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Buscadores, entre el dolor acumulado y las propias heridas

A Mario, a Miguel y a otros buscadores en todo el país, el tiempo y las enfermedades les van pasando factura; algunos, de edad avanzada, incluso se preguntan qué pasará cuándo no estén, si la búsqueda se terminará con ellos o si habrá alguien más que la continúe en su nombre.

Texto y Fotos: Marcos Nucamendi

Mario Vergara no para un segundo, difícilmente se le ve en el punto de encuentro escogido por los organizadores de la 5ª Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas en Papantla, Veracruz, y cuando así sucede, es para probar bocado o porque está saliendo de alguna de las múltiples reuniones de planeación. 

Una vez escogidos los puntos de búsqueda para el día siguiente —y aún sin terminar el plato de comida que tiene en la mano—, se detiene unos minutos para hablar con gran soltura sobre sus miedos, que van desde el más reciente encuentro con un grupo armado en Sinaloa hasta la angustia que le provoca ausentarse tantos días de casa. 

“La gente nos decía ‘vámonos, vámonos’, pero nosotros ignorábamos por qué”, recuerda por su parte Miguel Ángel Trujillo, quien también acompañaba al colectivo de familiares de Sinaloa en la exhumación de dos cuerpos hace apenas unos meses. 

El comando de 35 elementos del Cártel de Sinaloa que los interceptó, relata al final de una extenuante jornada en las avanzadas de búsqueda, fácilmente superaban a los dos policías estatales y tres ministeriales que los custodiaban. “Nos apuntaron y nos dijeron ‘sálganse a la chingada’”. 

“Nuestras herramientas como buscadores son un palo, un pico, una pala, a veces un machete. No hay manera de que le hagamos frente a la delincuencia”, reconoce Mario, quien ha tenido por lo menos cinco encuentros como el de Sinaloa. 

Sin embargo, estos no son los únicos problemas a los que se enfrentan los buscadores; otros, menos mediáticos, tienen que ver con su día a día, con el desgaste físico y emocional que les provoca la ausencia de un familiar, la falta de continuidad laboral asociada a dedicar su vida a la búsqueda en campo, y el distanciamiento intencional con el resto de su familia para evitar ponerlos en riesgo.

“Tal vez le tenga miedo a la delincuencia, pero hoy le tengo mucho más miedo a perder a mi esposa y a mi nena. Hemos perdido todo, menos la vergüenza y el hambre, porque luego uno no tiene dinero ni para comer, y no porque seamos flojos sino porque tenemos la esperanza de tal vez, encontrar a nuestro familiar.”

Mario Vergara, busca a su hermano Tomás, secuestrado y desaparecido desde 2012 en Huitzuco, Guerrero.
Foto: Marcos Nucamendi

A Mario, a Miguel y a otros buscadores en todo el país, el tiempo y las enfermedades les van pasando factura; algunos, de edad avanzada, incluso se preguntan qué pasará cuándo no estén, si la búsqueda se terminará con ellos o si habrá alguien más que la continúe en su nombre. “Si no encuentro a mis hermanos, me queda el orgullo de que los estuve buscando, porque la autoridad no lo está haciendo”, confiesa Miguel. 

La deshumanización, el principal hallazgo 

En la zona norte de Veracruz, asegura Miguel Ángel, la deshumanización de México es más que evidente. “Aquí, en esta zona de Veracruz, han sido especialistas en borrar a las personas”, complementa Mario Vergara. 

Ambos, a raíz de una o varias desapariciones en su núcleo familiar, se han convertido en los buscadores más conocidos y recurridos por los colectivos nacionales, con quienes comparten, además de su experiencia de búsqueda, el riesgo de adentrarse a las regiones más inhóspitas del país, controladas por el crimen organizado. 

Desde el primer día de la brigada en Papantla, punto de encuentro del dolor acumulado, y en consideración con abuelas, abuelos, madres, padres, hijas e hijos que han decidido emprender otro tipo de búsqueda, fuera de la institucionalidad y con sus propias manos, Miguel Ángel les advirtió que en las primeras avanzadas realizadas junto a Mario Vergara, lo que habían encontrado eran cocinas, territorios en donde se utilizaban ácidos y otras sustancias para disolver los cuerpos.

“Nos llevaron con alguien que cocinaba a las personas y que dijo: ‘usábamos químicos y diésel, y lo que quedaba lo enterrábamos’”, relata Mario, quien busca a su hermano Tomás, secuestrado y desaparecido desde 2012 en Huitzuco, Guerrero. Miguel Ángel, por su parte, busca a sus cuatro hermanos desaparecidos entre 2008 y 2010, en Poza Rica y Atoyac de Álvarez. 

Tras esta operación de rutina para los victimarios —detallan en entrevistas separadas, pero haciendo el mismo ademan con las yemas de los dedos—, queda tan sólo una “bolita de masa”, “un puño así” que con el tiempo habrá de desaparecer y con ello, toda esperanza de una sepultura digna. 

A esto contribuyen las características de los enterramientos clandestinos en esta zona, cercanos a ríos y rancherías con ganado, árboles de siembra y vegetación que en pocos meses se extenderá tan rápido que borrará las huellas, los olores y cualquier otro de los indicios que han aprehendido a descifrar con el tiempo.

Las búsquedas fueron apoyadas por integrantes de la Brigada Humanitaria de Paz Marabunta.
Foto: Marcos Nucamendi

Todo depende del ‘trabajo’ de los cárteles

La búsqueda en campo para confirmar presuntas fosas clandestinas no depende en sí de las condiciones judiciales de cada estado, sino de la forma de operar de los cárteles nacionales y sus células, quienes pueden cambiar las condiciones de ejecución y desaparición de una región entera en cuestión de semanas.

