El límite del campo: Textos sobre la idea de desaparición y similares (IV)
En 2026, el Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF, de El Colegio de la Frontera Norte), junto al Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC, de la Universitat Jaume I), abre la sección “Frontera de ausentes” a explorar las fortalezas y límites de las disciplinas artísticas y los campos académicos, para tratar el tema de la desaparición y otros que atraviesan este fenómeno, con textos ensayísticos y de creación literaria.
¿Cómo viven la desaparición de seres queridos personas que no son sus familiares?, o bien, ¿por qué algunas personas analizan este fenómeno desgarrador más allá de la afinidad temática? En este ensayo Oscar Misael Hernández reflexiona cómo algunas personas viven de manera indirecta la desaparición de personas que aman.
Oscar Misael Hernández-Hernández*
En este ensayo reflexiono cómo algunos vivimos de manera indirecta la desaparición de personas que amamos. Comparto dos experiencias personales: la desaparición de un amigo en San Fernando, y la desaparición de una niña que era como mi hija, en Ciudad Mante. Planteo que mis experiencias son un tipo de pérdida ambigua y duelo no reconocido. Argumento que al hacer este tipo de reflexiones, se cuestiona la noción del observador externo, pues también podemos ser sujetos atravesados por pérdidas, afectos, duelos, por lo que es necesario realizar una apertura íntima, reflexiva, que humanice el trabajo académico.
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En el poema Desde tu ausencia, Sandra Yanira Martínez, madre de un hijo desaparecido, escribió: “Sé que no te puedo ver, hijo. No te puedo abrazar, ni darte un beso, ni darte una caricia o decirte un te amo. Sólo quiero recordarte que siempre estás en mi mente y en mi corazón. Siempre recuerdo tu sonrisa, tu alegría” [1]. El poema de esta madre, como el de muchas otras, es un testimonio desgarrador de sufrimiento y amor, de resistencia y memoria. Familiares que desesperadamente buscan a sus seres queridos desaparecidos o, quizá, estos últimos buscándolos a ellos y no los encuentran. En cualquier caso, la pérdida es el locus que moviliza la angustia, el dolor, la esperanza.
A fines de los años noventa, la psicoterapeuta Pauline Boss propuso el concepto “pérdida ambigua”, definido como una situación de duelo sin resolución ni cierre, confusa y estresante, plagada de incertidumbre, por la ausencia física de una persona que, a pesar de ello, la familia la mantiene presente mental y emocionalmente; o a la inversa. En el caso de una persona desaparecida, expresó Boss, “la capacidad de hacer el duelo se congela. […] No se sabe si esa persona está viva o muerta. La gente no puede hacer el duelo. Está atrapada” [2]. Al respecto, vale la pena preguntarse si sólo los familiares viven la pérdida ambigua o si también otras personas que amaban a sus seres queridos, y de ser así, cómo viven el duelo (del latín tardío dolus = dolor, sufrimiento).
Mi propósito en este ensayo es reflexionar sobre mi propia pérdida ambigua. No se trata de una pérdida de seres queridos con relación de parentesco, sino de amistades que un mal día desaparecieron. Es, como diría el psicólogo y gerontólogo Kenneth J. Doka, un duelo “no reconocido” o “desautorizado” a nivel personal o social, pero con efectos emocionales duraderos [3]. Por supuesto, mi pérdida ambigua no se compara con la de los familiares de personas desaparecidas. Sólo de pensarlo, siento una mezcla de temor y paranoia llegar a vivirlo en carne propia porque soy padre y porque he escrito sobre este tema tan desgarrador para el caso de niños y adolescentes desaparecidos [4]. Aquí solamente intento expresar cómo lo he vivido de forma indirecta, compartiendo dos experiencias que, de alguna forma, pueden tener eco con lo que han vivido otras personas como yo, o peor aún, representar una resonancia paralela de dolor por la pérdida, de incertidumbre ante la ausencia, o bien de angustia y ansiedad que viven los familiares de personas desaparecidas en todo el país y otras latitudes del mundo [5].
