Compartencia

¡Se buscan niñas y niños!

Por Mónica Ocampo* 

Durante muchos años se ha pensado -o nos han hecho creer- que la calle es el lugar más inseguro para una niña o un niño, pero el caso de Fátima, quien cinco días después de ser reportada como desaparecida, fue encontrada muerta, demuestra cómo cada vez es más común que los espacios íntimos de las personas menores de edad sean violentados por personas cercanas.

No es un descubrimiento decir que en la familia las expresiones de violencia externa siempre se han reproducido a nivel micro, pero coincido con la antropóloga estadounidense, Nancy Scheper-Hugues, cuando dice que la normalización de la violencia en el ámbito de la comunidad, es tan común que se ha invisibilizado.

En el tema de la desaparición infantil no es válido generalizar. Cada caso siempre se da en condiciones distintas, como ocurrió con Evelyn Fabiola Alcántara Legorreta, quien fue robada el 29 de mayo de 2014 mientras iba en bicicleta de su casa a la tortillería en el municipio de Tezoyuca, Estado de México.

Pero la imagen de la cámara que muestra a Fátima saliendo de la escuela Enrique Rébsamen tomada de la mano de una mujer, que no era su madre, pero que ahora sabemos que sí conocía, me hizo recordar la forma en que desaparecieron María José Monroy Enciso y Daniela Xóchitl Elizarrarás Rojas.

Foto: Redes sociales de la familia de Daniela Xóchitl.

¿Cómo desaparece una niña en el Edomex?

“Marijo”, como sus padres Maribel e Iván le dicen, fue robada en septiembre de 2010, en Tecámac, Estado de México, a los once meses de edad, por un hombre que entró a la óptica de su madre haciéndose pasar por un cliente que quería un examen de la vista. Al abrir la puerta con su hija en brazos, la empujó y le pidió que pusiera a la niña en la cuna, ahí fue cuando la sujetó por la espalda y sacó un cuchillo.

Maribel sintió que algo tibio escurría por su cuello, era sangre. Mientras se desvaneció, lo vio marcharse con su hija en brazos. Pasó dos semanas en el área de urgencias del hospital Las Américas, en Ecatepec de Morelos. Los médicos pronosticaron que viviría, pero sin voz. Despertó para rendir su declaración ante el Ministerio Público. Días después ubicaron a un hombre con las características físicas que dio. Actualmente, el culpable está en la cárcel, pero se niega a decir dónde está “Marijo”. 

Daniela Xóchitl desapareció ocho meses, doce días, después de su cumpleaños. Tenía seis años. Es la segunda de cuatro hermanas. La última vez que sus padres, Claudia y Noé, la vieron fue la mañana del 31 de mayo de 2006, cuando la dejaron en la escuela, Adolfo López Mateos, en el fraccionamiento Arcos de Tultepec, Estado de México.

Llevaba dos coletas sujetas con listón en cada lado, una mochila y el uniforme de siempre: falda azul marino, suéter rojo y sus botas negras, sus favoritas. Se despidió con una inocencia resquebrajada. Recuerdan que, antes de entrar, hizo una señal de despedida con la mano derecha, sus pequeños e indefensos dedos apenas si se alcanzaron a ver entre la multitud de niños.

Una imagen que no es la misma para sus hermanas. La mayor recuerda cuando Alicia Martínez, la trabajadora del hogar, las recogió del colegio para llevarlas a casa. Hicieron lo mismo de siempre: quitarse el uniforme, comer, hacer la tarea y salir a jugar al patio, pero cuando ella decidió entrar a casa al baño, Daniela se quedó llorando sobre una montaña de grada a unos cuantos metros de su casa. Esa fue la última vez que vio a su hermana. 

“¡No está! ¡Daniela no está!” es la frase que Alicia le repitió a Claudia por teléfono. Salió junto con Noé de la oficina que, años atrás montaron en el World Trade Center, al sur de la Ciudad de México. A unos 43 kilómetros de distancia de Tultepec. Cuando llegaron, dos horas después, los vecinos ya habían pegado en toda la colonia hojas de papel con la fotografía, los datos y rasgos físicos Daniela: tez morena clara, ojos cafés y grandes, cabello negro.

¿Qué fue lo que pasó? ¿En qué momento? ¿Con quién estaba? ¿Había más gente? le gritó Claudia a Alicia, quien junto con su hijo Víctor Manuel Guzmán, de acuerdo a una de las líneas de investigación, es la principal responsable de la desaparición de Daniela. Quizá fue llevada a Catemaco, Veracruz, de donde ella es, o tal vez a Raleigh, Carolina del Norte, Estados Unidos, con una de sus hijas. La realidad es que a catorce años, la familia Elizarrarás Rojas tiene más dudas que certezas sobre el paradero de Daniela.

Como se puede identificar en ambos casos, las desapariciones ocurrieron en espacios tan íntimos que los testigos fueron familiares del primer núcleo. Aunque el victimario de “Marijó” era un extraño,  se infiltró haciéndose pasar por un paciente, mientras que Daniela, a pesar de vivir en un fraccionamiento con vigilancia, vivió la inseguridad a unos pasos de su casa, dejando a la nana como principal sospechosa.

Del robachicos a la desaparición infantil 

Tras la desaparición y asesinato de Fátima, la historiadora Susana Sosenski, escribió en su cuenta de Twitter que “la violencia hacia la infancia no comenzó hace pocos años. En México, niñas y niños perdieron la posibilidad de usar los espacios públicos de manera segura, libre y autónoma desde hace muchas décadas”, una conclusión de 140 caracteres que resume un largo trabajo de investigación sobre cómo los casos de desaparición infantil inspiraron a la nota roja y a la literatura de ficción a construir una categoría revictimizante: el robachicos.

En la investigación titulada: Infancia y violencia: los robachicos en las historietas para adultos en México (1945-1950) a través de los primeros casos de desaparición infantil de esa época, Sosenski analiza cómo la figura del “secuestrador de niños” o “el robachicos” acapararon las historietas para adultos, donde las personas menores de edad eran protagonistas de historias altamente violentas.

Pero ahora, la desaparición infantil es una forma de violencia, donde al igual que las mujeres, los cuerpos de las niñas y niños son “vulnerables a maltratos físicos, psicológicos o sexuales” como lo indica la antropóloga ecuatoriana María Fernanda Moscoso.

Fátima tuvo que ser desaparecida por una conocida para después ser agredida sexualmente y asesinada por su victimario. Lamentablemente no es el único caso en el que la desaparición es la punta del iceberg de una serie de crímenes que buscan satisfacer el interés adulto: desde la sustracción de un hijo para ejercer chantaje emocional hacia la ex pareja, un secuestro donde se busca extorsionar a la familia o cualquier modalidad de la trata de personas donde las y los niños pueden ser utilizados para prostituir, vender, reclutar, esclavizar, traficar o dar en adopción. Pequeños cuerpos comercializables y considerados como objetos.


*Este texto retoma una parte de la investigación titulada: Hasta volverte a ver: Aproximaciones etnográficas sobre la desaparición infantil en el Estado de México, realizada por la autora para obtener el grado de Maestra en Antropología Social, en la Universidad Iberoamericana CDMX, con apoyo de CONACYT.

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