El reportaje con los testimonios de sobrevivientes de los campos de trabajo forzado del narco muestra cómo, ante la inacción del Estado, cientos de jóvenes son esclavizados y sus vidas quedan marcadas por el miedo, las adicciones y los trastornos mentales. Puede escucharse también la versión en audio con la voz de Daniel Giménez Cacho
Por Eui Chin Talamantes para A dónde van los desaparecidos
Cuando la Guardia Nacional llega a la Sierra Tarahumara, cuenta el sacerdote jesuita Javier “el Pato” Ávila, pasan unas horas o un día, y se retiran. Eso es peor para las comunidades, porque después vuelven los grupos armados, las amenazas, y se llevan a los jóvenes a los campos de cultivo del narco, donde son explotados como mano de obra esclava. Para el defensor de derechos humanos, ninguno de los tres niveles de gobierno tiene un plan para enfrentar esta realidad. La presencia de las autoridades es circunstancial: no hay castigo, no hay investigación, no hay prevención, no hay cuidado.
Lo que durante años fue un “secreto a voces”, dice el sacerdote, una “verdad oculta” que no había salido a la luz, es documentada en el reportaje “Esclavos en la Sierra Tarahumara. Sobrevivir a los campos de trabajo forzado del narco”, de Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff, un relato sobre cómo opera esta red de trata con las personas más marginales de las comunidades, y cómo quienes vivieron las torturas y el abuso quedan marcados por la paranoia y el miedo, “presos de las adicciones o trastornados mentalmente”. Un relato que tardó años en construirse porque era necesario ubicarlos y saber qué había pasado con sus vidas: algunos fueron abandonados por su familia, otros murieron. “Los grupos criminales aceleraron un proceso de marginación y abandono que ya había empezado el Estado”, escriben.
“Esto no es de hoy, ni de ayer, ni de antier”, pero esa esclavitud que antes era callada, ahora es más descarada, lo que habla de complicidades, arreglos e impunidades, dice Ávila la noche del miércoles en el Auditorio Luzy, ante el centenar de personas que asiste a un conversatorio sobre la investigación y a la presentación del audiorreportaje, que cuenta con la voz del actor Daniel Giménez Cacho, quien leerá varios fragmentos al público.
De este tipo de esclavitud tuvo noticia Ávila hace más de quince años, cuando llegó a la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, de la que es fundador, un joven sobreviviente de uno de esos campos. Pero se ha perpetuado a lo largo del tiempo. Una nota publicada en julio de 2019 en La Jornada, titulada “Rescatan a 21 hombres esclavizados por narcos en la Tarahumara. Los tenían en cuevas en Ocampo y los obligaban a plantar amapola y mariguana”, fue uno de los detonantes del reportaje. De algunos de esos hombres trata la investigación de Turati, Gómez Durán y Budasoff, publicada en A dónde van los desaparecidos y Quinto Elemento Lab.
Desde diciembre de 2015, migrantes centroamericanos y mexicanos alertaron sobre grupos de hombres armados que los bajaban de los trenes para llevarlos a campos de cultivo, donde eran obligados a sembrar. A finales de 2017, una pareja rarámuri denunció que sus dos hijos adolescentes estaban desaparecidos, los habían contratado para un trabajo en la sierra y desde entonces no sabían nada de ellos; tuvo que pasar más de un año para que consiguieran fugarse. Las denuncias quedaron archivadas en la Fiscalía General del Estado de Chihuahua.
En junio de 2018, un hombre dijo haber estado cautivo, con decenas de hombres, en lo profundo de la sierra, forzado por un grupo criminal a cultivar amapola y marihuana. La fiscalía hizo un operativo en el mismo sitio del rescate de 2019. Encontraron las cuevas y la infraestructura, pero no hallaron a nadie. Durante un año no hicieron nada, pero tampoco después: el reportaje menciona a 15 personas que en 2022 fueron esclavizadas en los mismos campos.

“¿Quiénes son las víctimas?”
Al leer Giménez Cacho, la atención del público no se pierde: “Mientras estaba cautivo, Andrés miraba y trataba de retener información sobre su entorno, porque recordaba un cuento que había leído hacía muchos años en la revista Selecciones. El protagonista era un esclavo negro, amarrado con un grillete a otro esclavo, forzado a trabajar en la construcción de unas vías de tren en el siglo XIX”.
Entre los espectadores, es difícil encontrar a alguien distraído con su celular. Escuchan concentrados: el hombre que se acaricia la barba, la chica de cabello corto que toma notas, el joven de suéter que apoya la barbilla en la mano. Muchos están sentados ligeramente hacia delante. La mirada de todos se sostiene.
