A donde van los desaparecidos

El testimonio de Socorro Gil Guzmán: una breve anatomía de la desaparición forzada 

John Gibler
julio 16, 2026
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Jhonatan Romero Gil fue desaparecido en 2018, cuando se dirigía a jugar fútbol en Acapulco, después de ser detenido por policías municipales. La historia de la lucha de su madre por encontrarlo muestra patrones que se repiten una y otra vez: cómo las familias asumen la búsqueda a la vez que enfrentan el desprecio de las autoridades y la impunidad 

Por John Gibler para A dónde van los desaparecidos

  1. Se lo llevaron policías municipales

El miércoles 5 de diciembre de 2018, alrededor de las siete de la noche, Jhonatan Romero Gil salió de su casa en Acapulco, Guerrero, camino a una cancha de fútbol, cercana a la playa Tlacopanocha. Tenía un partido a las nueve. Casi al llegar, pasó frente a la cámara de vigilancia de un club de yates. Se le ve trotando ligeramente sobre la Avenida Costera Miguel Alemán con su amigo Carlos Ignacio Rojas Montes de Oca. Le gustaba trotar el último tramo del camino a la cancha para ir calentando antes del partido. Treinta y ocho segundos después de que pasan frente a la cámara se observa a una patrulla de la policía municipal circular rápido en su dirección. 

***

Jhonatan amaba el fútbol. 

Cuando su madre, Socorro Gil Guzmán, se embarazó a los 18 años, decía que seguramente su bebé sería futbolista: no dejaba de patear. Ya de niño, Jhonatan jugaba fútbol a todas horas. Y Socorro jugaba con él, más como otro niño que como su madre. 

Socorro tiene 52 años y es la quinta en una familia de doce hijos. Su infancia en una comunidad campesina de la Costa Chica fue de trabajo. “Siempre estaba cuidando niños. Yo siento que no tuve una infancia de juegos, de muñecas. Yo no conocí las muñecas”, me dijo Socorro. “Yo jugaba con mi hijo a la pelota como si fuera yo un niño de su edad, porque él era el único niño hombre y a sus hermanas no les gusta el fútbol. Vivíamos en una calle cerrada, ahí en Acapulco, en Caleta, y él no tenía con quién jugar a la pelota, y se salía y pateaba el balón contra las paredes, nada más. Y yo me salía a jugar con él”. 

Ponían unas piedras para marcar la portería y jugaban en la calle. “Y luego lo dejaba que me metiera goles y él se emocionaba porque terminaba diciendo que me ganaba, pero yo luego sentía que lo dejaba ganar”.

De hecho, el único gran conflicto que Socorro —una maestra que, después de dar clases un par de años, dejó la docencia para ser costurera, trabajar desde casa y dedicarse a sus tres hijos— tuvo con Jhonatan durante su infancia fue cuando le prohibió jugar fútbol. 

A los once años, Jhonatan sufrió un accidente automovilístico cerca de Iguala. Se fracturó el cráneo, encima del ojo izquierdo. La operación le salvó la vida, pero quedó con un hueco más o menos del tamaño de una moneda de diez pesos debido a que perdió un fragmento del cráneo. El doctor le dijo a su madre que un pelotazo en la cabeza podía matarlo. 

Durante su recuperación, Socorro juntó y escondió todas las pelotas que había en la casa. Un día, tiempo después, salió al súper. Jhonatan aprovechó para mandar a sus dos hermanas menores a traerle periódicos y cinta diurex. “Y cuando yo llegué, la cama estaba nadando en tantos balones que había hecho. Él ni se veía de tantas pelotas de periódico que se puso a hacer con sus hermanas”. 

Jhonatan, ferviente seguidor del Cruz Azul, listo para jugar fútbol. (Cortesía)

Cuando Jhonatan empezó la secundaria, la única queja que recibió Socorro de sus maestros era que no obedecía la prohibición de jugar fútbol. Siempre lo veían con un balón en el recreo. Su madre lo reprendió y, después de un tiempo, decidió obedecerla, pero le dejó de hablar. Se encerraba en su cuarto, se metía en la cama y ya no salía. Ella le preguntaba por qué estaba molesto, y él ni le respondía. Hasta que un día, Socorro se encerró con él en su habitación, se sentó a su lado y le preguntó qué le pasaba. 

“Así me quieres ver, ¿no? Encerrado, sin hacer nada. Pues así voy a estar”, le contestó. “No voy a salir de mi cuarto, no quiero ver a nadie, déjame estar solo porque tú no me dejas jugar fútbol”. 

Socorro intentó explicarle el peligro que corría, el miedo que tenía de que le pasara algo. “Entiéndeme”, le dijo. “Si te pasa algo, yo me voy a morir. No voy a poder vivir sin ti. El doctor te dijo que, si un balonazo te da en la cabeza, la pelota te puede matar. Y yo no me imagino mi vida sin ti”. 

Jhonatan juraba que se iba a cuidar, pero que no podía vivir sin jugar fútbol. “Te prometo que nunca me va a pasar nada mientras juegue”, le dijo. Y ella cedió. Los dos lloraron ese día. Jhonatan recuperó el fútbol y cumplió su promesa. 

Esa noche de diciembre de 2018, iba de camino a la cancha cuando los policías lo detuvieron, junto con su amigo Carlos y, según un testigo, una persona más. Jhonatan se había titulado en derecho por la Universidad Autónoma de Guerrero unos meses antes y trabajaba en el despacho familiar del esposo de Socorro —a su padre biológico nunca lo conoció—. Faltaban poco más de dos semanas para su cumpleaños 26. 

