A donde van los desaparecidos

“El árbol de los deseos”: El cuento como práctica reflexiva en torno al trabajo con infancias que habitan la crisis de Derechos Humanos

Brenda Alexa López Triana y Karla Eulise Rosas Jácome
abril 30, 2026
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En un barrio, un árbol que escucha deseos se convierte en un refugio para niñas y niños que no son escuchados por los adultos. A partir de este relato y de experiencias de campo, reflexionamos sobre la necesidad de reconocer las voces de las infancias y la escucha como una práctica fundamental ante la violencia.

Brenda Alexa López Triana y Karla Eulise Rosas Jácome*

Esta columna surge de experiencias de campo compartidas con infancias en contextos de violencia a finales de 2024 e inicios de 2025. A través del cuento que presentamos en la segunda parte de la columna, buscamos reconocer que las infancias son actores activos dentro del entorno que habitan y que sus voces, vivencias y formas de comprender el mundo merecen ser escuchadas.

La escalada de violencia en la que hemos vivido desde 2006 y hasta la fecha, también es la realidad para muchas de las infancias [1] y adolescencias de México y América Latina. La cotidianidad de las infancias se ha desarrollado en medio de operativos, retenes, balaceras, asaltos, narcotráfico, reclutamiento forzado, desaparición de personas y la búsqueda en vida o de restos humanos de familiares desaparecidos. En este contexto moldean su entendimiento del presente y el futuro y generan sus propias perspectivas y expectativas sobre su lugar en la sociedad.

Sin embargo, los acercamientos hacia niñeces y adolescencias en entornos violentos no acostumbran entender estas perspectivas de las infancias desde sus propias lógicas. Regularmente, estos acercamientos se encuentran atravesados por los intereses de personas adultas, que en contextos de violencia se traduciría en considerar como territorio prohibido el hablar de hechos violentos a niñas, niños y adolescentes.

Lo anterior deriva en incomodidad o miedo de hablar de la violencia con niñas y niños, o prácticas como limitar o prohibir su participación en labores de búsqueda sin ofrecer una explicación, o evitar dar respuesta a las inquietudes que les surgen en torno a la desaparición de un familiar o después de un acontecimiento violento. En suma, se coloca el discurso del adulto en el centro sin reconocer a las infancias y adolescencias como sujetos con agencia.

Frente a esto, es que reivindicamos que la relación infancias-adultos debe iniciar, ante  todo, con la escucha, en especial en contextos de violencia y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Mediante la escucha es que podemos acercarnos a la subjetividad de las infancias, a las narrativas que construyen a partir de cómo experimentan la violencia en su cotidianidad, sus miedos, incertidumbres y los deseos que nacen en medio de un entorno conflictivo.

Asumir que, como adultos, no tenemos derecho a ignorar lo que las infancias quieren decir [2], nos permite entender lo necesario que es construir espacios de reflexión entre adultos para cuestionar las relaciones de poder que se presentan en el trabajo con niñeces. También la pertinencia de ejercitar la escucha activa y preguntarnos sobre las capacidades con las que contamos para manejar las experiencias e inquietudes de las infancias desde una lógica de validación, respeto y horizontalidad.

Con esta reflexión constante podemos, además, favorecer espacios donde niñas, niños y adolescentes expresen libremente sus inquietudes, compartan experiencias y generen propuestas a partir de la escucha entre ellas y ellos.

***

Dicen que en el barrio hay un árbol que cumple deseos. Es un olivo grande, imponente y de tronco fuerte. Sus ramas son alargadas y se mecen con el viento. No recuerdo cómo empezó, pero todos sabemos cómo funciona: basta con acercarse, pensar muy fuerte en algo y pedirle al árbol que lo cumpla.

Yo no estaba muy segura de que todo eso de la magia y los deseos fuera cierto. Hasta que un día le pedí tener un amigo y esa misma tarde cuando regresaba de la escuela, lo vi. Manchitas estaba mirándome al final de la calle: un perrito blanco pequeño, peludo y con dos manchas color café en cada uno de sus ojos, casi como un antifaz. Manchitas me siguió y caminó conmigo hasta que llegamos a mi casa. 

Y esa tarde nos convertimos en mejores amigos. 

Desde entonces no volví a dudar de la magia del árbol.

Por eso, todas las tardes mis amigos y yo regresábamos, sabíamos que el árbol de verdad nos escuchaba, y eso era algo difícil de conseguir.

Porque cuando le cuento a los grandes cómo me siento, casi siempre me ignoran o me dicen que estoy exagerando. Cuando pregunto algo, a menudo me dicen que son cosas de adultos y que no me meta en esos temas.  Eso también le pasa a todos mis amigos y amigas. A veces, aunque intentemos explicar lo que sentimos, nos interrumpen, nos corrigen o no nos creen.

En cambio, el árbol siempre estaba ahí, en silencio, pero atento; él no nos regaña ni nos apura, no dice que nuestros deseos son imposibles ni que estamos equivocados. Nos deja hablar hasta el final, como si cada palabra fuera importante. Y aunque nunca responde con su voz, de alguna forma sabemos que nos entiende, porque cuando nos vamos, el corazón se siente más ligero.