En el principio fue mi amigo, Iván
Como escribí previamente [6], en 1994 viví en la cabecera de San Fernando, Tamaulipas. Allí estudié la preparatoria e Iván fue mi compañero y al poco tiempo nos hicimos amigos. Aún no entiendo por qué, si éramos tan diferentes. Él tenía una camioneta Ford ochentera y yo apenas tenía una bicicleta con la que me iba a la prepa. A veces me daba raite de ida o de vuelta. Después supe que su vida transcurría entre una localidad de la Laguna Madre y la cabecera municipal. Su familia y él eran pescadores, tenían algunas lanchas y de vez en cuando me llevaba camarones, aunque se trataba de un tipo de soborno para que lo ayudara con las tareas que no entregaba porque faltaba a clases debido al trabajo.

De repente, Iván desapareció. Primero de la preparatoria, pero su ausencia se extendió por más tiempo del común. Cada clase, las y los profesores nos preguntaban si sabíamos algo de él. Pero nadie sabía nada, ni yo, que era su amigo. Después, desapareció de su casa, que estaba relativamente cerca de la mía. Comencé a pasar al frente, pero siempre estaba cerrada. Ningún movimiento, ni siquiera estaba su camioneta, ni nadie a quien preguntarle por él. De hecho, la maleza comenzó a crecer en el predio. Iván también desapareció en la Laguna Madre. Vecinos cercanos a su familia narraron que algunos pescadores pensaban que se había ahogado porque no encontraban su lancha y porque, a veces, usaba cocaína para aguantar la jornada laboral.
Tiempo después, supe que Iván apareció, pero muerto, no sé si dentro de las aguas de la Laguna Madre o fuera de ellas. Supuestamente, tenía signos de ahorcamiento. Nunca indagué más, porque tenía miedo. Si su desaparición de la preparatoria, de su casa y en la Laguna Madre me provocaron ansiedad, saber que había muerto me produjo dolor. No imaginaba lo que sentía su familia. La desaparición y muerte de Iván me marcaron, pero no fui ni el único ni el último en ofuscarse con algo así. Después, terminé la preparatoria, me fui de San Fernando a Ciudad Victoria para estudiar la universidad, pero Iván seguía en mi memoria. De vez en cuando regresaba a San Fernando y pasaba por su casa, como esperando volverlo a ver. Por supuesto, nunca sucedió.
Lo que sí pasó, años después, fue el incremento de la violencia criminal en San Fernando: en el 2010 fueron asesinados 72 migrantes de Centro y Sudamérica y en el 2011 fueron encontradas varias fosas clandestinas. En San Fernando se construyó una región de silencio, es decir, un espacio de mutismo mediático y social debido a la censura y el temor provocado por grupos criminales [7]. A la distancia, me pareció que la desaparición de Iván, el uso de cocaína, su muerte con signos de ahorcamiento y el miedo colectivo a hablar de su caso, fue la precuela de una película de terror que tiempo después se haría realidad y trastocaría las vidas de muchas personas.
Tiempo después fue mi niña, Ivón
Entre mi niñez y adolescencia viví en un ejido de Antiguo Morelos, Tamaulipas. Después me salí de la casa y seguí mi camino estudiando, aunque de vez en cuando regresaba al ejido. En el 2019 me enteré de una noticia desgarradora: Ivón, la hija de una amiga de allá, de apenas 13 años de edad, desapareció. Yo la conocí desde que era una pequeñita. Cada vez que iba a la comunidad, ella me saludaba y hablaba de todo. Se hizo muy amiga de mi pareja. Tendría 8 años de edad cuando se animó y nos preguntó si la podíamos llevar de vacaciones a Matamoros. Le dijimos que por nosotros no había problema, pero que necesitábamos el permiso de su madre. Mi pareja y yo hablamos con mi amiga y sí le dio permiso. Al siguiente año fue lo mismo y al posterior también.

Durante el tiempo que pasó con nosotros, la llegamos a querer mucho. Ella nos acompañaba a todos lados; incluso a veces iba conmigo al trabajo. Le encantaba que la lleváramos a la playa, al cine o a un tianguis los domingos para comprar ropa de segunda. En las tiendas comerciales casi siempre pensaban que era mi hija y la chuleaban. En broma yo decía: “Ni la conozco”. Las personas me refutaban: “Pero si está igualita a usted, ¿por qué la niega?”. Ivón tampoco negaba que fuera su padre. Quizás porque al suyo apenas lo conocía. En ese tiempo, mi pareja y yo no teníamos hijos. Yo deseaba una hija, y quizás Ivón fue mi preámbulo y llegué a quererla como tal. Después, Ivón dejó de ser niña, entró a la secundaria en Ciudad Mante y cuando íbamos al ejido ya no nos preguntaba si podía ir de vacaciones con nosotros, o de plano ya no la veíamos.