***

Cuando una amiga llamó para decirle que acababa de ver a Jhonatan y a dos jóvenes más en la avenida costera, detenidos por unos policías municipales, Socorro le marcó de inmediato. Jhonatan contestó y dijo que no sabía por qué los habían retenido, que lo iba a averiguar y le volvería a marcar. “Y yo le dije: no cuelgues, pero estoy segura de que alguien, que no fue él, colgó la llamada”, dijo Socorro. “Y yo le volví a marcar y ya no me contestó. Le marqué muchas veces, pero no me contestó”. 

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Dos días antes de su desaparición, el lunes 3 de diciembre, Jhonatan le comentó a su madre que su amigo Carlos tenía una bronca en el trabajo y necesitaba ayuda. Justo el día previo, el domingo, cuando estaban en la cancha de fútbol, Carlos le había contado que, en el bar donde trabajaba, La Mandona, lo obligaban a vender drogas. Pensaba renunciar, pero quería que le pagaran un finiquito por sus años laborados. Su jefe le había dicho que, como no estaba en la nómina, no tenía derecho a recibirlo. En la cancha, Carlos le pidió ayuda a su amigo del fútbol recién titulado como abogado: ¿sería posible demandarlo?  Al día siguiente, Jhonatan le contó todo eso a su madre. 

Socorro me dijo que logró hablar con otro amigo que jugó con ellos el domingo 2 de diciembre y escuchó la conversación. Aseguró que otro hombre que también trabajaba en el bar había oído a Carlos quejarse de que le obligaban a vender drogas y pedirle ayuda a Jhonatan. 

Tres días después, los dos jóvenes fueron detenidos por policías municipales a pocos pasos de la cancha de fútbol.  

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Cuando Jhonatan colgó, Socorro y una de sus hijas salieron de inmediato hacia el lugar donde su amiga dijo que la policía había detenido a los jóvenes. Al llegar, no había nadie. Pensaron que quizá la policía, finalmente, los había soltado, por lo que se dirigieron a la cancha. El partido había iniciado. Socorro no vio a Jhonatan ni a Carlos jugando, ni tampoco en los alrededores. Mientras, seguía marcando al celular de su hijo, que sonaba y sonaba antes de ir al buzón. 

Caminaron a un módulo de la policía que estaba cerca de la cancha. Socorro le preguntó al agente: ¿qué hace una patrulla cuando detiene a alguien? Le dijo que a los detenidos los llevaban a los separos de la Secretaría de Seguridad Pública municipal. 

A las nueve de la noche, cuando Socorro y su hija llegaron a los separos, el policía de la entrada no las dejó pasar. Ella le contó que habían detenido a su hijo y quería saber si estaba ahí. El agente le dijo que las patrullas llevaban a los detenidos durante todo su recorrido, que terminaba a medianoche. Después de comunicarse con varias unidades, el mismo policía le dijo que nadie sabía nada de Jhonatan, pero podía esperar para ver si lo traían detenido. 

Así, el policía hizo que Socorro perdiera tres horas cruciales para la búsqueda. Hacia las diez de la noche, el celular de Jhonatan ya no sonaba: mandaba directo al buzón. Ella y su hija esperaron hasta la medianoche. Cuando llegaba una patrulla, se asomaban, pero en ninguna estaba Jhonatan. Tampoco las dejaron pasar para comprobar si estaba detenido en los separos. 

Acto realizado en 2023 para conmemorar el quinto aniversario de la desaparición forzada de Jhonatan y el asesinato de Carlos. (Andrew López Cromática/ObturadorMX)

Socorro llamó a la madre de Carlos. Cuando le contó que la policía municipal se había llevado a sus hijos hacía ya varias horas y no podía dar con ellos, dijo que quería ir también a buscarlos. Llegó a los separos y desde ahí se fueron juntas a recorrer otros módulos de la policía. A las tres de la madrugada, sin obtener resultados, se fueron a sus casas. 

Al llegar a su hogar, Socorro escribió al WhatsApp de Jhonatan: “Supe que te detuvo la policía. No tengas miedo, yo te voy a seguir buscando. Sé que te voy a encontrar. Confía en Dios. Y puedes estar seguro de que yo no te voy a dejar de buscar. Sabes que te amo muchísimo y que nunca te voy a dejar de buscar. Yo te voy a encontrar”. A eso de las seis de la mañana, cuando vio su celular, alguien había leído los mensajes: “Las rayitas se pusieron en azul”.

Socorro escribió de inmediato: “¿Quiénes son ustedes?”.

“Yo estaba segura de que mi hijo no había sido el que vio los mensajes”, me dijo. “Porque de haber sido mi hijo, me hubiera respondido”. 

Siguió escribiendo: “Sé que mi hijo no vio los mensajes. Los vieron ustedes. No sé quiénes son. Sé que son policías. Díganme qué quieren. Díganme cuánto dinero quieren. Porque se llevaron a mi hijo. Yo no tengo dinero suficiente. Pero díganme cuánto dinero quieren. Yo lo voy a conseguir. Pero regrésenme a mi hijo, no le hagan daño. No le hagan nada a mi hijo. Regrésenme a mi hijo y ya”.

Pero esas rayitas no se pusieron en azul. 

Jhonatan nunca había faltado a casa. Socorro siempre le dejaba una luz prendida cuando salía a jugar fútbol de noche, y cuando se levantaba al día siguiente estaba apagada. Ese jueves 6 de diciembre, después de haber dormido acaso una hora, vio que alguien había leído los mensajes que mandó a su hijo y que la luz seguía encendida. 

