A donde van los desaparecidos

Desaparición y esclavitud: prácticas necesarias para la reproduccion del capitalismo actual

Sandra Odeth Gerardo Pérez
septiembre 10, 2026
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Este artículo ofrece una reflexión sobre el trabajo esclavo, el capitalismo y la desaparición a partir del reportaje  “Esclavos en la Sierra Tarahumara”,  recuperando propuestas desde la economía política para pensar la desaparición como una práctica que puede estar ligada  a fenómenos como la esclavitud moderna

Sandra Odeth Gerardo Pérez*

El pasado mes de julio, Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff publicaron un extraordinario, y a la vez crudo, reportaje, “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, que reconstruye la historia de hombres que fueron llevados bajo engaños o por la fuerza a trabajar en campos de cultivo controlados por grupos del crimen organizado en la Sierra Tarahumara. Los testimonios de los sobrevivientes recuperados en esta investigación permiten un vistazo a condiciones de trabajo y de vida en las que destacan la privación de la libertad, el castigo, la violencia física y mental y tratos inhumanos, por decir lo menos. Lejos de presentar esta historia como un fenómeno nuevo o único, las autoras apuntan a comprender estas formas de trabajo implementadas por grupos criminales como algo que sucede desde hace décadas y que no es exclusivo de dicha región. El reportaje nos invita a reflexionar sobre la desaparición en claves de economía política, es decir, en el fenómeno como un mecanismo que abona a la producción capitalista a partir del uso de los cuerpos de las personas, en este caso, como esclavos.  

Al relatar la historia de la acumulación originaria –ese proceso histórico en el que se forja el capitalismo a partir del despojo–, Karl Marx sentenció: “Si el dinero […] viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies” [1]. La frase se inscribe en la explicación de un momento histórico ubicado entre los siglos XIV y XVII, en el que la violencia del saqueo, la expropiación y la conquista separaron a personas y comunidades de sus tierras y medios de vida. En ese largo parto del capitalismo, el trabajo esclavo, lejos de ser incompatible, fue parte importante. Pensemos, por ejemplo, en las plantaciones coloniales americanas sostenidas con trabajo esclavo que generaron mercancías de circulación global que contribuyeron a generar ganancias para la acumulación y reproducción del capital.  

Es evidente que para el momento actual en el que operan las economías criminales vinculadas al narcotráfico estamos lejos de un momento originario, pero la reflexión desde esta frase y la lectura de testimonios recuperados en el reportaje “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, nos permite mirar más allá de la mercancía obtenida y preguntarnos por las condiciones sociales que hacen posible su producción: ¿qué relaciones sociales hicieron posible la existencia de este tipo de campos de trabajo esclavo? ¿Qué cuerpos trabajan ahí y en qué condiciones? ¿Quién se apropia del resultado? 

En los campos de trabajo vinculados a actividades criminales, detrás de la ganancia aparecen cuerpos desplazados, migraciones interceptadas, promesas laborales engañosas, trabajadores privados de su libertad y, como bien señala el reportaje, una cadena larga de vulnerabilidades y precariedades que han atravesado a las personas sometidas a este tipo específico de explotación laboral. Es decir, personas y poblaciones que han sido históricamente despojadas de las mínimas condiciones materiales para vivir. Así, la sangre y el lodo de la metáfora marxista dejan de ser una imagen abstracta y/o del pasado, y nos remiten a nuestra realidad contemporánea: la de la esclavitud en contextos de producción criminal.  

Si bien, desde el punto de vista jurídico, los hombres que trabajaron y siguen trabajando en este tipo de campos no son propiedad legal de sus explotadores, como ocurría con los esclavos en las sociedades esclavistas del siglo XVI, el concepto de esclavitud es útil para describir una relación material: alguien controla totalmente el cuerpo de otra persona, dispone de su fuerza de trabajo y le impide abandonar esa situación mediante la violencia. Así, aunque la esclavitud se encuentra formalmente abolida y no es la relación laboral  determinante en este momento histórico, y aun cuando existen marcos jurídicos nacionales e internacionales que la prohíben, como el artículo 1.° de la Constitución Mexicana, las formas de explotación expuestas en el reportaje nos llevan a reconocer la existencia de personas sometidas a esclavitud en México.

