La magnitud de las desapariciones durante el franquismo y lo que la democracia en España debe a las víctimas, son cuestiones políticas por resolver que apelan a interrogantes sobre la memoria y el olvido en México
Esther López Barceló*
El límite del campo: Textos sobre la idea de desaparición y similares (VI)
Mirar a otros lugares es, también, una forma de comprender las desapariciones de personas como política represiva o estrategia delincuencial en México, su impacto social y las exigencias a las autoridades (verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición). La magnitud de las desapariciones durante el franquismo y lo que la democracia en España debe a las víctimas son cuestiones políticas por resolver que apelan a interrogantes sobre la memoria y el olvido en México.
En esta entrega, Esther López Barceló compila una serie de fragmentos originarios de su ensayo “El arte de invocar la memoria” (Barlin Libros, 2024) sobre la cuestión de la memoria en España tras el franquismo; sobre todo, sobre las personas desaparecidas durante dicho período (1939-1975), y que siguen sin ser localizadas. En sus fragmentos, la escritora compara la situación de ese país con las violaciones graves de derechos humanos y los delitos a los que han dado lugar en otros lugares.
De fondo, están temas como la relación de las desapariciones con crímenes internacionales como la lesa humanidad o el genocidio, la imprescriptibilidad de esas conductas o los límites de los acuerdos políticos transicionales. Si bien en México la situación adquiere una urgencia mayor que en la España actual (puesto que, en territorio mexicano, cada día, se perpetran desapariciones forzadas cometidas por individuos vinculados al Estado o a alguna organización delincuencial), la autora apunta a la persistencia de cuestiones sin resolver compartidos por ambos países. Por ejemplo, la falta de reconocimiento de las víctimas, la potencia de los objetos y los lugares para reconstruir las historias de los desaparecidos, la impunidad de figuras claves de los crímenes más terribles o las disputas sobre las exigencias morales y humanitarias de encontrar, enterrar y honrar a los desaparecidos. También son similares las preguntas que persisten tras la estrategia de desaparición con fines políticos llevadas a cabo por autoridades franquistas y las promovidas en la “Guerra sucia” (entre los años sesenta y principios de los noventa) por el régimen priísta.
En resumen, el arco iniciado desde el reconocimiento de la extrema gravedad de las desapariciones en los años noventa del siglo pasado (tras la caída de las dictaduras suramericanas), aún es incompleto en la actualidad. En México no hay una política de Estado coherente, que reconozca la obligación, independientemente de la estigmatización política o criminal de las autoridades, de buscar a todos los desaparecidos, pues esto se topa con fallas administrativas estructurales, la estigmatización política o delincuencial, o la contradicción entre la gravedad de estos delitos y la desidia de las instituciones, que externalizan en los familiares de las víctimas el peso de las búsquedas. Mientras, en España, hasta hace menos de un lustro no existían políticas que reconocieran la obligación del Estado en la búsqueda de los desaparecidos forzados, y el tema sigue siendo objeto de políticas partidistas que minimizan las obligaciones derivadas de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática.
En las siguientes líneas, López Barceló nos introduce a la génesis de su ensayo, como parte de lo que ella menciona como la “obligación de conversar”:
En 2021, escribí para el diario español Público un texto sobre la frustración endémica que sentimos quienes nos dedicamos en cuerpo y escritura a hacer memoria en cualquier recodo del estado español. En él, por enésima vez, hablé sobre la impunidad de los victimarios en mi país, de cómo después de cuarenta años de dictadura y represión, tras morir Franco sereno y cuidado en la cama de un hospital, sufrimos un proceso que se dio en llamar transición política, en el que no hubo cabida para las víctimas del franquismo. No hubo cabida para ellas en ninguno de los sentidos: ni en el corpóreo, ni en el burocrático, ni tampoco en el lenguaje. La palabra víctima no cupo siquiera en la nueva Constitución, una que restauraba la monarquía en la figura de Juan Carlos de Borbón, por expreso deseo del genocida.