“En el momento en que yo me asomo desde mi cuarto y veo la luz prendida, todavía estaba oscuro. En ese momento, yo sentí que se me revolvió el estómago. Primero revisé el teléfono y de ahí me subí a su habitación y me encerré. Y empecé a gritar”.

Socorro abrazó la camisa que Jhonatan había usado el día anterior en el trabajo. “Estaba segura de que algo malo le había pasado a mi hijo, y empecé a llorar y a gritar como loca”.

Su esposo y sus hijas llegaron corriendo al cuarto de Jhonatan. La puerta estaba con seguro; golpeaban y pedían que la abriera, que si no, iban a tumbarla. Socorro les abrió. “Y mi esposo me dijo que ese llanto lo convirtiera en… en… en coraje. Que yo lo fuera a buscar. Que fuera a levantar la denuncia. Y nos fuimos con mis hijas al Ministerio Público a levantar la denuncia. Y desde el principio él me dijo que tenía que levantar la denuncia por desaparición forzada porque se lo habían llevado los policías”. 

En el Ministerio Público, me dijo Socorro, no le querían tomar la denuncia. “El licenciado que estaba en turno decía que tal vez se había ido con la novia, que andaba de parranda, que cómo iba yo a pensar que los policías se lo habían llevado. Que, si hubiera sido así, lo habrían detenido, y que seguro era una patrulla clonada”. 

Socorro insistía ante el desinterés, las especulaciones y las negativas del licenciado. “A mí no me importa que ustedes me digan que la patrulla era clonada”, le contestó. “Si es clonada, la culpa es de ustedes, porque permiten que anden por ahí clonando las patrullas y anden usando uniformes de los policías, porque se lo llevaron personas que iban con uniforme de policía”.

Entonces el licenciado cambió de táctica: “Y me decía: es que a lo mejor su hijo andaba con la mujer de un narco y por eso se lo llevaron. Y empezó a etiquetarle muchísimas cosas. Y me decía: es que segurito que anda por ahí borracho”.

Socorro repetía: a su hijo se lo llevaron policías cuando iba a su partido de fútbol. 

Finalmente, el licenciado le empezó a tomar la declaración. Le pedía fotografías de Jhonatan, el acta de nacimiento, un sinfín de documentos. Empezaron a levantar la denuncia a las diez de la mañana. Salieron de la fiscalía a las once de la noche. 

***

Al terminar, su hija le dijo a Socorro que tenían que ir al Semefo (Servicio Médico Forense). Habían llegado dos cuerpos a la morgue: uno era el de Carlos Ignacio Rojas Montes de Oca, asesinado a golpes. Solo dejaron pasar a Socorro. 

“Cuando yo entro al Semefo, recuerdo que sentí que se me nubló la vista. Sentí que caí como en un pozo oscuro, profundo. Tuve una sensación muy fea porque de pronto pensé que, si había dos cuerpos en el Semefo, yo estaba segura de que mi hijo estaba ahí. Pensé que mi hijo estaba ahí”.

En el Semefo supo que uno de los cuerpos, el de Carlos, ya había sido identificado, y que el otro no coincidía con su hijo. Era un hombre de mayor edad, con tatuajes. No la dejaron verlo. Salió nuevamente y encontró a la madre de Carlos quebrada en llanto. No se acuerda qué le dijo. 

“Todo el día me sentí mareada. Y… y no sé… De pronto sentí como alegría de no haber encontrado a mi hijo ahí. Pensé que lo iba a encontrar vivo, que iba a estar en algún otro lugar, que alguien me iba a llamar para pedirme un rescate”. 

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“Nos fuimos a la casa”, me dijo Socorro, “y días después recibimos una llamada y nos hicieron una extorsión. Nos decían que mi hijo estaba vivo, que ellos lo tenían y querían dinero, que por los días que había estado con ellos generando gasto y todo eso. Les dimos el dinero y nos quedamos esperando porque nunca, nunca llegó mi hijo”.

Esa vez depositaron 6,000 pesos en una cuenta bancaria. 

“Después nos contactó un hombre que se hizo pasar por policía. Nos enseñó su placa y dijo que él sabía dónde estaba mi hijo. Y nos pidió muchísimo dinero, la verdad”. 

Fue a los ocho días de la desaparición de Jhonatan. Les pidió 50,000 pesos. 

“La condición era que tenía que llevar el dinero mi hija. Y así lo hicimos. Conseguimos el dinero y mi hija se los llevó precisamente a la colonia La Mira, donde nos habían dicho que estaba mi hijo. Ella está segura de que era una casa de seguridad a donde fue a dejarlo. Dice que había muchos hombres armados. Algunos traían uniforme de policías. Y les dejó el dinero. Y ahí la tuvieron, como unas tres horas, yo creo, porque le iban a traer a su hermano. Y yo en casa esperándola y no llegaba y no llegaba. Se fue alrededor de las cinco de la tarde, y eran las nueve de la noche y ella no llegaba, y yo estaba desesperada porque pues no traía ni celular ni cómo hablarle. Y como a las nueve de la noche, ese mismo policía que nos contactó fue a dejarla a la casa y dijo que su jefe había cambiado de opinión, que ahora ya no quería esa cantidad, que quería el doble”. 

Pero Socorro le dijo que no, que ya no podía confiar en él. 