Como escribí en otro espacio [8], Ivón desapareció durante las fiestas patrias de 2019. Su madre, mi amiga, comenzó a enloquecer de la angustia. Familiares y amigos quedaron perplejos, y yo preocupado. Recordé a la niña que tiempo atrás fue a visitarnos a mi pareja y a mí. A la niña que, entre broma y en serio, me decía papá y me abrazaba. Ivón iba a la secundaria cuando desapareció. Las autoridades fueron informadas. Una alerta Ámber se accionó y los medios de comunicación apoyaron. Por mis medios difundí la alerta Ámber y los lazos de solidaridad se hicieron visibles. En redes sociales, su madre impulsó una campaña de difusión a la que muchas y muchos nos sumamos. Ella recibió mensajes de esperanza, pero también amenazas.
Por mi cuenta, empecé a indagar entre conocidos que trabajaban en algunas instituciones, pero no tuve suerte. Le consulté a una sobrina que iba a la misma secundaria que Ivón si ella sabía algo. No sabía mucho, aunque había suspicacias. Después, nos enteramos de que las autoridades en Ciudad Mante habían encontrado a una niña con las características de Ivón. Un halo de esperanza emergió, pero pronto se desvaneció porque se trataba de otra niña. Ivón no aparecía y, a la distancia, yo lloraba preguntándome qué le pasaría, reprochándome no haber estado más en contacto con ella, pensando qué más podría hacer. Aun así, Ivón no apareció… hasta dos meses después. Sus restos óseos fueron encontrados en un baldío, en otro municipio. Su velorio fue en el ejido, pero no tuve el valor de ir. Hoy en día, cuando regreso y paso por su casa, que ahora está desolada, imagino ver a aquella niña sonriente que me decía papá.

Por supuesto, el caso de Ivón fue tan solo uno de muchos en Tamaulipas. Entre 2018 y 2019, después de Jalisco, Tamaulipas era la entidad con más personas desaparecidas o no localizadas en México. En el mismo periodo ocupó el cuarto lugar en desaparición de mujeres y también el cuarto lugar en desaparición de niñas, niños y adolescentes. Y en el 2019, fueron encontradas fosas clandestinas en la región El Mante-Gómez Farías [9].
Fragmentos del pasado, baches emocionales
No olvido la primera vez que vi el capítulo “Eulogy” de la temporada siete de la serie Black Mirror, en Netflix. En este, Phillip, un hombre viejo y solitario es visitado por un avatar de una empresa tecnológica para que “ingrese” a viejas fotografías y recuerdos. La idea es hacer un elogio fúnebre para una mujer que fue su novia y que le rompió el corazón de joven. Con un sistema tecnológico avanzado “ingresa” virtualmente a las fotografías, las mira desde diferentes ángulos, intenta reconstruirlas, pero es difícil por los fragmentos de las imágenes, hasta que encuentra una fotografía en una vieja cámara, una carta, una grabación en casete. Lo análogo resurge ante lo digital, sólo así la memoria se activa, los recuerdos se reordenan; pero son las emociones las que le dan significado.
Precisamente así me he sentido: con fragmentos de un pasado, en mi caso situado en dos temporalidades y espacialidades, donde desaparecieron seres queridos. Con recuerdos como rompecabezas que cada vez más me es difícil armar, pero que siguen apareciendo. Es como si Iván e Ivón siguieran ahí, tratando de hablarme, porque como dice una pieza del poema Desaparecidos, de Mario Benedetti, “nadie les ha explicado con certeza si ya se fueron o si no, si son pancartas o temblores, sobrevivientes o responsos” [10]. Recuerdos y emociones le dan sentido a ello, aunque la pérdida ambigua continúa y el duelo no reconocido, también, como las dos caras de una moneda.
