto político, social, individual y colectivo. Saber que somos facilitadoras; no somos las protagonistas. Somos quienes ayudamos a unir las piezas, no el centro de la construcción colectiva. Recordar que nosotras elegimos estar aquí; las familias no tuvieron opción; por eso, el acompañamiento debe ser siempre respetuoso y partir de sus propias necesidades. 

Desde que trabajé con el EAAF, yo ya había intensificado mi camino de deconstrucción como la “abogada tradicional”, y la visión de Blanca me ayudó a vivir desde mi práctica como abogada, un uso alternativo del derecho, interpretándolo y utilizándolo a partir de la realidad y de las necesidades de las personas más vulneradas en México y en la región. 

La estrategia y la visión de Blanca ayudaron a articular el norte, el sur y el centro de la República Mexicana. La realidad de la desaparición es una, y eran necesarias una hermandad y una unidad nacional. Cuando yo le dije que también teníamos que incluir en esa nueva articulación de familias a las de Honduras, El Salvador y Guatemala, no lo dudó. Sabiendo que muchos migrantes desaparecen en el norte de la República Mexicana, ella consideró fundamental coordinarnos a nivel regional.

Por ahí del 2011 tuvimos nuestras primeras reuniones con FUUNDEC, Fray Juan, el Centro de Derechos Humanos Victoria Díez y la Fundación para la Justicia con autoridades de la Federación, principalmente con la Secretaría de Gobernación y la entonces Procuraduría General de la República. Lográbamos reuniones con el más alto nivel jerárquico, siempre con las familias al frente como protagonistas. 

No negociábamos: había claridad en la exigencia de derechos. Eran tiempos difíciles; todavía no lográbamos comprender la complejidad de la violencia más cruda que estaba ocurriendo, pero teníamos clara la responsabilidad del Estado. El padre Pedro Pantoja, de la Casa de Migrantes de Saltillo, siempre estaba con nosotras y tampoco nos dejaba dar un paso atrás. 

Nos sentíamos encabronadas, llenas de enojo por lo que pasaba en México, por lo que les pasaba a las familias, y también estábamos llenas de dolor, pero todo lo canalizábamos en luchar porque les buscaran, porque se investigaran todas las responsabilidades,  principalmente las del Estado cómplice. 

Las familias, con su valentía y su fuerza, no nos daban opción para movernos en otra dirección. Era otra vez la radicalidad: todo o nada. Y de ahí no nos movíamos. Al terminar las jornadas, también celebrábamos los pequeños logros, nos tomábamos un mezcal, cantábamos, bailábamos  y llorábamos juntas. 

Alrededor de esas reuniones que sosteníamos en la Ciudad de México, en el año 2012, se organizó una de las primeras marchas del 10 de mayo, que después se convertiría en la protesta nacional de las madres de todo el país. La capacidad organizativa fue sorprendente: defensores, abogados y familias nos hicimos un solo equipo y funcionamos como tal. 

Nos tocó participar en las primeras reuniones de consolidación nacional de los colectivos que, de hecho, Blanca inició en Torreón y después se siguieron en la Ciudad de México. Ella fue quien tuvo la visión, mucho antes que todos los que estábamos en la Ciudad de México, de que las familias debían unirse a nivel nacional para exigir la búsqueda de sus seres queridos desaparecidos. 

Muchas de las reuniones con las familias nos dejaron congeladas, sin saber qué decirles. Una que recuerdo es la del 2012. Después de tres días de reflexión con varios colectivos en la Ciudad de México, en Casa Xitla, nos sentamos a evaluar el camino a seguir. Nosotras esperábamos que las familias hablaran de una mayor articulación, de las exigencias que íbamos a colocar en el Estado. Pero no. 

Algunas familias desesperadas por la impunidad, la inacción de las autoridades y el paso del tiempo hablaron de que debían ellos mismos salir en la búsqueda de sus familiares desaparecidos, aunque eso significara toparse con el crimen organizado que tenía tomados los territorios, ya que el Estado no las iba a defender ni a hacer nada por ellas.  Algunas sugerían lugares para empezar a tomar clases para usar armas, o artes marciales, o de distintas maneras para autodefenderes. Ellas ya vivían en territorios donde quien mandaba era el crimen organizado, donde no se podía ni transitar ni vivir.  Desde el inicio, las familias tuvieron claridad sobre el abandono que vendría años después por parte del Estado; no se equivocaron. 

La otra reunión que me quedó marcada sería en el mismo año, 2012. Éramos unas 40 familias y acompañantes y empezamos a compartir lo que cada quien iba observando y encontrando en los diferentes estados de la República sobre la desaparición. Una familia dijo: “Nosotros ya hemos ido al terreno, ya estuvimos haciendo la búsqueda por nosotros mismos en Zacatecas, y sabemos que Zacatecas es un lugar muy peligroso, pero aun así tenemos que buscar a nuestros hijos desaparecidos. Hemos encontrado cosas que no habríamos imaginado”. Sacaron una bolsita y vaciaron fragmentos de huesos muy pequeños. Todos nos quedamos fríos; en ese entonces, todavía no se habían descubierto los campos de exterminio que después saldrían a la luz en varias partes del país.