Mural con la imagen del joven abogado en Ayutla, Guerrero. (FB Socorro Guzmán)

La tercera vez, un hombre la contactó y le dijo que sabía dónde estaba su hijo. Que podía ir con otros hombres a rescatarlo. Le mandaba videos porque se suponía que andaban investigando. Le pidió 70,000 pesos. Socorro le dio la mitad en efectivo, en persona. La otra mitad la depositó en una cuenta bancaria. Su hijo nunca llegó.  

Hubo más intentos de extorsión, pero Socorro ya no les creía, no les mandaba dinero. Le llamaban para decirle que tenían a su hijo, y al fondo se escuchaba a alguien gritar de dolor, llorando, pidiendo ayuda. Afirmaban también que pertenecían al Cártel Jalisco Nueva Generación. 

Socorro les pedía una videollamada o una fotografía. A veces le mandaban fotos editadas. O de jóvenes con el cabello largo que se parecían a Jhonatan. Socorro siempre pedía que les descubrieran la frente para ver si tenían un hundimiento encima del ojo izquierdo. Perdió la cuenta de cuántas veces la llamaron para pedirle dinero a cambio de la vida de su hijo.

“Y un día, un fulano me dijo: lo voy a matar si no me das 400,000 pesos. Y le dije: pues lo puedes matar, ahorita tú lo tienes, tú eres su dios para mi hijo, tú decides su vida y lo que tú quieras hacer con él lo puedes hacer. Y si realmente lo tienes y no me quieres mandar una foto, no me quieres hacer una videollamada para que lo vea… Solamente escuchaba cómo le pegaban, así bien feo, y se oía que lloraba, según. Y me dijo: si no me das mañana, a las once, 400,000 pesos, lo voy a colgar en el puente de Puerto Marqués y ahí lo vas a encontrar. Y le decía: pues haz lo que quieras con él, si quieres hazlo cachitos y cómetelo, trágatelo, le decía yo, para que dejaran de molestarme, porque sí me daba mucho coraje”.

Socorro entregó toda la información de esas extorsiones —nombres, números de teléfono, cuentas de banco— a las fiscalías estatal y federal. Nunca investigaron. 

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Socorro levantó la denuncia por la desaparición forzada de su hijo Jhonatan en la Fiscalía Regional de Acapulco el 6 de diciembre de 2018. No pensó en ese momento en lo que su hijo le había dicho dos días antes sobre la demanda que su amigo quería interponer contra el dueño del bar La Mandona. Después de que apareció el cuerpo de Carlos, recordó esa conversación y quiso ampliar su declaración ante el Ministerio Público, pero el fiscal regional, David García Muñoz, no se lo permitió. 

“El fiscal decía que era amigo del dueño del bar, y que cómo podía creer yo que iba a quitarle la vida a Carlos por unos cuantos pesos y desaparecer a mi hijo”.

Socorro le contestó que no parecía un asunto de dinero. Ella creía que el dueño del bar quiso silenciar a Carlos por decirle a Jhonatan, un abogado, que lo obligaban a vender drogas. 

“Y él decía que no era cierto y que era su amigo, y nunca me dejaron ampliar la carpeta para incluir eso. Yo siempre pedí que investigaran al dueño y a la gente que trabajaba en el bar. Deberían seguir las investigaciones por oficio, aunque la familia de Carlos no continuara exigiendo justicia, porque su muerte estaba vinculada a la desaparición de mi hijo. Pero nunca lo hicieron, nunca nadie quiso hacer nada de eso. Después la carpeta la atrajo la FGR [Fiscalía General de la República], y hasta la fecha nunca se ha investigado la muerte de Carlos”. 

Lo mismo ocurrió con el bar La Mandona. El fiscal David García Muñoz —quien permaneció en el cargo desde 2013 hasta 2022— dijo que el dueño era un comandante de la policía municipal. La FGR le aseguró a Socorro que no conocían la identidad del propietario, que era imposible saberlo porque tenía prestanombres. 

Parece inverosímil que la FGR sea incapaz de dar con el dueño de un bar en Acapulco. Socorro dijo que el Ministerio Público mandó un oficio a la Secretaría de Hacienda y al ayuntamiento para averiguarlo, sin resultado. 

El bar cerró después de la desaparición de Jhonatan, luego abrió en otro lugar con el mismo nombre, y después se lo cambiaron. 

“Nunca nadie hizo nada para investigar al dueño del bar”, contó Socorro, “porque el fiscal decía que era su amigo y que era comandante de la policía municipal. Aunque a mí mucha gente me dijo que era comandante de la policía federal. A la fecha, nunca he sabido quién es el dueño del bar, porque la fiscalía nunca hizo su trabajo. O tal vez ellos sí saben. La que no sabe soy yo. Si no han hecho nada es porque están encubriendo a alguien. El licenciado David García Muñoz, que en ese momento era el fiscal regional, se encargó de desaparecer las pruebas, de mandar a amenazarnos para callarnos. Entonces, él sabe perfectamente quién era el dueño del bar y a quién cubrió”. 

***

Por un tiempo, en la carpeta de la investigación por la desaparición forzada de Jhonatan se incluyó una prueba contundente. Habían encontrado un video del momento en que una patrulla de la policía municipal de Acapulco arroja el cuerpo sin vida de Carlos. El fiscal nunca dejó que Socorro lo revisara. Solo pudo ver capturas de pantalla del video, impresas en el expediente. Vio el número de la patrulla y los nombres de varios de los policías que iban a bordo. 

El video y las capturas de pantalla desaparecieron de la carpeta. Pero, antes de contar eso, primero hay que hablar de las amenazas. 