Pero un día, algo empezó a cambiar. Al principio fue algo casi imperceptible. El viento ya no jugaba entre sus hojas como antes. Las hojas, que antes brillaban como si guardaran la luz del sol, empezaron a perder su color. Algunas se volvieron opacas, otras se arrugaron, y otras más cayeron.

Fue entonces cuando lo sentimos.

El aire empezó a oler raro, como a podrido, la noche dejó de ser silenciosa, y las calles se pintaron de verde, un verde militar. Poco a poco mis amigos y yo dejamos de salir a jugar. Nuestras mamás y papás nos advertían de lo que nos podía pasar, pero no nos daban más explicación, nosotros solamente escuchábamos:

—Es peligroso salir

—Te puede pasar algo

Yo empecé a tener miedo de lo que me podía pasar cuando lastimaron a mi amigo Álvaro, él solo quería probar su bici nueva en la calle. Ese día se escucharon varios disparos, me dijeron que fue cerca de su casa. Lo único que supe después fue que él estaba en el hospital y desde ese día sólo está permitido jugar dentro de casa.

Ellos creen que no lo notamos, pero nosotros sentimos la oscuridad que está invadiendo nuestro barrio. Cada día se vuelve más grande. La sombra es tan grande que ha llegado al árbol. Ahora a su tierra no le da el sol, y la lluvia que cae ya no lo nutre, sus raíces se esfuerzan por sostenerlo pero es cada vez más difícil.

Mis amigos y yo visitamos el árbol más que nunca, pero nuestros deseos ya no son los que pedíamos antes. Ahora le pedimos deseos opacos, grises. Les falta color, como a las hojas del árbol, que también se han vuelto cafés aunque estemos en primavera.

Un día, mi amigo Daniel llegó a la escuela muy triste. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijo en voz baja:

—Mi casa se siente como un laberinto frío y oscuro, con gritos y peligro en cada esquina, ya no hacemos cosas en familia y mi papá se enoja mucho.

Él le contó lo mismo al árbol y le pidió un deseo. 

Otro día, Lucía me contó por mensaje

—Extraño mucho a Luis, ¿te acuerdas de él?

—Es tu primo mayor, ¿no?

—¡Sí! ¡ese! Siempre jugábamos videojuegos los fines de semana, pero de repente me prohibieron verlo, dijeron que era una mala influencia y que necesitaba estar un tiempo lejos. No entiendo qué pasa, ¿por qué se tiene que ir? El otro día escuché a mi mamá diciendo que se había metido en cosas que le estaban haciendo daño. 

Hay otras historias, todas ellas de distintos colores, pero algo las une: los colores son fríos, apagados, como las hojas del árbol.

El deseo que le pido al árbol cada que vengo es más bien negro o morado, porque lo único que anhelo es que mi papá aparezca. Cuando le digo al árbol mi deseo, cierro los ojos y creo que se vuelve azul, y luego blanco, porque una vez que lo digo en voz alta me siento en calma.

—Gracias por escucharme.

—¿Estás bien?

Escuché una voz y abrí los ojos

Frente a mí estaba un niño con las cejas arqueadas y mirándome fijamente. Siempre vengo aquí a hablar con el árbol pero no lo había visto antes.

—….

—¿También vienes a pedir un deseo? Si me cuentas el tuyo, yo te cuento el mío.

Le conté mi deseo y él me contó el suyo. Juntos nos recargamos en el tronco del árbol, y por un momento, después de escucharnos todo se volvió a sentir colorido y el aire tuvo un aroma dulce, como a pancito recién hecho.

—Me gustaría que todos los días fueran así de coloridos.

Y así, escuchando los deseos, el árbol vivió un día más.

Para D.

Referencias

[1] En este texto usamos de manera indistinta los términos infancias y niñeces. Sin embargo, reconocemos la crítica que se le hace al concepto infancias por la raíz latina infans, que designa a las niñas y niños como incapaces de hablar o de razonar.

[2] “no tenemos derecho a no escuchar”, cita de Wikinski, Mariana (2016). El trabajo del testigo: Testimonio y experiencia traumática. Adrogué: Ediciones La Cebra.

***

*Brenda Alexa López Triana es egresada de la Licenciatura en Antropología por la UNAM y estudiante asociada al GIASF.

**Karla Eulise Rosas Jácome es co-coordinadora del área de redes del GIASF, colaboradora del Colectivo Buscadoras Guanajuato, y egresada en proceso de titulación de la Licenciatura en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Imagen de portada: Eulise Rosas

El Grupo de Investigaciones en Antropología Social y Forense (GIASF) es un equipo interdisciplinario comprometido con la producción de conocimiento social y políticamente relevante en torno a la desaparición forzada de personas en México. En esta columna Con-ciencia, participan miembros del Comité Investigador, estudiantes asociados a los proyectos del Grupo y personas columnistas invitadas . Las responsables de la misma son Erika Liliana López y Sandra Gerardo (Ver más: http://www.giasf.org).

La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición de adondevanlosdesaparecidos.org o de las personas que integran el GIASF.

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