Vanessa Matamoros*
En México, se ha hecho más común ver a las madres buscadoras caminando por las calles, caminando en los terrenos con una pala en mano y la ficha de búsqueda estampada en su pecho, las vemos en las noticias, en las redes sociales, pero, detengámonos un poco a hacernos la siguiente pregunta ¿realmente las estamos escuchando?
En nuestro país, donde la desaparición se ha convertido en el día a día, vemos cómo las madres buscadoras se involucran en todos los procesos que forman parte de una búsqueda y de una investigación. Es decir, las vemos aportando información, realizando búsquedas en campo, compartiéndonos sus experiencias, e incluso, las vemos formándose como expertas forenses, pero entonces ¿por qué, a pesar de todo lo que aportan, sus voces no siempre son tomadas en cuenta?
Hay que reconocer que escuchar a las familias no debería de ser una concesión, sino parte del proceso de búsqueda e investigación. Escuchar no significa solamente dejar de hablar, significa considerar las aportaciones que nos brindan las familias, tomar en cuenta sus saberes y darle la bienvenida a toda la información con la que cuentan, validando sus experiencias, su conocimiento y su sentir, porque como siempre se ha dicho, las madres tienen un sexto sentido. Y esto no solo nos lleva a recordarlo, sino también a reconocer que sus saberes pueden contribuir a construir mejores estrategias de búsqueda.
Quizás, hemos aprendido a verlas de una manera diferente: como unas guerreras, como mujeres con valentía, fuerza y poder que salen todos los días a buscar a sus hijas e hijos cuando las instituciones y autoridades no lo hacen. Las vemos como mujeres fuertes y admirables, cuyas historias y cuyo dolor nos conmueven.
Pero ¿qué pasa cuando dejamos de ver a esa madre que busca y comenzamos a ver a esa madre que exige? A esa mujer que cuestiona la falta de pericia y de profesionalismo por parte de las autoridades, así como los actos de omisión de quienes en un principio confían plenamente en que serán parte de la justicia haciendo lo posible por darles una respuesta. En esa mujer que alza la voz cuando no está de acuerdo y que marcha por las calles exigiendo verdad, justicia y memoria.
Basta con mirar las calles: fichas de búsqueda que alguna madre colocó para hacer visible a su hija e hijo desaparecido terminan cubiertas por anuncios. Una imagen sobre otra, hasta que el rostro de quien buscamos vuelve a desaparecer. Entonces, ¿realmente las escuchamos?
La figura de una madre buscadora ha permitido visibilizar la desaparición de personas en México y ampliar el panorama sobre una problemática que durante años permaneció, en muchos casos, lejos de la mirada pública. Pero su lucha también ha trascendido, un ejemplo es el caso de María Herrera Magdaleno, quien después de la desaparición de sus cuatro hijos, comenzó un camino de búsqueda e investigación que la llevó a participar, junto con otros colectivos, en la exigencia de cambios para que las familias fueran tomadas en cuenta en la construcción de las políticas públicas y la legislación sobre desaparición.
De estas luchas colectivas, surgieron avances como la Ley General en Materia de Desaparición de 2017, que a su vez, creó el Sistema Nacional de Búsqueda y reconoció la participación de las familias en los procesos de búsqueda.
A la fecha, estos progresos forman parte del marco desde el cual se busca a las personas desaparecidas, pero, ¿cuántas veces reconocemos que detrás de ellos también están las voces de quienes, durante años, han exigido que buscar a sus familiares sea reconocido como un derecho y no como una tarea que tengan que asumir solas?
Y es aquí donde nos encontramos con una contradicción… las necesitamos para buscar, pero no siempre reconocemos lo que saben.
Las madres buscadoras se convierten en constructoras de otro tipo de saberes, saberes aprendidos desde la experiencia, desde el sufrimiento, desde el dolor, pero aún más, desde lucha por tener nuevamente en brazos a su hija e hijo que les fueron arrebatados de sus manos, de su corazón y de su alma. Saberes que adquirieron a través del riesgo que implica someter al cuerpo y mente en un proceso de búsqueda e identificación.
En los talleres de saberes y herramientas forenses que GIASF comparte con ellas, por ejemplo, el encuentro con madres buscadoras no parte de la idea de que ellas no saben y que necesitan aprender. Al contrario, se busca generar un diálogo entre conocimientos, mientras se comparten herramientas técnicas, ellas aportan aquello que han aprendido durante sus propias búsquedas, como reconocer un terreno, identificar lugares relevantes, conocer a los actores de una comunidad o advertir elementos que podrían pasar desapercibidos para quienes llegan por primera vez a ese espacio. Es en ese encuentro entre distintos saberes donde el conocimiento se amplía y la búsqueda puede adquirir nuevas posibilidades.
A través de los años, las madres buscadoras han desarrollado conocimientos que difícilmente pueden separarse de sus propias experiencias de búsqueda. Reconocer estos saberes no significa que tengan que sustituir a las autoridades, peritas y peritos, y a las instituciones especializadas, ni mucho menos romantizar que ellas son las que tienen que buscar a sus familiares. Al contrario, se trata de recordar que las autoridades son las que tienen la competencia de buscar y las familias el derecho a participar en ese proceso.
Por eso, necesitamos mirarlas más allá de una madre sosteniendo el rostro de su hija o de su hijo, mirarlas como mujeres que desde hace años luchan para que su voz, sus experiencias y sus conocimientos sean realmente reconocidos. Mujeres que han construido saberes a partir de la búsqueda y de la exigencia de justicia, y que no deberían ser escuchadas únicamente cuando se busca mostrar un compromiso con la justicia y con la verdad.
Y quizás ahí esté una de las mayores paradojas de la desaparición: las madres buscadoras han conseguido hacer visibles a quienes fueron desaparecidos, pero ellas mismas continúan enfrentando diferentes formas de invisibilización a través de la negación de sus saberes en la construcción de estrategias de búsqueda, de memoria y de exigencia de justicia.
Sus experiencias, los conocimientos que han construido durante años de búsqueda y la información que han reunido sobre sus propios casos no siempre son reconocidos como válidos. Así, mientras sus voces son necesarias para encontrar a quienes faltan, no siempre son escuchadas cuando cuestionan, proponen o señalan aquello que no está funcionando.
Escucharlas, entonces, no debería significar únicamente el oírlas hablar, sino tomar en cuenta lo que dicen, considerar la información que aportan y reconocer sus conocimientos que han construido. Significa entender que participar no es ocupar el lugar de las instituciones, sino tener un lugar dentro de un proceso que también les pertenece.
Porque no basta con que sean visibles para buscar. También necesitamos que sean visibles para ser escuchadas.
Referencias:
[1] Amnistía Internacional. (2025). Desaparecer otra vez: Violencias y afectaciones que enfrentan las mujeres buscadoras en México. Amnistía Internacional.
[2] Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (2015). Rostros de la dignidad: 40 voces en defensa de los derechos humanos. Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos.
Autores: SERENDIPIA / Mirna Calderon y Marco Antonio Trujano
Link: https://serendipia.digital/desapariciones/madres-buscadoras-en-mexico/
* Vanessa Matamoros Nava es Criminóloga y Criminalista con líneas de investigación centradas en violaciones graves a derechos humanos, desaparición forzada y tortura. Ha colaborado en organismos e instituciones dedicados a la investigación, documentación y protección de los derechos humanos, así como en diversos proyectos relacionados con estas temáticas. Actualmente, es joven investigadora asociada al GIASF.
*Foto de portada: Especial.