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Con base en el video que muestra cómo los policías arrojan el cuerpo de Carlos, citaron a declarar a nueve agentes. Fue el 30 de enero de 2019. Socorro y su familia acudieron a la cita. También los policías y sus abogados. La ministerio público Victoria Budar Ortiz estaba a cargo de la carpeta de investigación. Todo estaba listo, pero intervino el fiscal David García Muñoz, autoproclamado amigo del supuesto comandante de la policía municipal dueño del bar La Mandona. Budar recibió una llamada. 

“En ese momento, le llama el fiscal y le dice que cancele la diligencia”, dijo Socorro. “Cancelan la diligencia. Entonces, yo le pregunto a la licenciada por qué, y me dijo: no, pues a mí me habló mi jefe y me dijo que cancelara la diligencia. Y ya estábamos ahí en la sala del Ministerio Público. Estaba el secretario de Seguridad Pública y estaban nueve policías. Llevaban abogados de derechos humanos. Y estábamos la familia de Jhonatan. Entonces, se cancela la diligencia y nosotras salimos directo a la fiscalía, y yo hablo con el fiscal y le pregunto por qué lo hizo. Y me dijo: porque tengo un testigo clave que los va a denunciar y yo les voy a mandar una orden de aprehensión. Lo que no quiero es alertarlos. Fueron sus palabras”.

Ese testigo clave nunca apareció, nunca declaró. El fiscal nunca giró ordenes de aprehensión contra los policías. 

Socorro Gil marcha el pasado 10 de mayo, Día de las Madres, en la Ciudad de México. (FB Justicia para Jhonatan G. Romero Gil)

Socorro empezó a manifestarse. Cerraron la Avenida Costera Miguel Alemán. Cerraron las oficinas del C5. Cerraron el ayuntamiento. 

“Y cuando nosotras empezamos a manifestarnos, fue cuando empezaron a amenazarnos”, dijo Socorro, “a decirnos que dejáramos de estar presionando al fiscal. Y a mí me hablaban y me decían: te estás metiendo con los policías y con los policías no se juega. Si sigues así te vamos a matar. Vamos a matar a una de tus hijas”. 

Le hablaban de manera grosera, golpeada, recordó. Pero uno no. “Hubo una persona que incluso hablaba hasta bien atento y me decía que él había conocido a mi hijo, que jugó fútbol con mi hijo en Caleta, en la playa, y que no quería que nos hicieran daño, que porque querían hacernos daño los policías. Y él me aseguró que se iban a llevar a mi hija”, dijo Socorro. 

“Ya mataron a su hijo. No, no permita que les pase nada a sus hijas”, le decía. “Hablaba bien amable y me decía eso: hágales caso, váyase. No permita que les hagan daño a sus hijas. Su hijo ya está muerto. Cuide a sus hijas”. 

Al principio, Socorro ignoró las amenazas. Nunca tuvo miedo, me dijo. Había seguido la sugerencia de su esposo y convirtió su llanto en coraje, en búsqueda. Continuó insistiendo, siguió manifestándose. “Hasta que un día me hablaron y me dijeron que, si yo volvía a bloquear las calles, se llevarían a una de mis hijas”. Todavía, un día 5 de febrero de 2019, volvieron a protestar. 

Un hombre la llamó por teléfono. “Me dijo que mi hija iba llegando a la casa, que si yo volvía a hacer otra cosa o que si ella se presentaba al otro día a trabajar, ya no iba a regresar, que se la iban a llevar, que porque yo no quería entender que tenía que dejar de hacer todo lo que yo estaba haciendo”.

Socorro llevó a sus hijas a la Ciudad de México. Intentó seguir viajando a Acapulco para protestar, pero sus hijas se rebelaron: o te quedas con nosotras, o te seguimos. Durante varios meses se quedaron las tres en la Ciudad de México. Socorro ya tenía una carpeta de investigación abierta en la FGR e intentaba darle seguimiento. 

Cuando, al año de la desaparición de Jhonatan, volvió a Acapulco para consultar la carpeta de investigación en la fiscalía del estado, ya no estaba. Tienes que ir a Chilpancingo, le dijeron. Ella fue, accedió a la carpeta de investigación, y vio que el video de la patrulla y las capturas de pantalla ya no estaban. Habían desaparecido las pruebas. Socorro denunció esa manipulación, pero nadie ha sido investigado por la alteración de evidencias en la carpeta. 

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Socorro continuó moviendo mar y tierra para encontrar a su hijo Jhonatan. Durante años mantuvo su exigencia a las autoridades. Vivía con sus hijas, desplazadas por las amenazas, en la Ciudad de México. Realizaba búsquedas en varios estados. Viajó a Morelos, Sonora, Baja California y Nuevo León. También volvía seguido a Guerrero. 

“Y cada que iba yo a Acapulco, volteaba a ver los cerros y decía: ¿en qué cerro estará mi hijo enterrado?”, me dijo. “Y yo deseaba que el cerro me pudiera decir que mi hijo estaba ahí, en ese lugar. Y cada que iba y me regresaba, sentía que mi corazón se quedaba allá, y cada que me venía, volvía llorando y le decía a mi hijo que me perdonara, porque sentía que cada vez que viajaba a la ciudad, yo lo abandonaba y lo dejaba solo. Y le decía: perdóname, por favor, porque siento que me voy y te dejo solo a tu suerte. Perdóname por no encontrarte, por no saber a dónde más buscarte”.  