En su estudio sobre el impacto psicosocial de la desaparición forzada entre madres buscadoras, la psicóloga Gabriela Linares y el psicólogo Javier Álvarez, afirman que se trata de una mezcla de emociones como miedo, incertidumbre, terror, depresión, angustia, desesperación [11]. Sin embargo, muy poco sabemos la contraparte: ¿Cómo viven la desaparición de seres queridos personas que no son sus familiares?, o bien, ¿por qué algunas personas analizan este fenómeno desgarrador más allá de la afinidad temática? Al menos aquí, he tratado de mostrar cómo algunas personas vivimos de manera indirecta la desaparición de personas que amamos de manera fraternal o filial.
Como analistas sociales, somos presentados como observadores externos. En muchos casos parece que es así o se opta por ello en nombre de la objetividad científica; o bien, lo que priva es el sensacionalismo académico o la exploración de fenómenos que son trending topic por diversas razones. Sin embargo, algunos analistas también podemos ser sujetos atravesados por pérdidas, afectos, duelos, ya sean directos o indirectos. En casos excepcionales, parece que no hay una separación tajante entre experiencia personal y producción de conocimiento, en tanto haya una apertura íntima, reflexiva, que humanice el trabajo académico, recurriendo a epistemologías más construccionistas, críticas, y menos positivistas.
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Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/), de El Colegio de la Frontera Norte (Unidad Matamoros, Tamaulipas, México), el CINIC (https://blogs.uji.es/cinic/?page_id=179), de la Universitat Jaume I (Castellón, España) y A dónde van los desaparecidos.
El Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF) es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema. El Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC) de la Universitat Jaume I es un espacio interdisciplinar dedicado al estudio sociológico, jurídico y de crítica cultural acerca de las relaciones entre las normas jurídicas, éticas y morales con las formas de representación visual contemporáneas.
Aquí la semblanza de Óscar Misael Hernández-Hernández
La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF, del CINIC ni de A dónde van los desaparecidos.
Referencias:
[1] Revista La Brújula (2025). “Es el corazón que habla”: Mujeres familiares de personas desparecidas encuentran en la poesía una herramienta para sanar. Consultado en https://revistalabrujula.com/2025/09/02/es-el-corazon-que-habla-mujeres-familiares-de-personas-desaparecidas-encuentran-en-la-poesia-una-herramienta-para-sanar/
[2] CEDHCONECCT (2024). Ambiguous loss: when closure doesn’t exist. Consultado en https://connect.cehd.umn.edu/ambiguous-loss
[3] Doka, K. J. (2002). Disenfranchised Grief. New Directions, Challenges, and Strategies for Practice. USA: Library of Congress.
[4] Hernández-Hernández, O. M. Desaparición y no localización de niñas, niños y adolescentes en Sonora. Región y Sociedad, 34, 1-2. Consultado en https://www.scielo.org.mx/pdf/regsoc/v34/2448-4849-regsoc-34-e1688.pdf
[5] Noriega Flores, M. M. (2022). Duelo en familiares de desaparecidos. Consultado en https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/hechos-y-derechos/article/view/16989/17535
[6]. Hernández-Hernández, O. M. (2025). Laguna Madre de San Fernando: Desapariciones y muertes. Consultado en https://adondevanlosdesaparecidos.org/2025/08/25/laguna-madre-de-san-fernando-desapariciones-y-muertes/
[7] Hernández-Hernández, O. M. [2024]. San Fernando: antropología de una región de silencio. Consultado en https://www.academia.edu/127033426/San_Fernando_antropolog%C3%ADa_de_una_regi%C3%B3n_de_silencio
[8] Hernández-Hernández, O. M. (2020). Ivón ya no está en Tamaulipas. Los monstruos del feminicidio se la llevaron. Consultado en https://gaceta.mx/2020/10/ivon-ya-no-esta-en-tamaulipas-los-monstruos-del-feminicidio-se-la-llevaron/
[9] Hernández-Hernández, O. M. (2021). Reflexión sobre la desaparición forzada y fosas clandestinas en Tamaulipas. Consultado en https://www.youtube.com/watch?v=gyCGCeTJRpA
[10] Poemas del alma (2026). Mario Benedetti. Desaparecidos. Consultado en https://www.poemas-del-alma.com/mario-benedetti-desaparecidos.htm
[11] Linares Acuña, Gabriela y Álvarez Bermúdez, Javier (2022). Impacto psicosocial de la desaparición forzada. Una visión de las madres que buscan a su ser querido. Psicología desde el Caribe, 39 (3), 250-275.
Foto de portada: San Fernando, Tamaulipas. Cortesía de Óscar Misael Hernández.