A donde van los desaparecidos

La guerra de México que no queremos ver

Lucia Capuzzi
junio 30, 2026
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Desde fuera, se piensa que México es un país totalmente pacífico, imagen que se ha reforzado principalmente en el marco del Mundial; sin embargo, el conflicto entre grupos criminales desde hace casi 20 años ha dejado un saldo de más de 130 mil personas desaparecidas

Por Lucia Capuzzi*

«En México no hay guerra». Esto es lo que me dijeron la mayoría de mis amigos y colegas cuando anuncié mi próximo viaje al país, como parte de un proyecto dedicado a conflictos olvidados por el periódico para el que escribo, «Avvenire». Esta opinión está muy extendida en Italia. De hecho, el vértigo que la Ciudad de México, maravillosa y esquiva, evoca en los viajeros recién llegados es difícil de conciliar con la idea común de guerra. Lo mismo podría decirse de la elegancia colonial y a la vez moderna de Guadalajara. Especialmente ahora que la bulliciosa celebración del Mundial envuelve a las ciudades y a la nación. Sin embargo, la guerra en México está ahí, y se desborda en cuanto se rasca la fina capa que cubre la aparente normalidad. 

Son las y los desaparecidos quienes hacen surgir a la superficie esta guerra, a un ritmo implacable, de las profundidades sociales y mediáticas a las que ha sido relegada por el gobierno y la comunidad internacional. La cuestión es que el conflicto, en las últimas décadas, se ha mudado de piel mientras que la imaginación europea permanece anclada a una definición obsoleta. Los Estados ya no son los principales protagonistas —la invasión rusa de Ucrania sigue siendo una excepción—, ni tampoco lo son las organizaciones revolucionarias o contrarrevolucionarias. La militarización de la seguridad no ha reducido la criminalidad, sino acelerado el proceso de criminalización del conflicto: los grupos armados, legales e ilegales, reclutaron masivamente ejércitos mercenarios para enfrentarse. México, en cierto modo, ha sido pionero de un modelo que se va exportando: en Latinoamérica, de El Salvador a Honduras, de Ecuador a Chile, aún más ahora bajo la presión de Trump.

Fotografía cortesía Lucía Capuzzi

La subordinación de la política a la economía en la era de la globalización ha transformado todo, incluido el panorama bélico: quienes se enfrentan son “empresas multinacionales que se pasan de los mercados ilícitos a los legales y operan con la complicidad de sectores de las instituciones que han controlado previamente. El término «narcoguerra» es, sin duda, engañoso. Sin embargo, actualmente no tenemos otro en el Viejo Continente para expresar de qué estamos hablando. Personalmente, lo utilizo, pero solo después de recalcar que las drogas son apenas el telón de fondo de la explosión actual. 

La existencia y persistencia del conflicto no impide que algunas partes de México vivan en una burbuja de paz. También en esto, la nación es una metáfora del mundo. El Mundial ha logrado reunir sus fragmentos en un espacio reducido. En Guadalajara, en un radio de quince kilómetros, se encuentran el estadio Akron y las fosas clandestinas. Diez de las 58 identificadas solo el año pasado se ubican en esta zona, con un total de 500 bolsas de restos humanos recuperadas; la mitad están a tan solo cinco kilómetros del complejo deportivo. Los campos de futbol junto a los desaparecidos. Cualquier referencia a la Argentina de 1978 no es pura coincidencia, pero con una aclaración. Incluso la palabra “desaparecidos” necesita ser reformulada para adaptarse al contexto: ya no se refiere a opositores políticos, reales o supuestos, desaparecidos por decenas de miles por las dictaduras latinoamericanas del siglo XX. 

En la actual guerra mexicana, las desapariciones —forzadas porque no serían posibles a tal escala sin la aquiescencia del Estado— son utilizadas por los grupos del crimen organizado como herramienta de control social mediante el terror, el reclutamiento de mano de obra esclava o la ocultación de cadáveres. Hice un cálculo: durante los siete años del régimen de los generales argentinos, 30 mil personas desaparecieron, según estimaciones de organizaciones de derechos humanos. Multiplicando esta enorme cifra por tres, para abarcar la duración de la guerra contra el narcotráfico, el número ascendería a 90.000. Este número es superado con creces por la realidad mexicana, donde han desaparecido 134.000 personas. Un absurdo, especialmente en un país que se autodenomina democrático.

En este contexto, el Mundial representa un riesgo, una esperanza y una responsabilidad. 

Fotografía cortesía Lucía Capuzzi

El riesgo reside en que refuerce aún más la narrativa de normalización. Gracias a la belleza del paisaje y la afabilidad de los mexicanos, muchos aficionados regresarán a casa sin saber que han cruzado un campo de batalla. 

La esperanza, sin embargo, es que entre la multitud de visitantes, periodistas e invitados internacionales, alguien, aunque sea por casualidad, rasque el velo y el conflicto salga a la luz. 

Aquí es donde entra en juego la responsabilidad. La responsabilidad de alzar la voz, de denunciar, de pedir, de exigir, junto con la sociedad civil mexicana, la creación de una comisión internacional de la verdad ante la cual las instituciones nacionales rindan cuentas. Y de un sistema de justicia transicional. Esto no es injerencia, ni tampoco la cooperación propuesta por los Estados Unidos de Trump. Es el reconocimiento de que una guerra requiere apoyo internacional —no subordinación— para terminar. Ya en 1978, muchos en Europa hicieron la vista gorda en Buenos Aires durante el Mundial de la dictadura. 

Las marchas de familiares, las fotos de los desaparecidos que empapelan la Avenida Reforma, los videos de fosas clandestinas en las redes sociales en México 2026 ni siquiera nos dan la excusa esta vez para decir que no lo sabíamos.

***

Lucía Capuzzi nació en Cagliari el 10 de marzo de 1978. Tras licenciarse en Ciencias Políticas, se doctoró en Historia de Partidos y Movimientos Políticos por la Universidad de Urbino.

Actualmente trabaja como corresponsal en el departamento de Asuntos Exteriores de Avvenire, diario nacional de la Conferencia episcopal italiana con especial atención a América Latina. Sus reportajes han sido galardonados con el Premio Luchetta (2014), el Premio Palomas de Oro de la Paz (2016), los Premios Periodistas Mediterráneos, Parise y Enzo Rossi-Altrapagina (2018), el Premio De Carli de Información Religiosa (2020), el Premio Matano (2022) y los Premios Paz y No Violencia del Ayuntamiento de Monteleone, Volpini, la Fundación San Nicola di Guardiagrele, Feminas y Natale UCSI (2025). Colabora con la revista femenina del Osservatore Romano, Donne Chiesa mondo.

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