Los años de búsqueda tras la desaparición de un familiar tienen un costo: enfermedades, gastos, traslados interminables, investigaciones que no avanzan. Los cuerpos se deterioran a la espera de respuestas. Este fotorreportaje muestra las afectaciones que ha dejado en las buscadoras Inés Lázaro y Claudia Sanromán Aguilar la lucha por hallar a sus hijos
Por María Pichardo Ramírez para A dónde van los desaparecidos

Inés Lázaro, de 68 años, busca a su hijo Francisco Sandoval Lázaro, desaparecido el 26 de abril de 2018, a los 27 años, en la colonia Paraje 38 de la alcaldía Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Desde 2023, cuando se incorporó al colectivo Una Luz en el Camino, Inés ha recorrido los parajes del Ajusco para tratar de encontrarlo. En 2019 descubrió que la Fiscalía General de Justicia (FGJ) de la Ciudad de México había extraviado la carpeta de investigación de Francisco; tardaron cuatro años en encontrarla. Cuando Inés la revisó, estaba prácticamente vacía, sin los testimonios y las grabaciones de cámaras y teléfonos que formaban parte del expediente: “Mi carpeta estaba casi en blanco, no había nada”.

En abril de 2018, cuando desapareció Francisco, Inés se enfermó de herpes, se le paralizó la mitad del rostro y perdió la audición de un oído, por lo que debió permanecer seis meses en cama. También empeoró su diabetes: su glucosa llegó a alcanzar niveles de 600 mg/dl, y aumentó su medicación de una a cuatro pastillas al día. Actualmente, vive con diabetes y vértigo, porta un aparato para medir diariamente su azúcar, y el herpes regresa en periodos de mucho estrés o tristeza. Aun así, continúa participando en búsquedas en campo.

Para Inés, que vive en la zona baja del Ajusco, la búsqueda de su hijo implica recorrer grandes distancias. Un trayecto que inicia antes del amanecer para poder llegar a tiempo a las mesas de trabajo que tiene con la FGJ y la Comisión de Búsqueda de Personas (CBP) de la Ciudad de México por la investigación del caso de Francisco. Para llegar a las citas debe salir de su casa alrededor de las cuatro de la madrugada. A veces acude a las ocho de la mañana al Reclusorio Norte para participar en búsquedas en vida; lleva pancartas con la fotografía de Francisco por si alguna persona privada de la libertad lo reconoce o aporta información sobre su paradero, o por si pudiera estar recluido. Cuando sus actividades se extienden una semana, el gasto en transporte público puede alcanzar los 420 pesos, pero si tiene que tomar un taxi para completar alguno de los trayectos, el costo se incrementa.

Acudir al Servicio Médico Forense (Semefo) significa para Inés enfrentarse a la posibilidad de encontrar a su hijo entre las fotografías de cuerpos sin identificar. Esto se traduce en miedo y en un desgaste físico y emocional que se prolonga durante sesiones que suelen terminar a las diez de la noche. A esa hora, es difícil que encuentre un taxi que la lleve de vuelta a su casa en la colonia Paraje 38, en el Ajusco, por la inseguridad en la zona. En su hogar, sus hijos la esperan preocupados.

“Por mi economía, no puedo comprar otro celular y tengo que seguir usando este”, explica Inés. Como se le complica guardar nuevos contactos en el teléfono, anota los números de las personas que conoce durante las búsquedas en una libreta. Inés trabajó durante 20 años en una mueblería. Cuando comenzó a buscar a Francisco, necesitó ausentarse en varias ocasiones; con el tiempo, eso causó su despido. Actualmente, sus ingresos provienen principalmente de la venta de ropa en un mercado cercano al Estadio Banorte. El único apoyo gubernamental que recibe su familia por la desaparición de su hijo son 2,555 pesos mensuales destinados a hijas e hijos menores de edad de personas desaparecidas, que comenzaron a entregarles apenas en julio. El apoyo se tramita en la CBP y el dinero es administrado por su nuera Karen, madre de la hija de 11 años de Francisco. Entre los gastos cotidianos de Inés están el transporte, los medicamentos y contribuir a la manutención de su nieta.