En abril de 2022, Socorro y sus hijas decidieron volver a Acapulco y seguir la búsqueda de tiempo completo. Quería visibilizar más el caso de su hijo. Mientras no lo encontrara, decía, por lo menos iba a contar su historia, hacer que otras personas en Acapulco, en México, en el mundo, escucharan su nombre y conocieran su vida. En mayo de ese año, comenzó a instalar una exposición mensual de fotografías de personas desaparecidas en el Zócalo de Acapulco y fundó el colectivo Memoria, Verdad y Justicia Acapulco. Empezaron con 80 fotos; ahora colocan más de 500. Se han expandido a Chilpancingo, donde instalan también una exposición mensual. El colectivo reúne actualmente alrededor de 40 familias y se llama Memoria, Verdad y Justicia Acapulco, Chilpancingo.  

Una de las exposiciones del colectivo realizada en el Zócalo de Acapulco. (Andrew López Cromática/ObturadorMX)

Socorro y sus hijas viajaban a la Ciudad de México para botear en Coyoacán con playeras y carteles con la foto de Jhonatan, y así reunir dinero para pagar sus pasajes e imprimir las fotos de la exposición. Retomaron las búsquedas en vida y en campo por todo Guerrero. Fueron a Ometepec, Ayutla, Cruz Grande, San Marcos, Marquelia, Tecoanapa, Zihuatanejo, Petatlán, Técpan, Taxco, Chilpancingo, Tlapa… “Bueno, hemos recorrido muchísimos municipios”. 

También fueron a buscarlo a la conflictiva colonia La Mira en Acapulco, que diferentes grupos locales del crimen organizado se han estado peleando durante años. La violencia ha llegado al grado de tener que suspender las clases en las escuelas primarias y secundarias. 

***

Días después de la desaparición de Jhonatan, Socorro empezó a recibir llamadas de personas que le decían que a su hijo lo fueron a tirar a la colonia La Mira. El 23 de diciembre de 2018, por petición de Socorro, la fiscalía realizó una búsqueda en La Mira, en un lugar conocido como la Cueva del Diablo. El fiscal no permitió que ella los acompañara. Ese día encontraron once cuerpos.

“Y entre ellos había uno muy reciente,” dijo Socorro, “decían que tenía como un mes y que traía una playera igual a la que llevaba mi hijo puesta ese día [una playera de rayos blancos y celestes de la selección argentina de fútbol]. Y salió en los periódicos, en las noticias, que habían encontrado a mi hijo. Y nunca nos dejaron ver ese cuerpo. Nunca nos dieron información. Solamente dijeron que no era mi hijo porque era una persona mayor de 50 años, y que su cuerpo había sido entregado a una familia en Atoyac, que era un taxista”. 

En las noticias y en las redes sociales dijeron que habían encontrado el cuerpo de Jhonatan en La Mira. Los amigos hablaban a la familia para darle las condolencias. Socorro exigió ver el cuerpo, pero el fiscal no lo permitió. Años después pidió que se exhumara ese cuerpo. Nunca lo hicieron. 

Después del hallazgo de los cuerpos en La Mira, un día en que Socorro llegó a una búsqueda en la colonia Panorámica, Victoria Budar la vio y le preguntó: “¿Usted qué hace aquí?”. “¿Cómo que qué hago aquí?”, le respondió. “Estoy buscando a mi hijo”. “Pero a su hijo lo encontramos en La Mira”, le dijo, sorprendida, la licenciada. Socorro pidió al fiscal García Muñoz que la interrogaran, pero nunca lo hizo. “Entonces siempre pensé que el mismo fiscal no solamente encubrió a los policías, también desapareció el cuerpo de mi hijo”.

Y La Mira seguía presente en las llamadas, como la de un hombre que se identificó como integrante de un grupo criminal. 

“Me dijo que no quería que yo le pasara el número de su teléfono a la fiscalía. Que él había estado esa noche cuando se llevaron a mi hijo. Y que él pues… Que lo mataron esa misma noche. Quería decirme donde estaba para que yo lo fuera a buscar y tal vez podría terminar, pues, mi incertidumbre de no saberlo. Que esa misma noche los policías se los habían llevado [a Jhonatan y a Carlos] hasta una cancha de esa colonia. Me dio la dirección exacta, los nombres de las calles, que había una cancha con techo donde los habían tenido esa noche, y que detrás de esa cancha había un muro de piedra, y que después había varias piedras muy grandes, y que detrás de esas piedras habían enterrado a mi hijo”. 

Socorro solicitó una búsqueda, que se realizó en diciembre de 2022. Ella misma contrataba peones de la colonia para ayudarla a excavar. En el área donde presuntamente enterraron a Jhonatan habían construido una casa y pavimentado la calle durante los cuatro años transcurridos desde su desaparición. 

“Pedí que rompieran esa calle”, me dijo. “Nunca se logró. Pedí el cateo en esa casa. Tampoco lo logramos. Yo escarbé en ese lugar, esa tierra, le puedo decir que centímetro a centímetro, buscando, porque yo quería encontrar a mi hijo. Deseaba encontrarlo y desenterrarlo. No quería que lo tocaran las autoridades. Yo decía: yo quiero, si mi hijo está muerto y está enterrado, yo quiero desenterrarlo. No quiero que nadie lo toque, no quiero que nadie lo vea ahí, en ese lugar”.