El actor lee el fragmento en el que Andrés tuvo que cambiar su testimonio en la fiscalía porque la desaparición implicaba a policías; le taparon la cabeza, lo golpearon y lo entregaron a los reclutadores de esclavos. “En la fiscalía no le dejaron mantener esa versión: la persona que estaba a cargo de reunir los testimonios leyó su declaración y les dijo que no a sus ayudantes. Esa no la podemos poner. Y les pidió que la rompieran”. En el público se escucha un sonido de desaprobación. El enojo. La impotencia. Un gesto de empatía.
Al fondo, atrás de los ponentes, se proyectan las fotos de los aparecidos y del lugar de la esclavitud, la sierra.
“¿Quiénes son las víctimas?”, pregunta Budasoff. “¿Qué ha cambiado?”.
Indígenas rarámuris. Migrantes. Todos tenían algo en común: buscaban un trabajo. “Coinciden en que han sido abandonados por el Estado”, el cual no se ha hecho cargo de cumplir con sus derechos, responde Gómez Durán. “Individuos desamparados, jóvenes, también gente que en algunos casos usa drogas, y gente que tenía deudas por diferentes razones y que le urgía [conseguir] esos trabajos”.
Muchos de nosotros, dice la periodista, no observamos, no miramos. “Estas historias se publican, sale que los liberan, pero después nadie se pregunta qué pasó con ellos. El Estado tampoco se preguntó qué pasó con ellos. Nadie fue después a darles un seguimiento, a darles ese trabajo que les habían prometido y por el cual se fueron y regresaron sin nada”. Nadie fue con sus familias, agrega, para avisarles que hubo un juicio a uno de los captores, Henry Giovanni Velázquez Barrera, el Chiapas, que fue detenido, después liberado, y hoy en día sigue prófugo.
“El abandono, ese campo fértil que existía para que ellos cayeran en estos grupos que los esclavizaron, permaneció después de que el mismo Estado, o desde que la misma fiscalía, se ufanó del rescate”.
Turati se preguntaba qué pasa con los desaparecidos que están vivos. Cuando vio la noticia en 2019 pensó: “Estos pueden ser algunos de ellos”. Se propuso hablar de los aparecidos: dónde estuvieron y lo que ocurre después.
A las periodistas les interesó que fueran jóvenes reclutados a la fuerza, no para trabajar como sicarios ni en la elaboración de drogas químicas. Se los llevaron para que cultivaran marihuana y para que rayaran la goma de opio de los campos de amapola.

La lectura del epílogo del reportaje, a cargo de Giménez Cacho, cierra la presentación. Se escucha cómo Andrés observa la fotografía de los 21 hombres y “recuerda detalles, sobrenombres, fragmentos de vidas. ‘Este cabrón lloraba todos los días, decía que tenía ganas de comerse una hamburguesa’”. Se escuchan unas risas entre el público; el enternecimiento, la empatía. “‘Este decía que se le antojaba escuchar unas rolas de Guns N’ Roses’”. Otra risa, en la última fila. “‘El Porras tenía problemas con su niña, quería ver a su niña de tres años’. Sus ojos recorren la imagen y los nombra. El Azul, el Neto, el Oaxaca, el Rocker”.
“Esto es algo que es nuevo, que no se ha hablado”, dice Gómez Durán. “De esta esclavitud que los grupos de narcotráfico están realizando para obligar a las personas a cultivar la droga. Como dice Marcela [Turati], a partir de ahí fue que nos metimos a buscar a estas personas y uno de los retos principales que nos pusimos fue poder encontrar a algunos de esos 21 hombres que fueron rescatados, a esos sobrevivientes, porque lo que necesitábamos era hablar con ellos”.
“Esclavos en la sierra” es una historia de los desaparecidos vivos, de trata de personas, de esclavitud y, resumen las autoras, de las fallas estructurales que atraviesan la sociedad mexicana.
***Foto de portada: El sacerdote Javier “el Pato” Ávila, y quienes crearon el reportaje: Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff, durante la presentación. (Ernesto Muñiz)
www.adondevanlosdesaparecidos.org es un sitio de investigación y memoria sobre las lógicas de la desaparición en México. Este material puede ser libremente reproducido, siempre y cuando se respete el crédito de la persona autora y de A dónde van los desaparecidos (@DesaparecerEnMx).
Trabaja el periodismo y la escritura literaria. Cursa Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Formó parte, en 2024, de Corriente Alterna, la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la UNAM. Escribe crónicas, entrevistas y reportajes. Colabora con A dónde van los desaparecidos y Quinto Elemento Lab.