Claudia Sanromán Aguilar, de 59 años, busca a su hija Reyna Karina Sanromán Aguilar desde el 8 de diciembre de 2012. Karina, que tenía 28 años cuando desapareció en Tlalnepantla, en el Estado de México, es madre de dos niñas que actualmente tienen 14 y 12 años, nacidas de su relación con su esposo, Ángel Alejandro Barrera Romero. En estos años, Alejandro ha dado distintas versiones, afirma Claudia, sobre lo ocurrido con su hija, desde que fue a dejarla a una terminal de autobuses hasta que ella decidió irse de la casa. Han pasado catorce años sin avances en la investigación. Claudia se dedica junto a su esposo Jesús a la reventa de productos como ropa y juguetes.

El tiempo que Claudia ha pasado buscando a Karina en canales de agua del estado de Morelos ha afectado su salud. Claudia explica que busca “en todos lados” —ha recorrido distintos estados de la república— con tal de encontrar a Karina. Durante esas jornadas estuvo expuesta al sol, y a la contaminación de gases y aguas negras, sin contar con un equipo de protección. Para atender sus padecimientos oculares necesita varios medicamentos; el tratamiento incluye Netex Sifi, pero su costo le impide comprarlo de manera constante.

Claudia fue operada recientemente del ojo derecho tras ser diagnosticada con cataratas, pterigión (carnosidades), glaucoma y OCP (opacificación capsular posterior). Aunque estas enfermedades no se atribuyen directamente a las búsquedas en campo, la exposición prolongada a la radiación ultravioleta, el viento, los gases y el polvo, son factores asociados a su padecimiento. Actualmente, Claudia espera una intervención en el ojo izquierdo. A casi dos meses de la primera operación, debe utilizar lentes oscuros incluso dentro de su casa porque la luz y los reflejos le provocan molestias. El deterioro de su visión le ha dificultado continuar con la misma frecuencia la búsqueda de Karina. “Mi salud se está deteriorando y la vida se me está acabando, y yo no encuentro respuesta de mi hija”, dice. Aun así, convaleciente y determinada, participó en una búsqueda en Jalisco dos semanas después de ser operada.

La operación de su ojo derecho fue un gasto que Claudia tuvo que asumir, pues desconocía que podía solicitar apoyo económico a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV). Fueron amigos quienes le informaron sobre este recurso. Para la segunda intervención, Claudia solicitó apoyo a la CEAV a inicios de septiembre y espera la respuesta de la institución. A los gastos de atención médica se suman los costos de los traslados que debe cubrir para participar en búsquedas en distintos estados.

Claudia tiene un álbum con imágenes de Karina, y registros de las búsquedas y de los momentos que ha vivido, como un homenaje a su hija. En la foto se ve a Karina de niña junto a un altar que le preparó su madre tras su desaparición. En estos años se fracturó la relación de Claudia con sus nietas. Durante cerca de una década no pudo verlas, dice, porque el esposo de su hija se lo impidió. Únicamente le dejó reunirse con ellas en contadas ocasiones; en la actualidad, las adolescentes no mantienen contacto con su abuela.

Desde que Francisco desapareció, su hija le pregunta a su abuela por su padre y le agradece que no deje de buscarlo. Inés espera desde hace dos meses el resultado de una confronta de ADN de un resto óseo localizado en Morelos, cuyas características, de acuerdo con la información que recibió, son compatibles con el pie izquierdo de Francisco, que tiene clavos y placas. La respuesta le permitirá confirmar o descartar si se trata de su hijo.

Claudia ha enfrentado diversos obstáculos para avanzar en el caso de Karina, como cuando descubrió que la Fiscalía Regional de Justicia de Tlalnepantla había perdido la carpeta de investigación. “No me voy a meter entre las cucarachas y ratas, donde están todos los archivos muertos, a buscarla”, le dijo a Claudia la ministerio público encargada del caso. Tras una demanda, la carpeta fue recuperada hace cuatro años, pero únicamente tenía fichas de búsqueda de Karina y copias del INE de Claudia. Los testimonios de Alejandro habían desaparecido. Para Claudia, bordar se ha convertido en una actividad que le ayuda a concentrarse y despejarse. El bordado de la foto lo hizo el día del cumpleaños de Karina.
**Foto de portada: Inés Lázaro durante una jornada de búsqueda en el Ajusco el pasado 2 de junio.
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