“Deseaba tanto, pero tanto, tanto…”, dijo Socorro entre sollozos. “Nunca había deseado algo tanto como deseaba encontrar a mi hijo. Yo decía: si mi hijo está muerto, no quiero que se quede ahí enterrado solo, sin que nadie le lleve una flor, sin que nadie le vaya a llorar. Varias veces me alejaba de las compañeras, de la gente que estaba buscando y… me tiraba al piso boca abajo y le rogaba a la tierra que escupiera a mi hijo, que me lo devolviera. Que yo lo quería, aunque fueran sus huesos. Yo lo quería de vuelta conmigo, quería volver a verlo. Yo le pedí a la tierra que me lo devolviera y que, si me lo devolvía, el día que yo me muriera, le iba a pedir a mis hijas que me enterraran en la tierra, que me pusieran una tumba con cemento, que quería que la tierra me tragara a cambio de que me devolviera a mi hijo”.

Lo que Socorro no sabía, mientras le pedía a la tierra que por favor le escupiera los huesos de su hijo, lo que nadie le contó, lo que nunca pudo imaginarse, era que tres meses antes de iniciar su búsqueda, en septiembre de 2022, en esa misma zona, otro colectivo había encontrado y entregado a la fiscalía un cráneo hallado a ras de suelo con un hueco arriba del ojo izquierdo un poco más grande que una moneda de diez pesos. 

Ese cráneo, mientras Socorro excavaba centímetro a centímetro en La Mira, se encontraba almacenado y catalogado en el Semefo. 

La buscadora revisa las carpetas del Semefo de Acapulco el pasado abril. (FB Justicia para Jhonatan G. Romero Gil)
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Fue casi dos años después de iniciar las búsquedas en La Mira, hacia noviembre de 2024, que Socorro fue a revisar en el Semefo las carpetas con los registros de los restos encontrados. Fue una visita de rutina. Ella iba cada tanto y siempre volvía a examinar todo, desde diciembre de 2018 a la fecha. 

Ese día fue sin sus hijas. 

“Fui sola con otras compañeras en una búsqueda, y yo encontré un cráneo que, desde que lo vi, estaba segura de que era mi hijo”, me contó, “y no le dije nada ni a mis hijas ni a nadie. Solamente le hablé al MP [ministerio público] y le dije que había encontrado unos restos y que estaba segura de que eran de mi hijo y yo les tomé fotografías. Le tomé foto a esa hoja que estaba en el libro del Semefo”.

Pasó algo difícil de explicar. Socorro recuerda que la foto que vio en la carpeta estaba impresa en blanco y negro. Su hija se acuerda de que el hoyo en el cráneo era más pequeño. Cuando vuelven a consultar el registro, la foto está a color y el hoyo más grande. 

“Yo recuerdo haber visto ese cráneo y que la foto era en blanco y negro, y cuando yo llego a la fiscalía, que fue como en el mes de enero, yo le enseño esa foto al licenciado, al MP, y fue cuando yo vuelvo a ver la fotografía y la veo a colores. Y por más, por más que he hecho memoria, no recuerdo, no recuerdo, no recuerdo…  Cuando yo vi esa foto, no la recuerdo así. Y cuando la veo ahí en la fiscalía, yo dije: es mi hijo. O sea, no tengo duda de que es mi hijo. 

Y le pedí al MP que pues pidiera para hacerle las confrontas genéticas”. 

Cuando volvieron al Semefo de Acapulco en abril de 2026, esas hojas de la carpeta con las fotos ya no estaban, se habían enviado al Semefo de Chilpancingo. Socorro y el MP fueron a Chilpancingo y volvieron a ver las fotos y pedir las confrontas. Ella ya había entregado muestras de su ADN. El padre biológico de Jhonatan entregó unos cabellos, pero la fiscalía los rechazó; quería una muestra de saliva o sangre. Tiempo después dijeron que los cabellos sí servían, pero luego otra vez que no. Todo eso provocó desconfianza en Socorro, quien pidió que excluyeran ese perfil genético. 

El pasado 1 de junio, Socorro volvió a Servicios Periciales de Acapulco para entregar un cuerpo que su colectivo había encontrado. Buscó al director y le pidió que hicieran las confrontas, porque la espera la estaba matando. Le mostró el número de la carpeta de investigación, y ahí mismo el director habló por teléfono, pidió que le consiguieran el expediente y dijo que pronto harían el cotejo. 

“Y cuál fue mi sorpresa que me hablan antes de 15 días”. Fue el viernes 12 de junio en la noche. Socorro, su esposo, sus hijas y sus dos pequeños nietos acababan de regresar a la casa, estaban a punto de preparar la cena. 

“Me llama el fiscal y me dice que querían verme para… Que porque yo había pedido las confrontas de un cráneo, que había salido positivo conmigo. Eran las 9:30 de la noche. Yo les pedí perdón a mis hijas por haber recibido la llamada a esa hora. Estábamos pidiendo una reunión con la gobernadora [Evelyn Salgado] y pensé que me iban a avisar. No habíamos ni comido. Íbamos llegando, íbamos a cenar, íbamos entrando por la puerta cuando suena mi celular y yo le contesto al fiscal. Y eso fue lo que me dijo”.

Socorro le respondió a Francisco Martínez Delgado, fiscal especializado en Materia de Desaparición Forzada y Búsqueda de Personas Desaparecidas, que podría verlo el próximo martes. Fijaron la cita para las diez de la mañana. 