Pero, más allá de definir legal o económicamente la esclavitud en el México contemporáneo, vale la pena preguntarnos qué condiciones permiten que una sociedad que jurídicamente reconoce la libertad del trabajo –libertad en términos capitalistas, es decir, libertad de vender la fuerza de trabajo– produzca relaciones de explotación como la que se ha venido analizando.

Es aquí donde la propuesta de Rosa Luxemburgo (teórica marxista e importante líder socialista) puede arrojar luces. Luxemburgo señalaba que la reproducción capitalista requería de sociedades, territorios y formas de producción que no necesariamente funcionan bajo el modelo del trabajo asalariado. En su propuesta, destaca que el capitalismo puede incorporar, subordinar y aprovechar diferentes formas de explotación. Así, la esclavitud no pertenece exclusivamente al pasado: puede transformarse, cambiar de nombre y adoptar nuevos mecanismos de control. Y si Marx tenía razón al señalar que el capital puede llegar “chorreando sangre y lodo”, Luxemburgo ayuda a comprender que esa violencia no necesariamente desaparece cuando una sociedad adopta relaciones capitalistas modernas.

La pregunta que queda abierta, entonces, no es solamente cómo llegaron estos hombres a los campos de trabajo, sino por qué determinadas personas pueden ser convertidas en fuerza de trabajo disponible y ciertos territorios pueden ser convertidos, una y otra vez, en espacios de acumulación, es decir, cuáles son las condiciones de explotación. Los relatos recogidos en la Sierra Tarahumara obligan a mirar simultáneamente el territorio y el cuerpo, la historia colonial y la economía contemporánea, el despojo y la migración. Y quizá allí se encuentre la clave para comprender una de las formas más inquietantes de la desaparición actual: un trabajador que migra buscando empleo puede terminar convertido, mediante el engaño y la violencia, en aquello que creíamos haber dejado definitivamente en el pasado: un esclavo. 

En este sentido, las historias de los hombres llevados a los campos de trabajo de la Sierra Tarahumara de las que nos habla el reportaje, permiten pensar la desaparición no solamente como un problema de seguridad o como un delito contra la libertad personal, sino también como una práctica que puede estar vinculada con la apropiación violenta de la fuerza de trabajo: la desaparición como una práctica necesaria a la reproducción capitalista actual. Allí donde el cuerpo desaparece, pero su capacidad de trabajar permanece disponible para otros, la desaparición alimenta formas extremas de explotación; y la explotación laboral esclava, como hemos visto, puede ser un destino de las personas desaparecidas.

Referencias 

[1] Marx, K. (2010). El capital: Crítica de la economía política (Vol. I, Cap. 24). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867)

[2] Luxemburgo, Rosa. (2003). La acumulación del capital. Ediciones Akal (Obra original fue publicada en 1913)

*Sandra Odeth Gerardo Pérez es  investigadora postdoctoral del CIALC-UNAM, investigadora asociada del GIASF y colaboradora solidaria de la Red Regional de Familias Migrantes. 

El Grupo de Investigaciones en Antropología Social y Forense (GIASF) es un equipo interdisciplinario comprometido con la producción de conocimiento social y políticamente relevante en torno a la desaparición forzada de personas en México. En esta columna Con-ciencia, participan miembros del Comité Investigador, estudiantes asociados a los proyectos del Grupo y personas columnistas invitadas . Las responsables de la misma son Erika Liliana López y Sandra Gerardo (Ver más: http://www.giasf.org)

La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición de adondevanlosdesaparecidos.org o de las personas que integran el GIASF

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