¿Qué hace uno con esas historias? ¿Cómo seguir el camino sin pensar que, mientras uno está tranquilo en su hogar, hay madres y padres que siguen rascando la tierra en busca de una mínima pista de sus hijos, aunque sea solo un fragmento? ¿De qué manera se maneja y se canaliza tanto dolor, tanta rabia? ¿Por dónde seguir después de tantos años, ante un Estado mexicano indolente ante las desapariciones, que niega la realidad, maltrata a las familias y perpetúa la impunidad? 

Blanca no supo parar; no pudo parar. Su equipo la obligaba a tomar descansos, pero regresaba con mayor fuerza aún y ahí sí, no había quien la detuviera. 

“Nos quedamos huérfanas”

El día de su velorio en Saltillo, se respiraba un ambiente de incredulidad, dolor, encabronamiento, pero, sobre todo, de orfandad. “Ana Lorena, nos hemos quedado huérfanas.” “¿Qué vamos a hacer ahora sin ella?” “Ahora sí estamos solas.” “¿Por qué se fue? ¿Por qué así, por qué no avisó?” “¿Cómo se va y nos deja en medio de toda esta desgracia cuando aún hay tanto por hacer?” “No se vale.” 

Yo la veía en su ataúd y pensaba que no era ella; aún no lo creo.

La sala estaba llena de flores y coronas, incluidas las de varias instituciones del Estado contra las que Blanca luchó. No creo que hubiera alguna persona que sentía que debía estar en ese lugar, era como si estuviéramos prestando nuestro cuerpo para hacer presencia, pero nuestro corazón y nuestra mente estaban en otro lugar; posiblemente repasando nuestros últimos momentos con Blanca. Era un funeral demasiado lúgubre, tal vez como debía ser, pero no el de mi amiga. 

“Esto está muy triste”, les dije a Maru —gran compañera y amiga de Blanca— y a Camelia, una periodista que respetaba mucho a Blanca. “¿Y si traemos un grupo musical?”, les dije. “Pues no sé si a la familia le guste”, dijo Maru. “Nombre, vamos a traerlo; necesitamos alegrar un poco esto; a Blanca le hubiera gustado”, les dije. 

Camelia se dio a la tarea de buscar al único grupo que podía llegar a esas horas de la madrugada y conseguimos un “fara fara” —grupo norteño—. Necesitábamos ruido, necesitábamos música para sacar el dolor. Posiblemente, era uno de los grupos musicales más desafinados que he escuchado, pero eso no era lo importante; la música nos hizo pararnos, bailar, cantar, gritar, gritarle a Blanca, reclamarle porque se había ido, decirle “no, no te preocupes por mí, aquí todo está muy bien, como cuando estabas tú…” o recordarle que es nuestro “Amor eterno” o cantarle a gritos su canción favorita “Ya supérame”. Con esa música norteña desafinada, ahora sí se sentía como su funeral, como el funeral que ella hubiera querido, con música, tequila y mezcal; con gritos, llantos y risas. 

La historia de su muerte no terminaría ahí. Después vinieron momentos para compartir cómo fue su estancia en el Hospital General de Zona (HGZ) No. 1 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Saltillo, donde se realizó un procedimiento quirúrgico que debía ser sencillo, pero del que ya no regresó. 

¿Qué pasó? Ya entrada la madrugada en su funeral, las personas comenzaron a hablar de la lista de negligencias que fueron mermando su vida y la familia decidió denunciar. A los pocos días, la revista Proceso reportó que las familias han exigido una investigación penal para que se investigue la negligencia médica por la que murió. 

Lo que Blanca sembró 

Blanca sembró, Blanca le apostó a la base, Blanca caminó con las “doñas” y los “doños” como ella les decía. Yo creo que con la muerte de Blanca también se va acabando parte de una generación de defensores que tenían una visión política y de construcción del sujeto social como pocos. 

En el primero de sus memoriales en la Ciudad de México, el 14 de noviembre, Diana Iris García —quien tiene 18 años buscando a su hijo Daniel Cantú Iris— recuerda lo que fue la escuela que Blanca inició con ellas. Decía que  Blanca tuvo la visión para enseñarles a las “doñas” a manejarse en el plano nacional e internacional. Con los poquitos fondos que tenían, pero con mucha solidaridad, las familias, de la mano de Blanca, lograron abrir espacios internacionales muy importantes. FUUNDEC es ahora un gran referente nacional e internacional, una organización de familias a quienes todos vemos con profundo cariño y respeto, un eslabón crucial para la construcción de muchas de las políticas públicas en materia de desaparición que actualmente tiene nuestro país. Si había una invitación a algún otro país o algún foro, Diana recuerda que Blanca priorizaba que fueran las doñas, porque sabía que eso abonaría a su formación, pero también en la construcción de alianzas. 