“Aquí vamos a remover la tierra, porque ahí los aventaron, pero no están enterrados, no hay cuerpos enteros. Lo que vamos a encontrar —si aún existen– son fragmentos”, dice Miguel Ángel respecto de la forma de operar de las ocho o nueve células delictivas que se disputan las plazas de Veracruz desde que hicieron implosión los cárteles de Los Zetas y el del Golfo.  

La utilización de sustancias, refiere, es muy diferente en estados como Coahuila, en donde se valen de diésel, gasolina y llantas en tambos de acero, a Veracruz, en donde a un contenedor de plástico —de los que utilizan los huachicoleros— le agregan tubos mientras los cuerpos se van deshaciendo con los agentes químicos. “No te queda ni la grasa, queda como gelatina cuando te deshacen en ácido (…) La pregunta del millón en estos lugares es saber a cuántos deshicieron: ¿a uno? ¿a dos? ¿a tres? ¿o a cien?”.

Los cárteles son una como un edificio en construcción, explica, sus operaciones son reflejo directo de qué tan bien cimentados estén en las regiones que controlan, o si a la banda que se instala en una plaza y comienza a crecer, de pronto viene otra y la borra del mapa. “No sabes qué tipo de ejecución te vas a encontrar o qué pensamientos traiga cada célula delictiva de reciente creación.”

En Sinaloa, por ejemplo, el cártel homónimo posee una estructura cuasi empresarial, por lo que actúa de forma más organizada. Miguel comenta que incluso, desde que se conformaron los colectivos de madres, el cártel prefiere realizar sus ejecuciones a la vista, una estrategia para que los buscadores no se acerquen a zonas de operación más sensibles. “Los levantan, los ejecutan, pero aparecen en un día tirados.”

En Guerrero, estado que acapara la mayoría de las desapariciones previas a la guerra contra el narcotráfico —y que se dieron en el contexto de la Guerra Sucia—, las ejecuciones son más tradicionales; se trata de enterramientos directos o descuartizamientos con el mismo fin. En Jalisco, en donde opera el Cártel Jalisco Nueva Generación, se habla más bien de embolsados, una táctica que la prensa local ha documentado incluso en zonas conurbadas del centro del país.

Miguel describe una a una las formas de operar de los cárteles y las células delictivas, que generalmente reproducen los métodos del cártel nacional al que le deban obediencia o del que se hayan escindido. Cuando se refiere a entidades en concreto, sin embargo, no lo hace para restringir estos métodos a las fronteras estatales, sino por simple comodidad pedagógica. 

Las características de las fosas clandestinas halladas responden más bien a qué tan extendidos estén los cárteles y su alcance dependerá, agrega, del mercado de lo ilícito; del retroceso o expansión del trasiego de drogas, de la trata de personas, del tráfico de migrantes, del robo de combustible y de otros delitos del fuero común como extorsiones y secuestros.

“Se han hecho una mala idea de nosotros”

Aunque la cuenta de las búsquedas en campo que han encabezado o acompañado se les escapa de la memoria, Mario y Miguel son claros cuando refieren que los colectivos y las personas en general han construido una falsa idea sobre sus capacidades de rastreo.

En primera instancia, asegura Miguel, basta recordar que a pesar de sus años experiencia, aún no han podido encontrar a sus hermanos desparecidos. 

Mario, por su parte, insiste en que sólo la información recogida por los colectivos es lo que podrá derivar en que los miles de desaparecidos de este país, cuyo destino final fue una fosa clandestina, puedan finalmente ser encontrados.

“Vete con la gente que camina el campo, porque a lo mejor allá los dejaron; vete a buscar a los amigos de la gente que hacía daño en esta región; vete a las cantinas, donde los borrachos dicen lo que en juicio no se atreven.”

En sus avanzadas para conseguir información de posibles fosas clandestinas, los buscadores confrontan a los pobladores, les hablan de muertos y estos enmudecen; al saber que no buscan culpables la gente habla, pero en otras ocasiones a las personas “se les olvida y dicen ‘yo no he visto nada’, cuando en sus tierras tienen muertos.”

La V Brigada de Búsqueda en Veracruz concluye el próximo 22 de ve.
Foto: Marcos Nucamendi

Durante la primera semana de búsqueda de la 5ª Brigada, los 74 colectivos de 21 estados de la República —alrededor de trescientas personas que no dejarán de rascar la tierra, de exhibir la inoperancia del Estado— confirmaron dos positivos en la zona norte de Veracruz, en la frontera natural con el estado de Puebla. 

En estos puntos hallaron restos humanos, entre pedazos de cráneo, costillas, dientes y un cúbito, mismos que ya fueron entregados a la Fiscalía General de la República. Para lo que resta de la brigada, que concluye el 22 de febrero, las búsquedas se extenderán a las llamadas cocinas, algunas en donde los gobiernos veracruzanos habían dado por concluidos los trabajos de exhumación, pero decenas más que fueron referidas por campesinos y pobladores de la región.

RECURSOS

– En el histórico, los estados con más fosas clandestinas son Tamaulipas (440), Veracruz (432), Sinaloa (345), Guerrero (331) y Chihuahua (318).*

– De diciembre de 2018 a diciembre de 2019 se han exhumado mil 124 cuerpos en todo el país, sin embargo, apenas 35.14% han sido identificados y 21.61% entregados a sus familiares.

*Datos del Informe sobre fosas clandestinas y registro nacional de personas desaparecidas o no localizadas, publicadas en enero del 2020 por la Secretaría de Gobernación.