“Entonces colgó y yo empecé a llorar, empecé a gritar y le dije a mis hijas: yo estaba segura de que era mi hijo. Una de mis hijas estaba cerca de mí. Corrió a abrazarme. Ella en ese momento dijo que no pudo llorar. Y la otra acababa de entrar a dormir a los niños y salió corriendo cuando me escuchó llorar. Y le dije: estaba segura de que era mi hijo. Le dije: me acaba de decir el fiscal que sí fue positivo. Y entonces salieron los niños, mis nietos. Tengo dos nietos de tres años y empezaron a preguntar que por qué lloraba, qué me pasaba, y… mi hija les dijo que porque su tío ya era un angelito, que ya estaba en el cielo. Ya no cenamos. Yo me fui a mi cama a seguir llorando. Ese día no dormí en toda la noche”. 

Pasaron el fin de semana sin poder comer, sin poder dormir, sin dejar de llorar. A Socorro le bajó la presión y su hija le preparó suero. 

“Y toda la tarde estuve con la presión baja”, me dijo. “Toda la tarde ya no me paré para nada. En la noche me decía [mi hija] que me parara a cenar algo, pero le dije que no tenía hambre. Pues ya ese día era sábado y el domingo igual. Me pasé todo el domingo con la presión muy, pero muy baja, y llorando. Y yo decía que se me fueron las fuerzas, todas esas fuerzas que yo tenía para buscar a mi hijo. Sentí que se me esfumaron. Y me sentía muy triste, y veía la foto de mi hijo, que tengo tantas fotos en mi cuarto, y veía la foto y en ese momento sentía que veía su cráneo y decía que no podía creer que mi hijo solamente se había resumido en un cráneo, que ni siquiera tenía su cuerpo completo”.

Su hija le preguntó qué pensaba hacer después de la notificación oficial. 

“Le dije: pues no aceptarlo. Le dije: no pienso recibir nada más el puro cráneo de mi hijo. Cuando salió de la casa, no salió su cabeza caminando. Mi hijo salió completo, y la fiscalía me lo tiene que entregar completo”. 

***

Socorro pidió a la FGR que realizaran las pruebas mitocondriales al cráneo, por ser las más certeras respecto al ADN de la madre. Pidió que el Equipo Mexicano de Antropología Forense observe el proceso de la toma de muestras y la realización de las confrontas. No confía en la fiscalía del estado. 

“Aunque mi corazón me diga que sí es mi hijo, quiero estar completamente segura”. 

La FGR le pidió nuevas muestras de sangre, que entregó este mes de julio. Ahora espera los resultados mientras sigue insistiendo en la investigación de la desaparición de su hijo y, en caso de confirmarse el resultado positivo con el cráneo que ella misma halló en el Semefo de Acapulco, la búsqueda y la entrega digna de todos sus restos. 

9. El futuro arrancado

“Mi hijo siempre tuvo miedo a los problemas”, me dijo Socorro. “Siempre me dijo que tenía mucho miedo de morir joven, que él quería llegar a la edad adulta, llegar a ser viejito, que quería tener hijos”. 

Uno puede imaginar al joven Jhonatan viendo los partidos del Mundial de Fútbol 2026 con su madre, sus hermanas, sus sobrinos, y quizá sus propios hijos, gritando los goles de México, emocionándose con las jugadas de la selección, y finalmente sumiéndose en la tristeza amarga de la derrota frente a los británicos en el quinto partido. Pero más que eso, es fácil imaginarlo al otro día, sacando a Socorro y a sus nietos a la calle o a la cancha para jugar. 

La madre de Jhonatan durante una búsqueda en Pie de la Cuesta realizada en 2023. (FB Socorro Guzmán) 

La vida de Jhonatan fue arrancada por unos policías, y el sistema de justicia mexicano dedicó los siguientes años a desaparecer su cuerpo, su historia, la verdad de lo que le sucedió, sus sueños, su futuro, y todo rastro de su existencia. 

Fue su madre, Socorro —con el apoyo de sus hermanas, quienes han luchado a su lado durante todos estos años—, quien salió a buscarlo. Y también quien marchó, junto con otras familias, por las calles de la Ciudad de México los días 10 y 11 de junio, en el marco de la inauguración del Mundial. 

Cuando le pregunté a Socorro si Jhonatan siempre vivió en la casa con ella, me contestó que sí. “Siempre. Siempre vivió conmigo. De hecho, me había jurado que nunca me iba a dejar. Que siempre iba a vivir conmigo”. 

Recordó una Navidad en la que sus dos hijas se habían ido a Taxco a pasar esas fechas con su abuela. 

“Y Jhonatan llegó de jugar fútbol y me encontró llorando porque estaba triste, porque no estaban mis hijas. Y me dijo: ¿estás triste porque extrañas a las chamacas? Le dije: sí. Y me abrazó y me juró que él nunca me iba a dejar. Que siempre iba a estar conmigo, que a donde él fuera me iba a llevar, que donde yo fuera él me iba a seguir, y que nunca, nunca me iba a dejar sola”.

**Foto de portada: Socorro Gil Guzmán junto a la imagen de su hijo Jhonatan Romero, plasmada en un mural de Acapulco, que lo muestra cuando recibió su título de licenciado en derecho, pocos meses antes de su desaparición. (FB Socorro Guzmán)

www.adondevanlosdesaparecidos.org es un sitio de investigación y memoria sobre las lógicas de la desaparición en México. Este material puede ser libremente reproducido, siempre y cuando se respete el crédito de la persona autora y de A dónde van los desaparecidos (@DesaparecerEnMx). 

John Gibler es autor del libro ‘Una historia oral de la infamia: Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa’ y colaborador del proyecto periodístico A dónde van los desaparecidos, Quinto Elemento Lab y Now Voyager.

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