En ese mismo memorial, nuestro amigo, también defensor, Michael Chamberlin decía algo que yo he traído mucho en la cabeza durante varios años: no podemos dejar de mirar que lo que le pasó a Blanca refleja lo que viven cientos de defensoras y defensores que han entregado su vida por los derechos humanos, quienes no tienen para comprar medicina o no tienen para pagar un buen hospital. 

Blanca fue al hospital público porque, como decía una de sus hermanas, creyó en la institucionalidad hasta el último momento, pero también porque era su única opción. Ella ingresó al quirófano con la promesa y la certeza de que regresaría… no pudo cumplirlo… no estuvo en sus manos. Necesitamos organizar una serie de reflexiones sobre la situación que enfrentan muchos y muchas defensoras como ella, que lo dan todo y no tienen ni para lo básico. 

La muerte de Blanca en el IMSS también nos muestra a gritos la grave situación que enfrenta el servicio de salud pública en nuestro país. El abandono de los hospitales públicos, su notorio desabasto, sin lo básico para funcionar; no hay un control sobre el profesionalismo, la sobrecarga laboral y la preparación de los médicos y, básicamente, si uno elige ir ahí, podría significar una sentencia de muerte.  

Blanca no lo pensó así; obviamente, confió en que el Estado le atendiera un problema muy sencillo, como se lo habían dicho.

Pero se murió. No hay vuelta atrás y es lo que cuesta creer. La muerte nos rodea; está por todas partes, siempre presente… Keme, mi nahual Maya —que significa muerte—, aquí está al lado; no se va. Pero hay muertes que no debieron haber ocurrido; ese arrebato violento, injusto y sin pedir permiso, duele mucho más. 

Justicia para Blanca

Ahora comienza un camino de búsqueda de justicia por nuestra amiga ante una de las instituciones que ella más combatió: la fiscalía. Fue duro ver que su cuerpo estuvo en la morgue a la que ella acudió tantas veces para buscar personas desaparecidas, con profesionales con quienes tanto conversó para cambiar las prácticas forenses del estado de Coahuila y del país. El lugar donde ella fue a exigir justicia para los cientos de víctimas que acompañaba, es ahora el lugar donde exigiremos justicia para ella, y no será nada fácil, como no lo ha sido para miles de familias de personas desaparecidas en nuestro país. 

El IMSS ha salido ya con un comunicado, en respuesta a una carta pública de decenas de personas y organizaciones que exigen justicia para Blanca, en el que mencionan que durante su recuperación presentó un deterioro en su estado de salud, sufriendo un paro cardiorrespiratorio irreversible la madrugada del 10 de noviembre y que  el hospital se manejó en apego a las Guías de Práctica Clínica del Instituto, y mantuvo comunicación con los familiares.

A mí me gustaría pensar en Blanca como una estrella que estará allí todos los días y, sobre todo, en los momentos de gran oscuridad, enviándonos luz y recordándonos todo lo que nos enseñó. Estará de la mano de Tatik Samuel, de Padre Pedro Pantoja, de Ana Paula Hernández, diciéndonos a quienes estamos en este plano terrenal, que tenemos responsabilidades para que la vida digna para todas las personas sea posible, para que encontremos a todas las personas desaparecidas. Que la indiferencia no es una opción.

En su casa ahora vacía quedarán decenas de plantas, un gallo, una tortuga, libros, decenas de libretas con notas y un espacio que nadie llenará, junto con un cartel donde parecía que nos dejaba el último mensaje y que decía: ¿Quién te buscará cuando yo ya no esté?

No te he podido llorar, amiga; me he bloqueado; así me pasa, tú lo sabes… pero honro tu memoria, tu camino y tu vida. Te agradezco tu amistad, tus enseñanzas, tu pasión y tu entrega. Te recuerdo cada segundo. Te quedas aquí, dentro. 

#HastaEncontrarles

***
*Ana Lorena Delgadillo Pérez (@analorenadp) es defensora de derechos humanos, fundadora y exdirectora de la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho, desde donde impulsó mecanismos transnacionales de búsqueda e identificación de personas migrantes. Trabajó con el EAAF en los proyectos para la identificación de restos de mujeres en Ciudad Juárez y Chihuahua, así como en los inicios del Proyecto Frontera. Antes fue Suprocuradora de Víctimas en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, integrante de la Comisión para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez y Chihuahua, y visitadora de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. Actualmente es integrante del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de Naciones Unidas. 

***Foto de portada tomada en el marco de la entrega del premio Sergio Veira en Polonia. Cortesía del Centro de Derechos Humanos Fray Juan de Larios

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