Les explico todo esto porque hay un párrafo de ese artículo que explica con vehemencia ese sentimiento de frustración colectiva:
“Sabemos lo que pasa cuando una mentira es cien, mil, cien mil veces repetida. Sabemos que al final esa repetición infame, cual gota malaya, consigue abrir un agujero en el suelo, uno que hiere de muerte el hábitat en el que anidamos y que puede llegar a quebrar la tierra en dos. Pero, ¿qué pasa cuando una verdad es cien, mil, cien mil veces repetida? ¿Qué pasa con todas esas veces que hemos contado, escrito e incluso bramado la verdad? Es como si nuestra gota, a pesar de estar tan nutrida de datos contrastados, desviara constantemente su trayectoria sin posibilidad de conformar un hoyo o, al menos, de dejar impresa la huella de su existencia. ¿Qué le pasa a esta verdad nuestra, tan desposeída de fuerzas? Tiene que ver con nuestra voz, que es — todavía — la de los vencidos. Porque los muertos de quienes heredamos el hilo rojo de la historia siguen siendo solo nuestros muertos. Las víctimas del franquismo siguen sin ser consideradas de toda la democracia. Y he ahí el pecado original”.
Es por eso que me obsesiona la forma de transmisión de los crímenes que durante tanto tiempo fueron negados en mi país. ¿Cómo invocar la memoria para que se aparezca ante los demás de la forma nítida en que se nos aparece a los militantes en la defensa de los derechos humanos? De esa pregunta emergió una imagen incontestable.
Cuando tenía 21 años, como estudiante de arqueología, participé en la que fue la primera exhumación colectiva de fosas comunes del franquismo dentro de un cementerio. Para mí, el hecho rotundo que me había atravesado hasta colonizar mis intereses por completo fue tocar la muerte con las manos. O, mejor dicho, tocar la evidencia de las ejecuciones masivas con mis manos. Así que, cuando mi editor, Alberto Haller, me pidió que escribiera un ensayo sobre memoria democrática lo tuve claro. No quería hablar de narraciones elaboradas y cerradas, es decir, no quería hablar de películas o novelas que, de forma manifiesta y explícita buscaban hacer memoria. Quería hablar de todo aquello que no está creado ex profeso con ese fin, pero cuya capacidad para evocar/invocar el pasado y situarlo frente a tus ojos es lisérgico, casi sobrenatural.
En una servilleta de papel sobre la mesa de una cafetería frente a las Torres de Serranos de València esbocé el que después sería el índice de aquel libro. Escribiría sobre las exhumaciones de los cuerpos que pretendieron desaparecer, sobre la potencia comunicativa de los objetos que pertenecieron o tocaron al desaparecido, sobre las palabras fosilizadas en los muros como un mensaje en una botella con el que tenemos la obligación de conversar.
Descargar PDF: Alterargia: nostalgia del tiempo que jamás sucedió
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En 2026, el Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF, de El Colegio de la Frontera Norte), junto al Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC) de la Universitat Jaume I, abrieron la sección “Frontera de ausentes” para explorar las fortalezas y límites de las disciplinas artísticas y los campos académicos, así como para tratar el tema de la desaparición y otros que atraviesan este fenómeno, con textos ensayísticos y de creación literaria.
El LEVIF es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema. El CINIC de la Universitat Jaume I es un espacio interdisciplinar dedicado al estudio sociológico, jurídico y de crítica cultural acerca de las relaciones entre las normas jurídicas, éticas y morales con las formas de representación visual contemporáneas.
Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/) de El Colegio de la Frontera Norte (Unidad Matamoros, Tamaulipas, México), el CINIC (https://blogs.uji.es/cinic/?page_id=179) de la Universitat Jaume I (Castellón, España) y A dónde van los desaparecidos.
Esther López Barceló (Alicante, España, 1983) es Licenciada en Historia, con un Máster de arqueología profesional por la Universidad de Alicante. De 2011 a 2015 fue diputada del parlamento valenciano. En 2023 coordinó el “Aula Didáctica de memoria democrática” de la Generalitat Valenciana. Actualmente, es profesora de secundaria y escritora. Su primera novela fue Cuando ya no quede nadie (Grijalbo, 2023) y su último libro publicado es la investigación Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato (Libros del KO, 2026).
La opinión vertida en esta columna es responsabilidad de quien la escribe. No necesariamente refleja la posición del LEVIF, del CINIC ni de A dónde van los desaparecidos.
Foto de portada: Haaron Álvarez/ObturadorMX